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Una charla de café… la educación debe ser la prioridad

Por Juan Jenefes y Juliana Carbó quienes dedican esta columna a todos los educadores del país.

Este domingo se celebraron las elecciones PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) en todo el país, de Diputados y Senadores nacionales, estos últimos solo en algunas provincias. En la campaña política se han expuesto diferentes propuestas y muchas manifestaciones referidas al sexo, al horóscopo, ataques a funcionarios públicos actuales que banalizaron no solo las campañas, sino también a la función misma que los candidatos y candidatas buscan ocupar. Este sábado, también fue el día del maestro. ¡Qué paradoja! A ellos, nuestro recuerdo y homenaje.

En la campaña legislativas, nada escuchamos —en medio de las acaloradas declaraciones— sobre qué harían para que los niños y niñas tengan una mejor educación o cómo trabajarían para recuperar el tiempo perdido durante la pandemia que tiene ya un impacto directo en sus vidas y futuro.

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Los que tuvimos la suerte de estudiar, y que elegimos seguir estudiando, entendemos que el futuro de nuestro país está allí, en la educación que iguala las posibilidades de los millones de personas con orígenes distintos, la educación es la única capaz de superar los privilegios, las desigualdades y sin duda los daños de la pandemia. También es la mejor inversión que podemos realizar.

Pues, como dijo alguna vez Don Domingo Faustino Sarmiento: “Un vestido viejo cubre la desnudez del andrajoso, pero roto ese vestido reaparece la desnudez; mientras que la educación, aunque más lenta en sus efectos, acaba por proporcionar al paciente los medios para vestirse y romper el hilo de la tradición de miseria de la familia en que ha nacido. Es pues la educación un capital puesto a interés para las generaciones presentes y futuras”.

Domingo Faustino Sarmiento

Entonces, el desarrollo intelectual, económico, político de las generaciones venideras dependerá de ella. Por lo que el Estado como así también los ciudadanos individuales, tenemos la obligación de redoblar nuestros esfuerzos para lograr mejorarla. Podrá ser con inversiones en infraestructura o con la formación de los educadores, ya que ellos no solo comparten sus conocimientos, sino su forma de ser y de habitar el mundo y con ello transmiten valores, aspiraciones e inspiraciones. Esta obligación no debe recaer únicamente en profesores y maestros, sino también en la sociedad en su conjunto. Un aspecto fundamental debe ser que se enseñe a pensar y no qué pensar.

Un actor muy importante y poco nombrado en la enseñanza son los políticos, aquellos a quienes la confianza del pueblo les encomendó la tarea de velar por el bienestar general. Quienes ocupan alguna función pública tienen —tenemos aclara Juan— un mandato sagrado que debe ser honrado con responsabilidad y mucho cuidado, ya que lo que lo que se hace y dice desde la función tendrá una repercusión enorme en nuestra sociedad.

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Consideramos importante remontarnos un poco en la historia y traer a colación algunos hitos que tuvieron una relación directa e importante con la educación de los pueblos. Hoy todos y todas podemos informarnos y formarnos por múltiples medios. Sin embargo, hasta no mucho tiempo atrás, los libros, la prensa escrita y radial eran lo único que existía.

En 1933, partidarios de Adolf Hitler se reunieron en la plaza Opernplatz de Berlín, Alemania, para quemar libros de autores de la talla de Karl Marx, Sigmund Freud, Erich Maria Remarque, Carl, Von Ossietzky y Kurt Tucholsky, todos ellos con ideas contrarias al régimen. Esta acción fue planeada por Goebells, ministro de propaganda del régimen Nazi, junto a estudiantes y profesores influenciados por dicho pensamiento.

Hace aproximadamente 40 años, en nuestro país, en la Dictadura Militar, autoidentificada como Proceso de Reorganización Nacional, produjo en Córdoba una quema importante de libros que ocurrió en la escuela secundaria comercial “Manuel Belgrano”, un 2 de abril. Ese día, el interventor Teniente Primero Manuel Carmelo Barceló recorrió la biblioteca, seleccionó 19 libros entre los que se encontraban autores como Marx, Engels, Margarita Aguirre, Godio y Martí y procedió a quemarlos en el patio, a la vista de numerosos alumnos y profesores como testigos, en esa quema pública el mensaje era claro “no se atrevan a pensar distinto”. Actos como este ocurrieron en todo el país, como también en la España durante el gobierno de Franco y en el Chile durante la dictadura dirigida por Pinochet.

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La finalidad de estos gobiernos, de tinte nacionalista y militar, no era otra que la de adoctrinar a los pueblos. Hacerlos vivir en una única verdad elegida por el poder, tanto con el ejemplo de los actos, como con la eliminación de información que les resultare perjudicial. En ambos actos estuvieron involucrados el Estado, educadores y alumnos con el único afán de enseñar qué pensar y no a pensar. Bajo esta idea, lo primero siempre es eliminar las voces disidentes, quemar libros, silenciar al que piensa diferente.

Recientemente, hemos visto con mucho asombro —y espanto—, cómo una profesora de historia en la Provincia de Buenos Aires, se dirigía a sus alumnos, expresando de manera totalmente exultante su pensamiento político e ideológico, como el único válido. La actitud de la docente, que sin duda consistió en un acto de violencia contra un adolescente, nos hizo acordar mucho a lo ocurrido en las plazas berlinesa y cordobesa, sobre todo por las formas y modos en los que se pretendió dogmatizar a los alumnos. Sin embargo, lo que más nos sorprendió, es haber visto y escuchado a algunos políticos tratando de justificar dicha conducta, entre ellos al Presidente de la Nación.

La educación es un derecho fundamental de los pueblos, ya que constituye un servicio de vital importancia para sociedades como la nuestra, por su relación con la erradicación de la pobreza, el desarrollo humano y la construcción de una sociedad democrática. En esa construcción, la guía de la historia tiene que ayudarnos, no es el camino limitar las voces, o adoctrinar y no podemos permitirlo.

El camino es quizás una educación superadora, amplia, democrática donde se escuche todo y se permita el intercambio con el alumno, que aprenda a argumentar, defender ideas, formar las propias. En definitiva, que nos haga crecer como seres humanos y como sociedad.

En la construcción de la educación, que en definitiva luego forma un tipo de Estado, es necesario empezar con el ejemplo de los actos, con el cumplimiento de lo que manda la Constitución, los tratados internacionales, el respeto los símbolos patrios e instituciones y con el respeto de los derechos de los demás.

Si queremos mirar hacia adelante y buscar la prosperidad de nuestra Nación, no podemos permitir que a nuestro pueblo se le diga qué hacer y qué pensar, debemos brindarle las herramientas necesarias para que su pensamiento sea libre, constructivo e innovador. Porque la educación en definitiva no es más que libertad.

Como dijo alguna vez Nelson Mandela, “Solo la educación de las masas puede liberar al pueblo. Un hombre educado no puede ser oprimido si es capaz de pensar por sí mismo”.

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