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El silencio de Dios

La columna de opinión de Germán Maccagno

Algo que en estos días de silencio he estado reflexionando es sobre el silencio de Dios.

Pareciera que Dios está callado, que no habla, que no dice nada cuando todos estamos sufriendo.

Parece que, como sucedió en la barca, que estuviera dormido y no le importara que nos hundamos.

Es también impactante el silencio de Jesús en la Pasión. Apenas si habla.

A Herodes no le dice ni una palabra. A Pilato le responde lo justo y necesario.

En la cruz muy pocas palabras.

El silencio de Dios en la Pasión es silencio de palabras pero no de gestos.

Los gestos valen más que las palabras en la mayoría de los casos.

En los momentos de dolor, valen más los gestos.

Así sucede con una madre junto al hijo enfermo… casi no habla, pero está allí. Y ese “estar” vale más que muchos discursos.

El que acompaña a un moribundo, está allí, pero no habla, vale el gesto de la compañía.

También sucede lo mismo con los que se aman: sucede muchas veces que sólo están el uno junto al otro sin hablarse… pero están juntos.

El silencio habla también cuando alguien hace algo que no está bien. Cuántas veces una madre o un padre no le dicen nada a un hijo que se portó mal, pero ese silencio habla mucho más que una catarata de improperios.

Recuerdo a un sacerdote que era el encargado de la disciplina en el seminario que sólo se ponía al frente en silencio para que todos se callen cuando estábamos formados.

Una maestra que grita no tiene orden en la clase. Una maestra que se pone delante en silencio habla más fuerte.

Dios hoy no truena. Nos está hablando desde el silencio del viernes y del sábado santo.

Nos está hablando desde la cruz, en donde sólo pronuncia palabras de consuelo y esperanza.

Es en la cruz en donde nos dice que entrega a su Madre.

Es en la cruz en donde nos disculpa, diciendo “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen”.

Es en la cruz en donde promete el paraíso al ladrón arrepentido.

Es en la cruz en donde no se defiende cuando lo ofenden y lo tientan a bajarse para que crean en El.

Ante tanto silencio podríamos preguntarnos: ¿Quién tiene que cambiar?

1.- ¿Dios o nosotros?

Quisiéramos un Dios que truene, que diga algo, que se manifieste de manera fuerte para que los hombres entiendan…

Pero Dios no tiene esa forma; respeta escandalosamente nuestra libertad.

Dios no es autoritario ni es mago.

Los que tenemos que cambiar somos nosotros. Tenemos que cambiar nuestra idea de Dios, esa idea de Dios que fabricamos, pero que no es la del Dios de Jesucristo.

2.- ¿Dios con nosotros?

Quisiéramos que Dios se manifieste más claramente, que nos evite tanto dolor, tanta pandemia.

Muchos en estos días se preguntan ¿por qué Dios nos manda esto?, como si Dios fuera un malvado que manda males al mundo.

Los males no son enviados por Dios, son propios de nuestra limitación de hombres creados o son consecuencia de cosas que hacemos mal.

Dios no tiene que cambiar con nosotros, siempre ha sido cercano y amable en Jesús, asumiendo todo lo nuestro, el dolor, la muerte injusta, la traición, los insultos…

Dios nos ha dado su vida para que tengamos vida.

3.- ¿Nosotros con Dios?

Aquí es donde creo está el quid de la cuestión.

Hemos dejado a Dios de lado, lo hemos considerado sólo como “remedio” para los casos graves. Es lo más parecido a una farmacia, a donde uno va sólo cuando necesita.

Nuestra sociedad ha dejado de lado lo espiritual, ha marginado a Dios.

Hemos pretendido ser nosotros dioses, inventando cosas y creyendo que la ciencia es el nuevo Dios.

Hemos pretendido cambiar hasta nuestra propia naturaleza, con operaciones de cambio de sexo que son sólo un maquillaje.

Hemos pretendido cambiar las normas morales, haciendo todo relativo y dando rienda suelta al libertinaje.

Se ha sacado a Dios de las escuelas y los niños tienen que aprender sobre el carnaval como algo cultural pero no sobre religión, como si no fuera también parte de nuestra cultura.

Este año no hay procesiones. Pero bien dicen que “la procesión va por dentro”.

Eso es lo que nos hace falta, hacer una procesión hacia nuestro interior y ponernos delante de Dios con sinceridad de corazón y en la intimidad de nuestra conciencia responderle a Dios de nuestra vida y de nuestra conducta.

Lo que sucede es que el hombre contemporáneo le tiene miedo al silencio y por eso no “entra” en su propio corazón.

Dios nos habla en la cruz y sería muy bueno ponernos delante de la cruz para que El nos diga lo
que necesitamos.

4.- ¿Nosotros con nosotros?

Aquí tenemos otra línea de conversión.

Tenemos que aprender la lección de la solidaridad.

Aquello de amar al prójimo como a sí mismo es otra de las lecciones que tenemos que aprender.

La globalización de la solidaridad es la globalización de los gestos concretos de amor.

Se han gastado los discursos, las palabras y las promesas de la política se han vuelto poco fiables.

Muchos hablan de los pobres, pero no hacen nada por ellos.

Muchas veces los que hablan de los pobres lucran con los pobres.

Se vienen días muy difíciles para el mundo y en especial para nuestra patria.

Vamos a necesitar una gran dosis de solidaridad concreta de gestos más que de palabras.

Y en eso tenemos que cambiar, pasando de una sociedad consumista, egoísta, individualista, a una sociedad más humana, más cristiana, más fraterna.

Como ha dicho el predicador papal, está en nosotros construir una sociedad menos opulenta pero más humana, menos violenta y más fraterna, menos ideologizada y más atenta a la voz de Dios en los hechos y en la misma naturaleza que nos habla.

Espero que estas reflexiones, escritas desde el silencio del sábado santo, nos ayuden .

Un sincero FELICES PASCUAS a los que tengan la paciencia de leer estas líneas.

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