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Estupidez humana

Por Elisabeth Amat

«Cuando estalla una guerra, las gentes dicen: ‘Esto no puede durar, es demasiado estúpido’. Y, sin duda alguna, una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si no pensara siempre en sí mismo…». Este es uno de los pasajes de la novela ‘La peste’, obra del escritor francés Albert Camus. Un alegato, alegoría y reflexión contra la barbarie del enfrentamiento bélico y el egoísmo del ser humano, que busca siempre, o casi siempre, su propio beneficio.

Un texto que fue publicado en el año 1947 y que hoy, le recuerda al corazón,  la tristeza de Malvinas o las últimas noticias llegadas de Ucrania.

Tiene que ocurrir algún hecho espectacular para que la inmunidad de nuestra percepción de atrocidades despierte. Quizás, en estos días, donde las imágenes de Europa del Este llegan a nuestros teléfonos, nos compadecemos de las salvajadas que se comenten,  sin llegar a entender bien el porqué de las acciones bélicas y opinando, en casi todos los casos, desinformados y cegados por la posverdad. Ese  fenómeno que se produce cuando «los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales».

Con las últimas novedades, los ucranianos son buenos y los rusos malos. Y así de fácil lo pintamos en nuestra cabeza y concluimos que estamos en lo cierto, únicamente por lo que nos mostraron, sabiendo que la verdad que nos cuentan es a la medida de algunos.

No hay nada más absurdo que una guerra, y aun así… ¡Qué fácil es para los políticos irresponsables producir enfrentamientos con fines e intereses protervos! No me cabe en la cabeza. Se me estruja el corazón al imaginar a aquellos niños de la edad de mi hija, que en el año 1982, cambiaron los soldaditos de plomo por un fusil en el hombro. Es el dolor, la frustración del pueblo argentino. Una herida que todavía sangra en aquellas familias que perdieron padres, hermanos, amigos… Sueños truncados, vidas en suspenso, amores que nunca llegaron a ser y niños que se perdieron para siempre en la adultez oscura. Ese futuro exacto que les depara a los que ahora luchan en enfrentamientos narrados casi al milímetro, ultramodernos, si cabe todavía más crueles y retorcidos, explicados en trozos y dirigidos desde confortables oficinas.

Y es que nadie se salva en una guerra porque incluso los que logran salir con vida, tienen el alma con pena, rota. Una de esas penas que son infinitas, que no se logran quitar con nada. Ni si quiera con el tiempo.

Muchos de los lectores pensarán que gracias a las guerras se conquistaron ideas liberadoras o se consiguieron democracias, libertades de las que ahora disfrutamos. Sin embargo, el mundo no es un pastel por repartir. Por tanto los discursos populistas, radicalistas, los esfuerzos por polarizar a la ciudadanía y la búsqueda de conflicto están fuera de lugar.

En 1918, después de miles de muertos en la llamada la Gran guerra, una de las más cruentas de la historia, Europa decidió aceptar el plan propuesto, antes de empezar la contienda, por el presidente Wilson, que presionaba a Alemania a rendirse.

Pasan las décadas y parece que el diálogo no triunfa, buscando la salida más cobarde que es la del conflicto. Y mientras nos sorprendemos por la bofetada de Will Smith en los “Oscars”, y andamos diciendo que la violencia es horrible en todas sus formas, aceptamos confrontaciones estúpidas por otros lados del mundo. Aunque siempre advoquemos por la paz, y nos llenemos la boca de palabras dulces, la tendencia humana se entrega al enfrentamiento. Y la teoría del acuerdo se pierde en las profundidades de la ambición.

Las guerras nunca estarán justificadas. No importa quién o cómo inician. Solo sirven para que los propósitos de quienes la generan se proyecten y se consigan. Los de arriba tiran la piedrita para que los de abajo luchen por amor a los colores y a los ideales, mientras se destruye el espíritu de la humanidad. ¿Puede haber algo más ridículo, escribiría el filósofo francés Blaise Pascal, que la pretensión de que un hombre tenga derecho a matarme porque habita en el otro lado del agua y su príncipe tiene una querella contra el mío, aunque yo no la tenga con él?

Como dijo Nietzsche, “la guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido.”   Y por experiencia, todos, absolutamente todos los mortales, sabemos que la estupidez es infinita.

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