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Periodista con todas las letras

El análisis de la semana de la mano de Elisabeth Amat.

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Hace algunos años, no tantos, tuve el privilegio de sentarme en una de las sillas de la facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Como todo adolescente de 18 años, las tripas se me hacían un nudo al asomar la cabeza en el mundo de los adultos, donde las decisiones debía tomarlas pensando en que definirían mi futuro.

Me acuerdo que al entrar al edificio tuve la sensación de ser todavía pequeña para poder participar del primer curso de Comunicación. El aula estaba llena. Éramos 100 alumnos de distintas partes del mundo atemorizados por entrar en el globo universitario. De pronto, el profesor de gafas redondas entró,  y el barullo se fue diluyendo hasta transformarse en silencio. Nos miró un largo rato y nos dijo como susurrando: “Queridos alumnos, tenéis mucha suerte porque habéis elegido la profesión más bonita del mundo”. Y en aquel segundo supe que estaba en el lugar indicado.

Con el correr de los años, pude comprobarlo.  En la facultad nos enseñaron miles de cosas, pero siempre nos inculcaron que la más importante de todas era el amor a la VERDAD… y que por tanto, no debíamos detenernos hasta encontrarla.

Ese es el principal objetivo del periodismo… en España, en Argentina, en la China y en el resto del globo terráqueo.  Parece algo muy sencillo pero no. Resulta difícil porque a veces es incómoda, o se esconde y hay que trabajar mucho para hallarla… sin embargo ¡qué satisfacción cuando nos topamos con ella y podemos contarla!  Esta afirmación que es de Perogrullo, cuando la repito en alguna reunión social, me miran con asombro, entre risas, acusándome de idealista, como si yo viviera en un mundo de fantasía.

Hoy, por la prisa, por la inmediatez de la noticia, los medios de comunicación se apuran en publicar informaciones mentirosas dando cabida a la posverdad un neologismo que describe “la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones  y a las creencias personales” .

A todo esto, se le añade, que cualquier ciudadano puede entrar a las múltiples redes sociales que pululan por el espacio y escribir lo primero que se le ocurre, muchas veces sin tener la más remota idea de lo que está  diciendo. Por tanto, las herramientas, que tanto defiende la democracia, como el derecho a la expresión, ahora se convierten en un elemento clave para quebrantarla, pues ¿cómo dilucidar, entre este maremoto de noticias, cuáles son ciertas y cuáles son falsas? ¿Quién es honrado y quién manipulador?

La  posverdad, en realidad, es lo que toda la vida se ha llamado manipulación y  propaganda. Orwell fue profético cuando dijo: las mentiras pasarán a la Historia. Mentir es una elección y  siempre arrastra una intencionalidad para perjudicar a alguien teniendo como objetivo algún crédito espurio. Actualmente, estamos despreciando los hechos cuando antes eran sagrados y los anteponemos a los argumentos de pura conveniencia política adornados con burda rumorología.

Es cierto que la objetividad absoluta no existe, pero por lo menos, algunos creemos en  la subjetividad honesta. Los comunicadores siempre hemos cometido errores, pero una cosa es equivocarse y otra muy distinta es aprovechar el amarillismo y el morbo de la humanidad para cambiar sus ideas.

Me niego a pensar que soy un Quijote luchando con molinos de viento.  No quiero caer en las garras de la oscuridad del periodismo barato, mediocre, hipócrita y falso.

En estos días, donde los ceibos han pintado de color las alfombras callejeras y han llenado de loros y tucanes los cielos de Jujuy, no me queda otra opción que pensar en positivo. No bajaré los brazos siguiendo el ejemplo de los que engañan con palabras bonitas que llegan al corazón, conmueven y convencen. No quiero ser cuervo. Tampoco ángel. Simplemente, periodista con todas las letras.

Columna de Elisabeth Amat

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