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El pecado más grave de un comunicador

Por Elisabeth Amat.

Uno de los pecados más graves que puede tener un comunicador es publicar mentiras, porque su objetivo, el motivo de su existencia, radica en buscar la verdad, encontrarla y publicarla. Obviamente que la objetividad absoluta no existe, pero como otras veces he comentado en este espacio, existe la honestidad subjetiva.

El buen profesional de la comunicación trata de llegar a la verdad o, al menos, a una parte importante de ella. Busca todas las fuentes posibles, incluidas las que son difíciles o peligrosas de alcanzar. Comprueba los hechos y hace juicios explícitos acerca de la calidad de las pruebas. Después, trata de contar la historia, de describir, mostrar, explicar y analizar, tan clara y vívidamente como sea posible, haciendo que la materia sea accesible a públicos que de otra forma no la conocerían.

El problema aparece cuando en el periodismo se tergiversa la realidad para que parezca otra cosa distinta y así, cambiar la opinión de una mayoría o de un colectivo. Y se hace a propósito, buscando la confusión y, en muchos casos, ensuciando la buena fama de un ciudadano.

Es triste pensarlo, pero en Jujuy sucede, y no solo con un supuesto profesional sino con un medio de comunicación entero que presta su aire y sus pantallas para que otro descargue mentiras sin antes haberlas comprobado. Ocurre en todos lados, sin embargo, en nuestra provincia, la maldad se intensifica porque Jujuy es chico y las injurias o las calumnias hacia una persona agravan más el delito de maltratar el honor, porque todos nos conocemos.

Algunos de mis colegas han olvidado que su primera obligación es para con los lectores -los ciudadanos- y no para con su jefe. Nuestra misión -porque de una misión se trata en una democracia- es la búsqueda de los hechos objetivos. Es una responsabilidad muy grande, pero es ese el precio de nuestra credibilidad, cuestionada todos los días. La información aparece cada vez más una mercancía y no como un servicio a la sociedad. Por unos pocos injustos, pagamos el resto de los buenos profesionales.

Si bien es cierto que un periodista de Londres y otro de Jujuy tendrán nociones opuestas acerca de cuándo una tarde es triste o una ciudad es pobre o fea, lo que no deberían tener son alucinaciones: escuchar lo que la gente no dice, ver robos allí donde no los hay, paseos románticos en viajes de negocios, o creer que están en el frente de batalla cuando descansan en su cuarto de hotel.

En algún lado leí que, en una ocasión, un hombre fue a confesarse con el cura de un pueblo muy parecido a Jujuy. “Me gusta hablar de los demás, dijo el ciudadano. Me invento cosas de los vecinos para conseguir algún beneficio propio. Saco cuestiones fuera de contexto para que parezcan otra cosa, hiriendo la sensibilidad y la buena imagen de algunos colegas del barrio”.

El cura, le respondió: “La penitencia va a ser algo dura. Debes subir a lo alto del campanario, agarrar una gallina y desplumarla allá arriba. Después, tendrás que buscar cada una de las plumas hasta conseguirlas a todas”.

Eso es imposible, dijo el penitente. Pues así de imposible es reintegrar el buen nombre de tus pobres vecinos… agregó el sacerdote. Porque las buenas palabras no pueden llegar a todos aquellos oídos que escucharon tantas mentiras de una sola boca.

Esta historia nos recuerda algo hoy bastante olvidado. La lucha por la verdad —que tiene siempre una dimensión individual y otra colectiva— pues se articula a través del pensamiento crítico y de un comportamiento ético. Por esto, la búsqueda personal honesta y el diálogo social sincero tienen mucho que ver con la conquista de la propia libertad. Solo así podremos poner el bien común en el centro del entramado social. Se trata de asumir la responsabilidad de construir la sociedad en la que queremos vivir. Porque eso intenta hacer el buen periodismo. Una sociedad donde la verdad sea un escudo contra la arbitrariedad y la injusticia, donde el respeto a las personas sea un reflejo de su verdadera dignidad.

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