Opinión

El idioma que hablamos, el mundo que habitamos: por qué Jujuy necesita formar ciudadanos bilingües más allá de la coyuntura

Opinión de Andrés Mendieta
Clases de idioma .
Andrés Mendieta 20-03-2026
Compartir

Hay debates que suelen encasillarse en lo urgente y terminan perdiendo de vista lo importante. Cuando se habla de la enseñanza de idiomas en Jujuy, la conversación suele girar exclusivamente en torno a una pregunta pragmática: ¿sirve para conseguir trabajo? Es una pregunta legítima, sin duda, pero también es una pregunta pobre si se formula en solitario. Porque aprender una lengua extranjera no es solo adquirir una herramienta para el currículum: es ensanchar los límites del mundo que uno habita, es poder asomarse a otras formas de pensar, sentir y nombrar la realidad. Es, en definitiva, una de las experiencias más profundamente humanizadoras que existe.

Pero ocurre que, en el Jujuy de 2026, lo humano y lo laboral ya no pueden pensarse por separado. La provincia enfrenta una crisis de empleo que golpea con crudeza, con una informalidad que supera el 43 por ciento y miles de puestos de trabajo formal destruidos en los últimos años. En ese contexto, hablar de idiomas podría parecer un lujo, una preocupación de clase media o una inversión de retorno incierto. Sin embargo, mirar con atención lo que está sucediendo en el territorio obliga a pensar exactamente lo contrario: en un momento en que Jujuy se asoma a proyectos de envergadura internacional, no formar a nuestra gente en idiomas no es solo una omisión educativa, es una condena a la exclusión.

Porque mientras el gobierno provincial avanza en la licitación de la Zona Franca de La Quiaca y promueve el corredor bioceánico que conectará el norte argentino con los puertos del Pacífico, la pregunta que debería atravesar todas las agendas es simple pero incómoda: ¿quiénes van a trabajar en esos proyectos? ¿Jujeños formados para insertarse en cadenas de valor globales, o profesionales de afuera que lleguen con las competencias que acá no supimos desarrollar?

La Zona Franca no es un depósito. Es una plataforma de comercio internacional que, si se piensa con inteligencia, puede ser una escuela de inserción global para la región. Pero para eso se necesita gente que pueda comunicarse con compradores de Brasil, con proveedores de China, con inversores de Chile. El corredor bioceánico, por su parte, no es solo una ruta por donde pasarán camiones: es la promesa de convertir a Jujuy en un nodo logístico de relevancia sudamericana. Y en logística internacional, el idioma no es un adorno: es la diferencia entre poder negociar y quedar afuera de la conversación.

La evidencia es clara. A nivel global, el inglés sigue siendo el idioma más demandado, presente en más del 92 por ciento de las ofertas laborales que requieren competencias lingüísticas. Pero en un contexto como el que se abre para Jujuy, otros idiomas cobran relevancia estratégica. El portugués, por la integración con Brasil y el Mercosur; el chino mandarín, por el peso de China en el comercio mundial y su creciente presencia en proyectos de infraestructura en la región; el alemán, por la vinculación con sectores tecnológicos e industriales que podrían encontrar en la minería jujeña un terreno fértil; el francés, por su presencia en organismos internacionales y en la cooperación para el desarrollo.

No se trata de que todos los jujeños hablen cinco idiomas. Se trata de que la provincia tenga una masa crítica de personas formadas para insertarse en esos proyectos sin quedar relegadas a los puestos más precarios. Porque lo que está en juego no es solo la empleabilidad individual, sino la capacidad de Jujuy para apropiarse del desarrollo que pasa por su territorio. Si los puestos calificados de la Zona Franca o del corredor bioceánico son ocupados por personas de otras provincias o de otros países porque los locales no dominan un segundo idioma, habremos fracasado como sociedad.

Pero reducir el idioma a su utilidad laboral es, como se dijo al principio, empobrecerlo. Aprender una lengua extranjera es también desarrollar la capacidad de entender otras culturas, de establecer vínculos de confianza con personas que piensan distinto, de navegar la complejidad de un mundo que ya no admite fronteras rígidas. Quien habla otro idioma no solo accede a un trabajo: accede a otras literaturas, a otras músicas, a otras formas de pensar los problemas comunes. Se vuelve, en definitiva, una persona más libre, con un horizonte más ancho que el que le ofrece su lengua materna.

Hay además un beneficio cognitivo documentado: quienes aprenden idiomas desarrollan mejor memoria, mayor capacidad de concentración y más flexibilidad mental. Son personas entrenadas para salir de su propia perspectiva y entender la del otro, una habilidad cada vez más valorada en entornos laborales complejos. Las empresas globales buscan perfiles que combinen conocimiento técnico con competencias interculturales, y el dominio de idiomas es la puerta de entrada a ese perfil.

Por eso, cuando desde la Legislatura o desde el Ejecutivo se diseñen políticas para acompañar los grandes proyectos que vienen, la enseñanza de idiomas debería estar en el centro de la agenda. No como un complemento optativo, sino como una política pública sistemática: formación en inglés desde la escuela primaria, programas intensivos de portugués para quienes trabajen en logística, becas para estudiar chino mandarín vinculadas al comercio internacional, certificaciones gratuitas con reconocimiento global.

La Zona Franca y el corredor bioceánico son oportunidades históricas. Pero las oportunidades no se aprovechan solas: se aprovechan con personas preparadas. Y si Jujuy no forma a su gente para insertarse en esos proyectos, lo que podría ser un salto al desarrollo se convertirá en una nueva frustración, con la riqueza pasando de largo y los jujeños mirando desde la banquina.

En un mundo globalizado, el idioma es la llave que abre la puerta a nuevas oportunidades. Pero también es la herramienta que permite construir un puente entre lo propio y lo ajeno sin perder la identidad. Enseñar idiomas en Jujuy no es solo preparar para el mercado laboral: es formar personas capaces de habitar el mundo con dignidad, de apropiarse del futuro sin renunciar a sus raíces. Es, en definitiva, una de las decisiones más estratégicas y más humanas que puede tomar una provincia que se niega a quedar a la vera del camino.