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Columna de opinión de Elisabeth Amat

Todavía no tengo cuarenta pero me estoy avecinando. Los abriles se comieron rápido los calendarios y, en menos de lo que canta un gallo, las cuatro décadas golpearán a mi puerta. Algunos hablan de crisis y otros, de una de las mejores etapas de la vida. No lo sé.  No obstante, ignoro si son por las patas de gallo que sorprendieron a mi espejo hace poco, o por las preguntas  incómodas de mis hijas preadolescentes, que me he puesto a pensar en el paso del tiempo. Resulta curioso ver como a medida en que crecemos, nos invade la extraña sensación de que el reloj corre demasiado deprisa, empujando sus manecillas hacia una madurez cada vez más patente a la que no podemos abstenernos y que llega de pronto, como si fuera un ladrón que nos roba la infancia en una sola noche.

Quizás, la culpa también la tiene esa frase poco política del inicio de la Cuaresma: Polvo eres y en polvo te convertirás. ¡Qué duro que te lo echen en la cara de este modo! Pero a la vez que necesario que nos tiren las orejas una vez al año para recordarnos que somos finitos.

Será por eso que últimamente veo pasar por mi lado a más ancianos o aquellos que no son tan viejos, pero sus mañas empiezan a sobresalir cuando repiten demasiado o dicen las cosas sin filtro.  Personas que en su momento vivieron días de gloria, de mucho poder, de piel estirada y de decisión importante y que hoy, caminan despacio, con la mirada algo perdida, melancólicos, recordando los años dorados en los que la calle se rendía a sus pies. Hoy, son abuelitos de orejas y narices grandes, esperando la caricia de los rayos del sol de la mañana como cualquier otro mortal.

Me detengo a mirarlos y pienso en sus vidas, en el tiempo que invirtieron en cada uno de sus sueños. Y observo mis anhelos. Y me da la sensación que algunos los malgasté obsesionada en cosas urgentes pero poco importantes.

Siento que en mi espalda se extiende un camino recorrido, largo o no tanto,  que me gustaría saborearlo con más detenimiento.  Extraño esos domingos de tv, donde parecía que no pasaba nada,  en los que mis hermanos bailaban delante de la pantalla con el único objetivo de fastidiar. Y ahí estaba la magia de la rutina que se paseaba delante de mis narices. Y me quejé, en vez de disfrutarla. Sin embargo parece que la mente está diseñada para que al recordar esos momentos, la sonrisa viaje por cada una de las venas que componen el cuerpo. Y siento un escalofrío que se parece a felicidad.

No quiero perderme más nada. Quiero saborear cada minuto y disfrutarlo con la gente que realmente vale la pena. Ya no quiero malgastarlo. No es que tenga temor a la vejez o a la muerte, esas sensaciones frías que contagiaron algunas almas que transitan negativas. NO. Tengo miedo a que el tiempo pase y yo me haya olvidado de disfrutarlo, sabiendo que no puedo recuperarlo.

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