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La aventura de dar teta

La columna de opinión de Elisabeth Amat.

En el trascurro de la maternidad son muchos los sentimientos por los que una mujer transita. Unos son muy buenos y otros,  pues no tanto… Obviamente que todos se encuentran  en una lista de posibles sucesos que pueden pasarle a una madre, pero evidentemente que cada una lo siente a su forma y con las circunstancias que le rodean particulares. Así que,  estimados hombres,  no se empeñen en comprenderlo todo, simplemente acompañen con una sonrisa y la mayoría de las veces… mudos.

Recuerdo cuando me pusieron a mi primera hija en brazos. Contaba con tan solo 24 años. Todo me resultaba aparatoso. Nada había sucedido como yo lo había soñado. El parto que tanto había ansiado,  se convirtió en una cesárea programada;  no obstante, cuando me llenaron el regazo con esa personita tan hinchada y tan distinta a la imagen que me había imaginado,  el mundo que me rodeaba pasó a ser secundario porque el resumen de todo era Sofía.

Leía las revistas de maternidad y lo pintaban todo de color de rosa. Magnífico. Perfecto. Pero mi realidad era muy distinta. Escuchaba todas las recomendaciones y no quería enojar a nadie… y me llenaba de deberes, de reglas a las que seguir a raja tabla. Sin embargo, cuando Sofía y yo estábamos solas,  los relojes  se paralizaban. Éramos dos niñas que aprendíamos a ser mamá y a ser hija en un entorno  apasionante pero lleno de temores e incógnitas. Y, la lactancia, a pesar de que al principio costó, y mucho,  fue nuestra salvación.

Las bondades de la leche para el bebé se han repetido muchas veces, pero pocos son los comentarios de las madres que explican la experiencia de amamantar.  Si bien cada caso es singular,  para mí fue uno de los momentos más lindos de la maternidad, y por qué no decirlo, de mi vida.

Di teta a mis cinco hijas y con cada una la experiencia fue muy distinta,  pero siempre positiva. Evidentemente que yo también evolucioné y el nacimiento de ellas me encontró en etapas también diversas como mujer, madre y esposa.

Me imagino que mi cuerpo liberó de forma exagerada las hormonas de prolactina y oxitocina que son las encargadas de dar la sensación de calma, positivismo y apego con el bebé.  La sensación de placer y esa explosión de ternura también ayudaron a que me recuperara de las cesáreas con facilidad. Tenía el privilegio de salir con mis bebés a todos lados porque el envase de su alimentación siempre era el perfecto allí donde el hambre nos encontrara. Y saqué teta en todos lados, feliz,  sin presiones y con el acompañamiento de la sociedad.

Obviamente que en esta etapa  aparecen  las dificultades como el cansancio de la madre que es la que siempre se despierta, de las grietas en los pezones, de las que nadie habla, o esos subidones de leche que incomodan cuando estás lejos de tu bebé… Sin embargo, no hay nada que pueda compararse con esos ojitos de amor, con esa conexión infinita que emociona y que solo una madre puede conocer con cada hijo.

Los caminos de la maternidad son muy distintos y hay bifurcaciones, curvas,  piedras… y cada una lo transita como puede, y de la mejor manera. Ninguno es mejor a otro. Cada una viaja en  el suyo de formas infinitas…

Por ese motivo,  en esta semana de la lactancia materna, quería compartir, no sólo los beneficios en la salud del bebé y la mamá, y  los económicos que evidentemente también los hay… sino ese placer emocional que solo aflora cuando eres consciente que sigues  alimentando con tu propio cuerpo a tu hijo fuera de la panza.

Ninguna mamá es mejor a otra por haber dado teta a su hijo, pero si se dan las condiciones,  es una de las aventuras más bonitas que tiene una mujer. Si puedes, y tienes la oportunidad, no te lo pierdas. Las que pasamos esa etapa, hoy, la echamos de menos, y la vivimos con nostalgia y alegría a la vez. Aprovéchala.

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