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Bancos abiertos, templos cerrados, iglesia abierta

A medida que se van dando pasos hacia una salida ordenada de toda esta situación, vemos cómo algunas puertas se van abriendo.

Estos tiempos que estamos viviendo nos enfrentan a situaciones impensadas. A medida que se van dando pasos hacia una salida ordenada de toda esta situación, vemos cómo algunas puertas se van abriendo.

Entre esas puertas están los bancos, algunos comercios, algunas actividades, etc. Pero hay puertas que siguen cerradas, como las puertas de los colegios, de los gimnasios, de los clubes…de los templos.

Hablando de los templos, hay que reconocer que para mucha gente los templos son como su casa, su lugar de oración, de contemplación, de acogida, de consuelo.

Hemos podido ver muchas veces a gente llorando delante de Jesús Sacramentado, a gente invocando con fe a Jesús crucificado, sintiendo en su corazón el alivio y el consuelo.

Nosotros somos de carne y hueso y necesitamos los signos, los lugares, los tiempos. Es bueno que la gente comience a moverse y a transitar con algo más de libertad, como las salidas que permiten caminar, hacer ejercicio, etc.

Se me ocurre preguntar: ¿no podríamos también abrir los templos para que la gente pueda entrar a rezar, a sentir el consuelo de la fe, a encontrarse con Jesús en la Eucaristía?

Se habla de servicios de primera necesidad. Creo no equivocarme si digo que también en estos tiempos difíciles la vida espiritual es de primera necesidad. Así lo han atestiguado muchos que a través de los medios de comunicación ansían recibir una palabra, un consuelo, una luz espiritual para sus vidas.

Creo que, con los debidos recaudos y precauciones, se podrían comenzar a abrir los templos, aunque más no sea para que la gente pueda entrar a rezar. Nunca serán multitudes amontonadas rezando, pero siempre serán personas que necesitan expresar su fe “dentro de su casa”, que es templo.

Y con los debidos recaudos, como lo ha señalado un obispo argentino, Monseñor Fernández, arzobispo de la Plata, también se podría habilitar la celebración de la misa, guardando las distancias, usando las medidas de higiene correspondientes, celebrando con menos personas, etc. Se pueden pensar muchas alternativas.

Por supuesto que la iglesia será siempre muy respetuosa de las autoridades que deben discernir estas decisiones. Pero en el título hablábamos de “iglesia abierta”. Y la verdad es que esta pandemia nos ha mostrado una iglesia abierta a ayudar, a cooperar con esta situación que se está viviendo.

Los curas de las villas de Buenos Aires han mostrado su cercanía a los pobres y su servicio en medio de este problema.

En nuestro caso, también estamos habilitando lugares que son de la Iglesia, como las casas de retiro y otros lugares de encuentro y acogida, para que puedan estar y ser atendidos hermanos que deben vivir la cuarentena antes de reintegrarse a su familia y a sus actividades. La iglesia está abierta a la cooperación y ayuda a los hermanos.

Un párrafo aparte merece el gran esfuerzo que están haciendo muchos para que la palabra de Dios llegue a todos y fortalezca la vida de los fieles en medio de esta crisis tan fuerte.

Se han multiplicado las conexiones a través de las redes sociales y vemos a los sacerdotes y a muchos laicos volcados a usar estos medios para que la evangelización no se detenga.

El virus nos ha metido dentro de casa, pero no ha podido detener al Espíritu, que nos mueve a llevar la Palabra de Dios a todos los hombres de buena voluntad.

Ojalá que pronto podamos recuperar la normalidad, pero que no perdamos lo que esta situación extraordinaria nos ha obligado a “crear” de alguna manera.

Que pronto podamos tener bancos abiertos, templos abiertos y una iglesia que siga abierta para contener a todos como “hospital de campaña”, como le gusta decir al Papa Francisco.

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