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Pequeños y mortales

En Barcelona, además del equipo de fútbol del “Barça”, hay otro que hasta hace pocos días jugaba en la misma división: El ESPANYOL. En estas últimas semanas, bajó de categoría y fueron muchas las frases de consolación, apoyo e incluso memes para toda la afición que cariñosamente se les llama pericos.

Y, entre tantos artículos escritos, hoy quiero comentar un pensamiento del periodista Tony Segarra donde decía que bajar de categoría es un símbolo de humanidad. En resumen, subrayaba que tenía más sentido amar los colores de una camiseta que corría el peligro de caer, de fallarnos, de ser tristemente mortal. Ese riesgo, nos hacía más grandes. Y es que, aunque a veces nos de miedo pensarlo, somos eso: mortalmente humanos.

En sus líneas, nos recordaba que los hombres somos los únicos animales que sabemos que nos vamos a morir. Por tanto actuamos sabiendo que, quizás, el acto que estamos realizando ahora sea el último.

Este 2020 ha sido considerado por muchos, un año robado. Sin embargo, si algo hemos hecho en estos días de pandemia ha sido pensar. Pensar en el dolor de una enfermedad, de perder a un ser querido sin la posibilidad de decirle adiós o de enterrarlo acompañado de aquellos que más lo querían. Nos hemos puesto tristes y hemos sacado de la galera temas que estaban en la profundidad de los mares del alma, que ya no nos acordábamos que incluso teníamos una opinión al respecto. Hemos probado el sabor agridulce de la vulnerabilidad.

En estos más de 100 días, que para miles fueron de soledad, todos hemos degustado obligatoriamente lo que significa ser mortales, y nos hemos humanizado de nuevo. Era una monstruosidad inconcebible, como decía mi colega en “LA VANGUARDIA”, pensarnos inmortales. Y es que en el fragor de la batalla de la rutina nos creíamos perfectos, intocables, como que el sufrimiento estaba muy lejos de nuestro alcance. Y no.

EL saber que podemos incluso oler el dolor, nos hace mejores. Porque actuamos pensando en el otro, empatizamos y llegamos a imaginar que en cualquier momento nos puede tocar a nosotros o, lo que es peor, contagiar este maldito virus a un ser que nos importa. Y como nos sabemos finitos, aparecen las ganas de vivir lo que nos queda, persiguiendo algunos valores que reflotan en el horizonte como la valentía, el honor, la nobleza, la esperanza, la integridad del alma. Si, el alma, que es lo único que nos queda bailando eternamente en alguna parte.

Hablar de la muerte, del final,  nos hace humanos, porque en esa reflexión encontramos el sentido del por qué vivimos. Sin ella, ningún compromiso valdría la pena. Esta pandemia nos habrá dejado muchas enseñanzas pero la más importante es que somos insignificantemente pequeños en un universo descomunal. Pequeños y mortales.

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