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Amor de otoño

Por Candy Moreno

A pesar de no mirar por la ventana de mi cuarto puedo  percibir la desilusión de Irene (nombre que utilizo  para proteger a la persona real que me confió  su  historia), con voz suave y tranquila  cuenta  que  cada día renuncia  a  convivir con su amor.

Ellos se conocieron en una reunión, ya viudos los dos,  desde el primer día surgió una relación muy profunda,  “como si se hubieran conocido desde siempre”  expresaba ella entre triste y resignada .La reciente pareja había acordado  un compromiso y  una ceremonia sencilla para compartir la vida cristalizando  ese amor otoñal.

Tenían planes a presente y futuro, amanecer juntos, caminar de la mano, tomar mate por las mañanas, ir al cine, viajar  a algún lugar desconocido y tantos otros proyectos que de solo pensar los hacía sonreír y les llenaba el alma de carcajadas y mágicos cascabeles.

Meses después decidieron compartir la alegría con sus hijos. Irene volvió feliz de su anuncio pero Enrique regresó con  el peso de un rechazo que no entendía, sus hijos se oponían terminantemente a esa relación, inclusive en un último cruce de palabras entre la exasperación y la rabia, el hijo mayor le dijo que si continuaba con esa idea tonta de casarse no iba a ver más a sus nietos y como  punto final  un portazo que le congeló el alma a Enrique.

Enrique e Irene hicieron un acuerdo, seguir viviendo esa historia de amor a escondidas , claro tendrían que renunciar a innumerables posibilidades de demostrarse día a día lo mucho que se amaban pero a cambio Enrique podría seguir disfrutando del  cariño de sus nietos y la indiferencia de su hijo.

Así pasó el tiempo, la pareja seguía con ese pacto de amor oculto, cada cual en su casa cumpliendo con su papel de abuelos y padres  entre pequeñas fugas para mirarse y charlar rápidamente entre besos  y abrazos.

A partir de esta  breve historia  pude mirar por la cerradura de la puerta el inmenso egoísmo que algunos hijos expresan  a  sus padres,  muy lejano al amor y cuidado  que  dicen tener. También a través de relatos y diálogos sostenidos con adultos mayores  pude comprender que el amor en esa etapa de su vida es más  sereno y reflexivo,  la mayoría coincide  que con el paso de los años la expresión del amor cambia pero que esa necesidad de ilusión y ganas de enamorarse perduran a través del tiempo.

La historia de Irene y Enrique nos tendría que hacer reflexionar  que como hijos debemos ser más empáticos entendiendo que  el amor en pareja  es una de las partes más importantes de la vida porque da compañía, ilusión  y  fuerza para seguir adelante, que en la mesa de la vida  quedan las últimas cartas para repartir y que  es nuestro deber apoyarlos en lo que emprendan porque ya no se trata de nosotros sino de sus últimos sueños.

Los acordes de un tango llegan desde la casa  de Enrique  impregnando  mi alma de ternura  por ese valiente hombre y esa generosa mujer que cotidianamente  apuestan a vivir de a pedacitos su historia sin confrontar  con  el egoísmo de los  hijos, apostando a la vida y al amor donde en el otoño de la existencia DOS se transforman en UNO.

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