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Se enamoraron adolescentes, se separaron y se reencontraron 39 años después

Una historia de amor adolescente que trascendió los años y todas las circunstancias.

Golpeó la puerta de su cuarto, la miró y no pudo más que abrazarla cuando ella lo dejó pasar con lágrimas en los ojos y el corazón en pedazos. «No llores hija, si tiene que ser para vos, va a volver», le dijo su papá a Cristina.

Había conocido a Gonzalo en la fiesta de 15 de Graciela, una amiga en común. Él era simpático, muy caballero. Nada hippie. Formal pero a la vez un poco bohemio. Iba a estudiar abogacía y para Cristina eso era muy importante.

Pasó una semana y volvió a verlo en otro cumpleaños de 15. Y, al ritmo de «Mandy» de Barry Manilow sonó la pregunta más esperada por las chicas de aquella época: «¿Te querés meter conmigo?», le preguntó Gonzalo con aires de conquista. La respuesta afirmativa y el beso confirmatorio llegaron a los pocos segundos. Estaban muy enamorados, pero la distancia y la inmadurez llevaron a cortar la relación después de tres meses. Él vivía en La Plata y ella en Buenos Aires. Corría 1973, el viaje que conectaba ambas ciudades era interminable, todavía no había autopista y el único medio de transporte posible era el micro. Dos horas demoraba el vehículo en cubrir la distancia, dos horas que, finalmente, terminaron desgastando la relación. Y Cristina sufrió y lloró la pérdida de su primer gran amor.

Después del final del romance, cada uno hizo su vida. Gonzalo se mudó a Buenos Aires, se recibió de abogado, siguió orgullosamente soltero, sin hijos, y mantuvo relaciones ocasionales que no duraron demasiado tiempo. Cristina, por su parte, obtuvo su título de Trabajadora Social, se casó, tuve tres hijos y se mudó a Bahía Blanca. Llevaba una buena vida y había formado una hermosa familia, pero cuando los chicos crecieron se dio cuenta que ya no tenía muchas cosas en común con el padre de sus hijos y, de común acuerdo, decidieron separarse.

Nada es casual

Como un guiño del destino, el día en que Cristina ponía fin a su matrimonio de 31 años, encontró en Facebook un mensaje de Gonzalo. «Hola, Soy Gonzalo Montoro. No sé si te acordás de mi. Soy el amigo de Graciela», escribió. Y Cristina sonrió mientras leía: «si supiera que una nunca se olvida del primer amor…», pensó.

Todo era nuevo para ella en ese momento. Con el fin de su matrimonio, a los 54 años había decidido volver a Buenos Aires, donde estaba su gente, familiares y amigos de toda la vida. Siempre le había gustado la zona del Alto Palermo, así que el lugar de su futura casa ya estaba resuelto. Y, sin saberlo, alquiló un departamento que estaba a solo tres cuadras del de Gonzalo.

El reencuentro fue muy emocionante. Si bien se habían visto y escuchado computadora mediante, el contacto personal tuvo algo mágico. Hablaron de muchos temas y notaron que compartían muchas costumbres.

Y así comenzaron a compartir cada vez más momentos juntos. «En un principio optamos por una relación de amigos con beneficios. Gonza no tenía experiencia en otro tipo de pareja, y yo no estaba en condiciones de empezar una relación estable y comprometida. Necesitaba recuperar el equilibrio emocional para poder encarar algo serio. Él estaba organizando un viaje a España y me invitó a acompañarlo. Cerramos los ojos y, a solo ocho meses del reencuentro, nos animamos a un mes de convivencia».

39 años después

Al regreso del viaje, Cristina sintió que era hora de definir el rumbo que tomaría la relación. Ella ya estaba en condiciones de tener una pareja estable. Y, si el no quería comprometerse en esos términos, la relación se terminaba. Gonzalo aceptó la oferta y siguieron juntos. Al principio le costó el cambio, hubo un período de transición hasta que le fue tomando el gusto a algo tan novedoso como tener una relación de ese tipo.

Cada uno vive en su casa y ya llevan siete años juntos. Nadie apostaba por la continuidad de la pareja, ni siquiera ellos mismos porque, la realidad es que eran dos personas con historias de vida muy diferentes. «Sin embargo y a pesar de todo eso, encontramos en el otro al compañero, el que nos hace feliz, nos ama, nos cuida y nos respeta. Ese con quien podemos ser nosotros mismos, sin críticas ni censuras. Ese con quien compartimos películas, libros, viajes, salidas, largas charlas, y sobre todo con quien nos divertimos mucho, que no es poco. Lógicamente tenemos desacuerdos y conflictos, forman parte de la vida, pero podemos superarlos porque el amor es más fuerte como decía la canción de la película Tango Feroz».

Fuente: La Nación.

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