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CINCO MIL

Columna de opinión de Elisabeth Amat.

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5.000….Ese es el número de niños indigentes que hoy pasan desapercibidos, mudos, por nuestro costado. Así lo dice el INDEC. Viven en Jujuy. No se trata de caras lejanas, desaliñadas y anónimas que aparecen en internet pidiendo ayuda. Están aquí, respirando el mismo oxígeno que nosotros. Pasean por nuestras calles y se levantan envueltos en los mismos cerros nevados. A veces, miran al suelo y otras, al cielo,  soñando que llegue alguien que les tienda una mano. Me imagino que no quieren inspirar pena pasajera y blandita, sino una solución duradera.

5.000. Parece que forma parte de otro número al azar que leímos hace algunos días en los diarios. No es fortuito, sin embargo desfiló por delante de los ojos como si fuera algo común. Y no lo es. O por lo menos, no debería serlo.

Todos portan nombre, apellido y una mochila cargada de injusticia, clavada en la espalda. Y poco nos importa. Seguimos viviendo como si nunca nos hubiéramos topado con esa cifra tan negra. Los semáforos se ponen en verde, el sol amanece de nuevo a pesar de que dura poco, las madres siguen arrastrando a los niños al colegio y los baches protagonizan el mal humor de los automovilistas. Nada cambió desde aquella mañana en la que leímos 5.000.

Hace algunos años, cuando descubría a Jujuy por primera vez, me prometí a mi misma no caer en la indiferencia…ese apoyo sombrío y silencioso a favor de la vergüenza.  Ese mutismo selectivo que aparece al ver una casa insalubre o cuando nos topamos con el niño que juega con naranjas, mientras esperamos el permiso para cruzar. Y nos ponemos ansiosos por el cambio de color porque no sabemos adónde mirar… porque nos incomoda deglutir una realidad cruda de la que somos parte.

No sé de quién es la culpa. De los de antes, de los de ahora… No me importa; pero necesito hacer algo para dormir con la conciencia tranquila. De poco nos sirve llenarnos la boca de himnos bonitos, alzar la vista a las nubes inmaculadas con la mano derecha en el pecho y debatir sobre derechos infinitos mientras en la provincia exista la indigencia; y no con cientos…sino con miles.

No quiero caer en el desamor, en el desdén, en la falta de ternura, cuando me detengo a mirar  al otro. Me niego a pensar que mi felicidad depende del endurecimiento del corazón,  de ennegrecerlo y cegarlo, caminando por un sendero iluminado mientras los demás viven a oscuras. Me duele. Me lleno de amargura y de miedo con tan sólo recordar que esos números llenaron las páginas de los diarios para quedar como tantos otros en el olvido. La indiferencia es ese estado de ánimo en el que no se siente inclinación ni rechazo hacia algo o a alguien, es ignorar al otro, silenciarlo, enterrarlo, hasta hacerlo invisible.

Busquemos entonces una respuesta para transformarla; una idea para solucionarla; una acción para erradicarla. Es simple. Abandonemos el culto a nuestro obligo para levantar la cabeza y mirar, por una vez, lo que tenemos al costado.

 

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