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Cabezas cuadradas

Por Elisabeth Amat.

Toda mi primaria la cursé en un colegio de monjas, cerca de mi casa, en Sant Cugat, una ciudad chica, pegadita a Barcelona. En aquel entonces, todos temíamos llegar a quinto grado porque en el aula te encontrabas con la durísima hermana María Begoña, la encargada de impartir matemáticas. Una de mis mejores profesoras, por lejos, aunque poco pudo hacer con esta cabeza inútil para los números. De todos modos, su enseñanza sobrepasaba las ciencias pues en sus clases repetía una y otra vez… ¡Ojo con la televisión… porque esa pantalla hace cuadrados a los cerebros! Una hora sentados delante de la caja boba significa una neurona menos que piensa. Se mueren, y no resucita.

Con el tiempo, me di cuenta, de que aquella frase que me sonaba a broma, era muy cierta. Y hoy, más que nunca, con tanta tecnología, los que perfilan las sociedades han conseguido su cometido… Es decir, que nuestra especie sea totalmente cuadrada, siguiendo los parámetros que le indican los de más arriba, sin posibilidad de cambiar el formato y salirse de la fila. Cada vez más, nuestros niños están embobados ante celulares, televisores, tik toks, instagrams, facebooks, y playstations. Y los gobiernos felices de que perdamos el sentido común. Por lo menos, antes, nuestros ídolos hacían algo bien: cantar, actuar, bailar… Hoy, simplemente admiran a personajes ficticios, con una vida mentirosa que muestran sin ton ni son, donde los likes miden el éxito.

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Los adultos tampoco nos salvamos. Sólo hay que observar cómo andamos embelesados con la “Copa América”, que es una especie de somnífero para que nos olvidemos de los problemas que acechan a nuestra sociedad, incluso postergando responsabilidades y actividades cotidianas que enmudecemos, sustituyéndolas con los gritos de gol.

Así, vamos construyendo la sociedad de la ignorancia porque a pesar de estar supuestamente sobre informada, con tanta palabrería barata que navega por la red, ya no sabemos qué creer y nos da pereza mental investigar, porque perdimos el interés de conocer la verdad, la esencia de las cosas. La hiperconexión, si bien ayuda en muchos aspectos, carga con otros problemas que a la larga los vamos a sufrir más de lo que creemos. Basta con enumerar la cantidad de alumnos con déficit de atención después de llevar más de un año conectados más de seis horas a las supuestas clases de zoom, que dejan mucho que desear. Obviamente que no nos quedaba otra que adaptarnos a las circunstancias con la pandemia, pero como sale más barato, seguro que nos lo quedamos en el futuro, aumentando la brecha entre ricos y pobres y achicando la igualdad de oportunidades para nuestra infancia.  

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La tecnología genera tensiones y divisiones en nuestras estructuras culturales y mentales. No se ha producido, pues, una socialización efectiva del conocimiento y ello impide que caminemos hacia la sociedad del pensamiento, tal como deberíamos hacer. A pesar de ello, soy optimista y mantengo la esperanza de que todo sea consecuencia del momento de transición en que nos hallamos inmersos, como una especie de capítulo pasajero de nuestra travesía hacia una mejora cultural de la especie humana.

Ojalá, algún día,  nos demos cuenta que la lectura de un buen libro, una buena y profunda conversación además de alimentar el cerebro con cosas que valen la pena, a la larga, nos hace más libres. Si no nos detenemos, y seguimos aprendiendo cada día, sabremos discernir entre mentiras y verdades, realidades y ficciones… En definitiva, podremos ser nosotros mismos, asumiendo las riquezas que generan las diferencias en el pensamiento, sin querer nadar en la ignorancia donde otros decidan por nosotros.

 

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