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Los límites

Columna de Opinión del padre Germán Maccagno.

En estos tiempos de pandemia estamos experimentado los límites.

Nos creíamos ilimitados por el poder de la ciencia y de la técnica, nos creíamos casi
“superhombres” por los avances de la modernidad y de pronto un virus nos ha hecho
experimentar nuestros límites.

LÍMITES RELACIONALES

Nos han “impuesto” el distanciamiento social.

Nos han creado barreras: barbijo, distancia, alcohol, desinfección, máscaras, nada de abrazos,
barbijos hasta en la casa, prácticamente anularon nuestra capacidad de relación.

El tacto está prohibido, el olfato está impedido, la vista está protegida por máscaras, el gusto
es señal de covid cuando falta, y el oído está continuamente atropellado por noticias de
infectados y de muertos.

Nos han anulado los sentidos.

Dicen que es por prevención. Nuestras puertas de comunicación con los demás y con el mundo
están cerradas (los 5 sentidos)

Nos dicen que todo “humano que se acerque” puede ser peligroso, porque puede estar
infectado, aunque sea asintomático.

¿Será tan así?

El peligro es que el aislamiento nos haga solitarios, nos encierre en nosotros mismos y nos
transforme en egoístas sin relación.

El hombre es hombre por ser “alguien para”, es decir, por ser “alguien” y no “algo”, por ser
alguien que se comunica, que se relaciona, que es con otros.

Nadie de nosotros existe solo, sino que es para y con los demás.

Por los límites impuestos no caigamos en la ausencia de relación. Transformemos los límites en
una forma diferente de relacionarnos, pero no dejemos que toda esta pandemia nos haga
“solitarios” por precaución.

Existen muchas formas y deberemos inventar muchas más para mantenernos relacionados y
cercanos.

Las relaciones humanas hacen a nuestra identidad humana. Debemos saber cultivarlas.

LÍMITES EXISTENCIALES

La pandemia nos ha hecho tomar conciencia de que la vida humana es limitada. No somos
eternos.

Los muertos contados día a día de pronto nos ha traído esta realidad a la cercanía diaria.

Si hay algo seguro es que moriremos.

Siempre contamos la muerte de otros, pero no pensamos en la nuestra.

Además, el virus nos ha puesto en evidencia que somos tremendamente frágiles y que nuestra
vida depende de Dios.

A la vista de la muerte, el hombre mismo se vuelve un interrogante, como lo formuló de modo
ya clásico san Agustín en sus Confesiones, bajo el dolor por la muerte inesperada de un joven
amigo: «Me convertí en una gran pregunta para mí mismo»

El hombre sin Dios no tiene respuestas a las preguntas trascendentes.

La sociedad moderna nos ha traído el “ateísmo fluido”, como lo ha señalado muy bien el Card.
Sarah en un reciente libro. (“Se hace tarde y anochece”, p.415)

Nuestra vida viene de Dios y va hacia Dios. Él es el Señor de la vida y el que nos da vida en
abundancia, según el evangelio.

Dios es misterio que se esconde y se manifiesta. No podemos “entenderlo” acabadamente,
porque si no, no sería Dios.

Desde nuestros límites, desde nuestra humildad humana lo que tenemos que hacer es
invocarlo, poner en Él nuestra confianza.

El miedo nos paraliza, la confianza en Dios, la fe en Él, nos da vida y esperanza.

Pero esa fe necesita ser expresada, necesita ser “alimentada” desde los sacramentos.

Por eso es que debemos considerar la vida religiosa no como “actividad esencial”, sino como
relación vital.

Hay mucha gente que quisiera rezar, recibir los sacramentos, con todo derecho, y no puede
hacerlo. Es como el que quisiera comer sin poder hacerlo “por precaución”.

Los pastores de las iglesias saben tomar los recaudos para que cada uno se cuide.

Desde los ámbitos del Estado insisten en que la responsabilidad es ahora de cada uno.

Pero resulta que esa responsabilidad no se puede ejercer en los actos de culto y tienen las
iglesias cerradas hace medio año.

Nos han quitado los ritos, nos han impedido despedir a los muertos, nos impiden celebrar los
sacramentos… en fin…

Pregunto: en el ámbito económico, que cada uno tome sus recaudos; en el ámbito de las
industrias, que sigan su protocolo, que no “le va a pasar nada”(así lo dijeron); en el ámbito de
compras esenciales, que respeten el distanciamiento…etc. etc.

¿Y en el ámbito religioso, todo clausurado? ¿Por qué? ¿Cuando rezamos y celebramos no nos
sabemos cuidar?

La pandemia nos ha hecho ver que nuestra existencia es limitada y que necesitamos del Dios
de la vida, que en Cristo nos ha ofrecido vida eterna.

¿Cuándo reconocerán que “ya somos grandes” y nos podemos cuidar también dentro de un templo?

Para pensarlo.

 

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