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Inclusión no… Hablemos de convivencia

Columna de opinión de Elisabeth Amat.

La resiliencia es la capacidad de enfrentar las adversidades, transformar el dolor en fuerza motora para superarlo y salir fortalecido. Hoy, si bien hablamos mucho de esta virtud, nos falta bastante para llegar a inculcarla en nuestros niños. Sus modelos aparecen ridículamente perfectos en Instagram y a la primera de cambio, cuando no consiguen sus metas, se frustran sin permitirse una caída… Cuando en el fondo, sabemos que son necesarias para avanzar.

Si hay alguien que tiene la virtud de la resiliencia es ese niño diferente o con alguna discapacidad porque no le queda otra que esforzarse para vivir en un mundo complicado y desequilibrado. Y esos niños son los que nos van a enseñar el valor del esfuerzo y la superación… Nosotros hablamos de insertarlos en el aula convencional pero creo que tendríamos que sustituir el concepto por el de convivencia ya que todos necesitamos las diferencias para construir un planeta más justo, rico en principios y valores morales. Si realmente queremos vivir en una sociedad equitativa y abierta a todos, requerimos de una educación inclusiva y de calidad, donde haya igualdad de oportunidades, cosa que hoy Jujuy deja mucho que desear. Las escuelas no están preparadas. Las famosas planillas y las calificaciones según definiciones exactas de libros no ayudan a adaptarse a los aprendizajes distintos.

Sin embargo, creo que si abriéramos las puertas de la institución a un proyecto más moderno sería posible crecer desde lo mejor de cada uno. La infancia aprendería a no frustrarse en su primer fracaso; sería empática, solidaria, abierta, transformada… incluida, superada, fortalecida y tantas otras virtudes que hoy se encuentran en peligro de extinción.

Tenemos que entender que la inclusión no se centra en la discapacidad o diagnóstico de la persona, sino en sus capacidades. La inclusión educativa no está dirigida a la educación especial sino a la educación en general. No supone cambios superficiales en el sistema sino de transformaciones profundas. La inclusión debería apoyarse y edificarse en los principios de equidad, cooperación y solidaridad.

Para ello necesitamos entender que no es cuestión de acercar a la persona a un modelo de ser, de pensar y de actuar “normalizado”. Ojalá aceptemos de una vez por todas que el desafío radica en dejar que cada uno sea tal y como es, reconociendo a cada persona con sus características individuales.No es dar lo mismo a todos, sino dar a cada uno lo que necesita para poder disfrutar de los mismos derechos.

No deberíamos querer cambiar o corregir la diferencias de la personas queriéndolas meter en un sistema cuadrado, sea como sea, haciéndolas infelices. No. Nos enriquezcamos de ellas. Aprovechémoslas para aprender cosas que no están en los libros. No disfracemos las limitaciones.Las aceptemos y las disfrutemos, porque ahí se esconde la riqueza de una sociedad justa.

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