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23 de abril

La columna de opinión de Elisabeth Amat.

No hay día en que me vaya a dormir sin pensar en Barcelona. Si bien Jujuy me abrió sus puertas y me siento una más en su comunidad, las raíces, en algún momento del día me reclaman. Es cierto que la nostalgia hace que sobrevaloremos algunos momentos, los idealicemos, pero son esos recuerdos los que hacen también a mi felicidad.

Lo bueno de pertenecer a dos mundos tan distintos es que tengo permiso doble para celebrar más veces que el resto las tradiciones y las fiestas. Obviamente que disfruto de mis preferidas, y este mes me regala una muy especial: la leyenda de San Jordi.

Cuenta la tradición oral que hace muchos años, en las murallas de la villa catalana de Montblanc vivía un dragón. Después de comerse a todos los animales de la zona, empezó a amenazar la integridad de los habitantes que habían perdido la paz y la tranquilidad. Y, para evitar el ataque de la bestia, se decidió librarle cada día un vecino. Para ello, todos los días se realizaba un sorteo entre la población incluida la familia real, hasta que la suerte quiso que, en una ocasión,la persona escogida fuera la hija del rey. Cuando la princesa se disponía a ser engullida por el temible animal apareció un caballero que la salvó de las garras malditas del dragón. Era San Jorge. Del lugar donde el animal derramó su sangre nació un rosal de rosas rojas.

Desde entonces se mantiene la costumbre en la que los hombres regalan una rosa a su amada mientras ella recorre las librerías buscando una buena historia para regalarle a él.

Tan importante es ese día para los catalanes que incluso Gaudí quiso homenajearlo en la fachada de la Casa Batlló en el paseo más bonito del mundo: el de Gracia.

Cierro los ojos y me imagino delante de ella. La impronta de ese animal fabuloso y su héroe quedó grabada en su arquitectura. Mientras las escamas del dragón recubren la azotea, la espada de san Jorge sobresale del tejado y en el balcón superior una flor alude a la princesa. También hay calaveras en algunos balcones recordando así a las víctimas del monstruo y columnas en forma de huesos en la tribuna. En el vestíbulo, los remates de la escalera recuerdan el espinazo de la cola del animal abatido. Es fastuoso. Perfecto.

Fachada Casa Batlló

El 23 de abril está hecho para los enamorados. Una jornada donde rebosa la alegría en las calles brindando homenaje a nuestro patrono y también a la lectura puesto que es el día internacional del libro conmemorando así la muerte de Cervantes, Shakespeare y Garcilaso de la Vega en 1616.

Una excusa más para celebrar las buenas historias. Las plumas que tanto nos han hecho aprender, saliéndonos de nosotros mismos para intentar entender el mundo. Ojalá la tecnología no las apague porque como decía el padre del Quijote son la lengua del alma, el alimento de la imaginación, la concentración, la reflexión y el pensamiento crítico. Nos ayuda a ser distintos. A ser más nosotros mismos y salirnos de una masa, del rebaño, de un sistema donde todos tenemos que ser cuadrados. Es un día para querer ser diferente como Don Quijote, como Gaudí o como San Jordi.

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