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Se busca político honrado y generoso

Hace algunos días, entre amigos, discutíamos sobre quién era el mejor candidato para las próximas elecciones de junio. Y de pronto, a mí se me ocurrió decir que lo que yo le exigía a cualquier autoridad política era la generosidad; esa mirada hacia el otro y no al propio ombligo. Todos se quedaron embobados como si fuera de otro planeta.

Parece mentira como, con el paso del tiempo, hay vocablos que parecen prohibidos en las conversaciones diarias y cuando los comentas, la gente se ríe con un toque de burla,  insinuándote que vives en la ingenuidad de una realidad poco terrenal. Pues me niego a pensar así.

No creo que sea tan estúpido pedirle a un gobernante virtudes como la honradez, la solidaridad, la empatía o la generosidad. Estoy segura que en algún lugar del corazón de cada uno de ellos deben estar escondidas. El tema es que a lo mejor no se atreven a hablar de ellas.

La generosidad va de la mano con el liderazgo. Es aquella virtud en la que uno piensa y actúa a favor de otras personas. Tiene el hábito de dar o compartir. El lugar donde se observa la necesidad del otro. Una actitud por la que se es amable y comprensivo con el prójimo y que incluye regalar elementos que tienen valor.

En definitiva, ser generoso es tener en cuenta al otro y darle lo que para nosotros es importante y que consideramos que es bueno para él.

Está claro que la generosidad va mucho más allá de los elementos materiales porque a veces lo que necesita el otro es tiempo.  Y ese es el tesoro más preciado que tenemos porque se nos agota y cuando lo gastamos no puede recuperarse. Quizás se trata del regalo más grande que alguien puede cedernos.

La generosidad se mide por las acciones más cotidianas y se pone a prueba en los momentos difíciles. Es entender las necesidades del compañero y actuar comprendiéndole y respetándole. Es también darle al otro, la posibilidad de hacer, crear y desarrollar el proyecto. Ser generoso significa confiar. Reconocer al otro con todo su ser y darle el espacio que de forma natural le corresponde.

En el mundo, este valor escasea pero en política se torna más complicado encontrarla. Y es en el servicio público donde la generosidad debería estar más presente. Las decisiones que toman los dirigentes a menudo responden a necesidades personales y de partido, sin pensar en aquellos a los que está representando.

La generosidad es en realidad dar y darnos porque así lo sentimos y hacerlo a cambio de nada. Resulta difícil, pero no imposible… Así que ahí viene mi anuncio: BUSCO A UN POLÍTICO HONRADO, EMPÁTICO Y GENEROSO que me represente. Y no me da vergüenza pedirlo.

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