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Pachamama

Por Elisabeth Amat.

Con la llegada del viento norte, agosto se presentó casi sin avisar, con los rayos de un sol todavía tibio, iluminando las calles de Jujuy que terminado julio pedían a gritos un poco de calor. Agosto. Se terminó un mes seco, amarillo y polvoriento que huele en cada esquina a sahumerio, a cultura y tradición. 31 días dedicados a la Pachamama: esa señora de tez morena, que sonríe amable cuando la vemos pintada en algún mural, con una mirada que transmite la ternura de una madre experta. Una sabiduría que remplaza las palabras complicadas de los libros por el llanto de los sauces, el murmullo de los ríos y los silbidos de un viento que hace retumbar las cajas de las copleras que vienen cantando desde muy lejos.

Una diosa que concibe en sus entrañas para darnos el aliento de la vida. Una mujer que es madre sin necesitar de una semilla que la germine, al igual que la Mamita del Cerro. Una Virgen casi niña que llegó desde muy lejos, para traer al mundo a un Salvador. ¡Menudo misterio! Y todavía hay quien piensa que la mujer es el sexo débil de la humanidad.

Un pueblo que medita y se santigua con fe antes de entregarle cigarrillos, coca y chicha a la Madre Tierra… Y así agradece lo que tiene, incluso rezando el credo antes de empezar, y respeta aquello que se le da. Una raza que supo ser feliz con lo poco o mucho que le brindaban los cerros, el cielo, el pasto y el arroyo. Un hombre sencillo, de corazón grande, que año tras año le pide a la diosa buenas cosechas para poder alimentarse. Mientras, también le reza el rosario a la Señora de Punta Corral para que cuide de los suyos y le acompañe en el momento en que la Tierra le llame y la abrace en su entierro, o baile con sus cenizas al son de los vientos. Y es que polvo somos y en polvo nos convertimos. Sólo es cuestión de tiempo… Un tiempo que dura muy poco.

Un mimetismo exquisito que se ha ido trasmitiendo de generación en generación de una forma natural. Es en la casa donde se halla el seno de la cultura, donde se aprende el jujeñismo: ese amor incalculable por la tierra que te parió y que te devolverá al origen.

Despedimos un mes repleto de fiestas donde el cristianismo, para sorpresa de muchos, se anuda con otras demostraciones divinas que en un principio parecen ser contradictorias. Sin embargo, para el jujeño todo es posible, porque ha sabido mimetizarse y hacer de esta mezcla una vasija nueva. De este modo, los que vivimos aquí, tenemos la fortuna de respirar las buenas energías de todos estos rituales que logran sorprendernos día a día.

Hemos abierto la tierra para darle de comer a una deidad con colores incaicos mientras escuchamos los susurros del viento que es el verdadero conocedor de toda esta historia. Él es el que estuvo siempre. En el principio. Soplando las hojas, acariciando las apachetas y bailando con nuestros ancestros; anunciando las lluvias y los rayos calientes del sol.

Él es también el que crea las melodías que surgen de los sikuris… Aquel que viaja desde el norte y que, unido a la Madre Tierra, da vida a un Jujuy milenario. Ahora el turno es nuestro. Saber respetar y cuidar como oro en paño a esas fuerzas naturales que tanto dicen de nosotros, que nos regalan la identidad más pura… Aquella que nos desnuda y nos dice quiénes somos. Nuestra tarea simplemente es practicarla, quererla, trasmitirla y sentirla. No se nos pide nada más.

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