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No se puede amar lo que no se conoce

Columna de opinión de Elisabeth Amat

En estos días, donde parece que las conversaciones sobre el desastre de nuestra economía invaden las mesas, es cuando deberíamos permanecer más unidos que nunca. Sentirnos más argentinos, sin regalarles espacio a los dirigentes que no supieron detener problemas explosivos. Ahora, en este receso, que nuestros niños pululan por los pasillos de casa y abren las orejas más de lo debido, deberíamos callar frases catastróficas y dejarlas para otro ámbito adulto. Quizás, en ese momento, no nos damos cuenta, cegados por la rabia de la situación,  pero son a causa de comentarios y escenas como estas,  las que hacen que crezcan los deseos de marcharse hacia otro lado. No tiene nada de malo irse, pero, ¿qué haremos con la fuga de nuestros jóvenes, de esos talentos que son diamante en bruto? ¿Cómo retenerlos acá, especialmente en Jujuy?

Como dijo algún sabio hace siglos, “no se puede amar lo que no se conoce”. Así pues, habrá que ayudarles a saber más de nuestra tierra, de su cultura, de aquellas  tradiciones que dicen quiénes somos. Pero… ¿cómo,  si están todo el día enganchados a una Tablet, viviendo fantasías en Hollywood, soñando pisar tierras extranjeras, imaginando en ellas un futuro mejor?

Hace siglos San Agustín lo explicaba mucho mejor con estas palabras: “Ningún hombre estudioso, ningún curioso ama lo desconocido, ni aun en la hipótesis de insistir con ardor en conocer lo que ignora. Conoce ya en general lo que ama, pero anhela percibir el detalle; o de las mismas cosas singulares que él no conoce, al oírlas alabar, se imprime en su alma una forma imaginaria que le impulsa al amor”

Hoy, nos llenamos la boca con frases patriotas, lloramos con los Pumas y las Leonas cuando cantamos el himno y el nueve de julio vestimos a nuestros niños de negritos y caballeros para que actúen en el escenario del colegio. Pero nosotros, los padres, los que supuestamente educamos en el ejemplo… ¿qué hacemos con ellos para que amen lo que es suyo? Explicando la historia de la Argentina, sentados en el almuerzo, no basta.

Creo que no podemos dejar pasar la oportunidad, de buscar un tiempo para compartir en una excursión por algún rincón de la provincia. Contarles quiénes somos, investigar sobre aquellos próceres que pisaron las mismas piedras que nosotros, deleitarnos con las estrellas de la Puna, un amanecer en Huacalera, o una tortilla en Tilcara. Mostrarles lo que es un tapir, una chuña, un puma…  o pasear por Calilegua para observar algún pájaro de las más de 200 especies que vuelan en nuestras Yungas.

Tendrán que saber qué es la taruca o el yaguareté antes que adentrarse en el mundo del elefante o la jirafa. Por supuesto que el saber no ocupa lugar, no estoy en contra de la fauna africana o india,  sin embargo,  no olvidemos que cuando más trasmitamos nuestra historia y las características extraordinarias de nuestra provincia, las infancias pintarán un futuro más prometedor.

Intentemos hablarles con el positivismo como bandera a pesar de que el horno no esté para bollos, puesto que las cosas negativas ya les llegarán de algún u otro modo. Mientras puedan disfrutar de una infancia feliz, a nuestro lado, con historias y momentos extraordinarios con el paisaje de la mano… ¿por qué  negársela?

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