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Adoptó a una perra en Córdoba, tuvo que regresar a Estados Unidos y la llevó con ella

Una joven yanqui rescató a la mascota, por la pandemia tuvo que volver a su país pero no abandonó a la perrita.

Sam estaba un poco perdida. Demasiado lejos de su Carolina del Sur (Estados Unidos) y abrumada por el cantito cordobés, el cuarteto y el mate. Había llegado a la capital de la provincia hacía algunos días pero, a pesar de que lleva varios años estudiando español, no encontraba la manera de entender. Eran los primeros días de febrero y por entonces en esta parte del planeta no se hablaba de coronavirus. Todo eso era algo que pasaba demasiado lejos. Por lo que no tuvo problemas en llegar al país como voluntaria de la organización Proyect Abroad con muchas ganas de aprender y ayudar en un refugio de animales y una veterinaria.

Fue allí donde por primera vez desde su arribo a Argentina pudo tener una conexión profunda, con quien no tuvo problemas para comunicarse ni encariñarse profundamente: la perra Estelle. «El primer día que fui al refugio la estaba atacando otro perro», le contó Sam a Clarín. «Ella estaba muy flaca, frágil y no podía responder a las mordeduras. De inmediato la moví a otra perrera para que pudiera descansar tranquila».

Ese rescate, que para Sam fue un gesto mínimo, le valió el amor eterno de la mascota. «Después de eso ella saltaba encima mío cada vez que me veía llegar y se mostraba tan agradecida que simplemente supe que teníamos un vínculo especial. El poco tiempo que estuve allí me aseguré de que caminara y comiera bien cada día».

En los siguientes días todo fue muy diferente para ambas. El oído de Sam se agudizó y empezó encontrarle la vuelta al idioma argentino: «Una vez que lo enganché, aprendí a amarlo». Mientras que Estelle tuvo un motivo para luchar por su vida y no dejarse vencer por el resto de los perros del refugio. «Cada vez que llegaba al refugio ella salía corriendo, dejaba el pozo que había cavado para esconderse de los otros perros y los empujaba para llegar hasta donde estaba yo. Ella sabía que estaba a punto de tener mucha suerte», describió la joven.

No lo pensó demasiado, al ver todo ese amor, Sam supo que Estelle se iba a volver con ella cuando finalizara el viaje. Pero para lograrlo había varios requisitos que debía cumplir, en especial mejorar su peso. «Después de algunas semanas de enamoramiento, me decidí y la llevé a lo de Hugo y Ale», los dueños de la vivienda donde se alojaba en su aventura celeste y blanca. «Ellos fueron muy amables de dejarla quedarse en su casa mientras la engordaba para que pudiera viajar en mayo».

Pero en cuestión de días todo el plan se derrumbó. La Organización Mundial de la Salud alertó al planeta sobre esa enfermedad que no paraba de contagiar gente en distintos continentes y Sam recibió un mensaje urgente: «No me dieron opción, tenía que volver a casa en los siguientes días», rememoró la joven de 18 años. Sin embargo Estelle todavía no estaba lista, habían pasado apenas dos semanas y el peso que tenía no era suficiente para soportar un viaje en avión de más de 10 horas. Así empezó la odisea de esta perra.

«Yo sabía que de una u otra manera ella se iba a venir conmigo, pero en ese momento parecía imposible. Yo estaba destruida». Entonces Hugo tomó las riendas del asunto. Con instinto paternal el hombre entendió el vínculo a la perfección y se sumó a la compleja misión. «Esa perra estaba muy mal de peso, si un perro normal pesa 15 kilos, ésta estaría pesando 6 ponele. En el refugio había muchos perros y le ganaban siempre, cuando les daban la comida los otros llegaban antes y ella no tenía nada para comer. Eran como 15 perros y ella era la más débil y Sam la rescató, así que yo no la podía abandonar», relató Hugo.

«Cuando Sam llevó a la perra a la veterinaria para que la habilitaran para viajar, le dijeron: ‘Esta perra así no puede viajar. No va a resistir el viaje’. Entonces le dije que la dejara en mi casa, que nosotros la cuidábamos». Mientras tanto Sam seguía en contacto desde Estados Unidos tratando de encontrar la manera de que Estelle pudiera ir a su nueva casa. «Yo trataba de darle esperanzas pero realmente era muy complicado», admitió Hugo.

Fueron 11 vuelos fallidos. Parecía una tarea imposible por los gastos que implicaba hacer toda la movida, las restricciones de la cuarentena y el trauma que podría significar semejante viaje para una perra con una historia de vida tan dura. El principal problema en la organización era llevar el perro a ​Buenos Aires para que pueda tomar el avión hacia Estados Unidos: alquileres muy costosos, empresas de transporte que no daban confianza y rutas cerradas en el marco de restricciones estrictas por la pandemia. «Buscamos mucho tiempo y armamos mil planes hasta que un familiar de ella, que trabaja en una aerolínea, le recomendó a Animal Cargo y ahí empezaron a hacer el contacto», relata el cordobés que cuidó a la perra como si fuera suya.

Se trata de una empresa especializada en esta clase de traslados de animales a otros países. «Armé una publicación en el sitio de financiamiento colectivo Go fund me que me ayudó a costear una parte del viaje de Estelle, pero el resto salió de mi bolsillo», contó Sam, que invirtió una parte del dinero que tenía ahorrado para los gastos de su universidad para financiar la misión. «Yo supe que era la indicada desde el primer día que la conocí. Suena loco pero tenía muy en claro que ella iba a ser mi perra, así que estaba dispuesta a gastar todo eso».

La travesía

«Yo lo único que sé es transportar perros», explicó Favio Cangiano, el gerente de Animal Cargo. Él fue en persona, con su camioneta, a buscar a Estelle a Córdoba. La llevó hasta la guardería que tienen en Berazategui para que la perra esperara tranquila algunas horas hasta el momento de subir al avión. Aunque el vuelo de carga que la transportaba se suspendió y la espera se extendió por 10 días.

«Costó bastante porque a Córdoba no se podía entrar por la cuarentena y la verdad es que se pudo hacer gracias a ella. Cuando nos frenaban en algún control, sólo bastaba con mostrarla para que los oficiales se aflojaran y me dejaran seguir», añadió el hombre que planificó cada detalle: una camioneta privada le aseguraría llamar menos la atención en la ruta y no tener al resto de los perros a bordo. Por lo que el viaje sólo se interrumpiría por las necesidades de Estelle y los retenes policiales. «Necesitaba algo que sea rápido y que no tenga que estar paseando tanto», relató el improvisado chofer que tardó 8 horas en completar el recorrido.

«Cuando llegué a buscarla ella estaba expectante, temerosa, mirando lo que pasaba. Donde la ponías se quedaba», recuerda Favio, que la subió a la camioneta y arrancó el periplo. «Nos pararon como 4 veces por los controles. Pero cuando los policías la veían no te podían decir nada. Por ahí al principio me retaban, me decían que no era esencial, pero cuando les contaba la historia y la veían, me decían: ‘Andá tranquilo’. Me pararon mucho en Córdoba y después en la salida de cada provincia, pero llegamos bien».

El primer paso ya estaba cumplido. «Llegó muy bien de ánimo y estaba lista para salir, pero como estos vuelos de carga son muy eventuales se suspendió y hubo que esperar 10 días. Sirvió para que se terminara de acomodar y soltar y que mejore su ánimo». Según relató Favio, en ese tiempo Estelle cambió la postura y empezó a ladrar más: «La pasó bien, ya era otra y siguió engordando».

Mientras tanto, Hugo seguía cada paso de la perra y compartía las novedades con Sam. Para él, después de tanto esfuerzo y cuidado de Estelle, no fue sencillo despegarse: «Cuando la vinieron a buscar a mi casa para llevársela a Buenos Aires fue un momento muy emotivo. Pensábamos que iba a durar un poco más. Yo no quería darle la perra a cualquiera, cuando vimos que era una empresa importante, aceptamos. Fue triste porque uno se encariña, además era una perra muy agradecida que te recibía con una fiesta».

El último paso, el avión

Estelle viajó en un vuelo carguero, lo único habilitado en esos días, lo que hacía que todo fuera un poquito más difícil. Augusto, era el hombre de Animal Cargo encargado de llevar adelante esta parte del viaje. «Es una operación muy compleja, sin contar con la parte aduanera y la documentación. Nosotros realizamos toda esa operación. Salió de acá como una exportación y nuestro agente en Miami ​la recibió y la llevó hasta la casa de Sam en auto», narró a Clarín.

¿Un problema más? El vuelo de Avianca incluía una escala en Bogotá, que extendió el viaje, pero tuvo un lado positivo: le dio a la perra un buen rato de esparcimiento en el aeropuerto colombiano de El Dorado. «La sacaron a caminar, le cambiaron el agua y la limpiaron un poco», explicó Augusto.

Casi 20 días después de haber dejado la casa de Hugo en Córdoba, el auto de Claudio, el último eslabón de la empresa, llegó hasta la casa de Sam, con Estelle sana y salva dispuesta a vivir su nueva vida. «Yo estaba feliz. Cuando supe que estaban a una cuadra de casa me puse a llorar», recuerda la heroína de esta historia. «Después de 11 intentos fallidos no podía creer que todo esto era real. Estaba en shock. Cuando bajó de la camioneta no me pude ni mover, estaba muy feliz pero tardé un rato en poder asimilar que todo había terminado, que el sueño se había hecho realidad y que ella por fin había llegado a casa».

Fuente: Clarín.

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