Opinión
COLUMNA DE OPINIÓN

El Juicio por Jurados en la era de la "emocracia"

Opinión de Andrés Mendieta
Opinión de Andrés Mendieta - 13 de julio de 2025 Somos Jujuy
Andrés Mendieta 13-07-2025
Compartir

El debate en torno a la implementación del juicio por jurados en Jujuy trasciende lo meramente jurídico para adentrarse en una grieta civilizatoria fundamental: ¿Es posible que una sociedad profundamente dominada por las emociones desbordadas, los sesgos cognitivos arraigados y la polarización digital exacerbada pueda administrar justicia con la imparcialidad que exige el Estado de Derecho? 

Si bien los argumentos técnicos en contra de este sistema, como la falta de preparación jurídica de los ciudadanos comunes, la emisión de veredictos inmotivados o los costos exorbitantes, son significativos, palidecen ante un riesgo mayor y más insidioso, la conversión del sagrado recinto del tribunal en un mero teatro emocional, donde las creencias visceralmente arraigadas aniquilan la frágil búsqueda de la verdad objetiva. Esta transformación amenaza el núcleo mismo de la función judicial.

La convergencia de factores psicológicos y sociales crea una tormenta perfecta para la justicia. Por un lado, opera con fuerza el sesgo de confirmación, esa tendencia humana casi ineludible a "ver solo lo que queremos ver". 

Estudios reveladores, como el de la Universidad de Stanford, indican que aproximadamente el 78% de las personas interpreta pruebas ambiguas o complejas como un apoyo irrefutable a sus creencias previas. 

En el contexto de un jurado, esto significa que los ciudadanos llegarían al proceso cargados con narrativas preconstruidas, alimentadas durante meses o años por el bombardeo selectivo de redes sociales, medios afines a sus posturas y prejuicios comunitarios profundos. 

Este fenómeno se potencia exponencialmente bajo lo que podríamos denominar la dictadura de las emociones o "emocracia". Vivimos en una era donde élites económicas y plataformas digitales han descubierto el inmenso valor de monetizar la indignación, el miedo y la polarización

Los algoritmos refuerzan cámaras de eco, convirtiendo a potenciales jurados en víctimas inconscientes de esta maquinaria de manipulación afectiva. Imagínese un caso delicado de violencia de género juzgado bajo la presión constante de un hashtag como #JusticiaYa; la fuerza colectiva de la demanda emocional puede fácilmente anular el análisis minucioso y frío de las pruebas presentadas. 

redes sociales

A esto se suma la poderosa psicología de masas, donde el miedo, ya sea a represalias de bandas organizadas o al simple escarnio público en redes sociales, se vuelve contagioso y distorsiona cualquier posibilidad de imparcialidad. 

Casos como el de Lucio Dupuy, donde la viralización prejuzgó y condenó mediáticamente a las acusadas mucho antes de que el proceso judicial comenzara, son un sombrío presagio de lo que podría ocurrir sistemáticamente.

La corrupción del proceso por la emocracia no es teórica; sigue una anatomía predecible y devastadora. Comienza en la misma selección de los jurados, donde los sesgos ideológicos podrían actuar como un filtro invisible, favoreciendo la elección de individuos "afines" a la narrativa emocional dominante sobre el caso. 

Durante la audiencia de pruebas, el sesgo de confirmación llevaría a una interpretación selectiva: pruebas técnicas sólidas, como pericias forenses o documentales, serían descartadas o minimizadas si contradicen las creencias emocionales previas, mientras que testimonios cargados de dramatismo o detalles anecdóticos irrelevantes adquirirían un peso desproporcionado. 

La deliberación, lejos de ser un ejercicio racional colectivo, se vería dominada por la presión grupal y el miedo al disenso. La necesidad humana básica de pertenencia y evitar el conflicto dentro del pequeño grupo del jurado podría llevar a veredictos basados en un consenso emocional superficial, no en un análisis lógico de los hechos. 

El propio veredicto podría estar teñido por la necesidad de autojustificación, donde la absolución o condena se fundamenta más en la identidad grupal adoptada durante el proceso que en la evidencia

Acusadas de matar a Lucio Dupuy

Ejemplos concretos ilustran este fracaso: en Córdoba (2023), jurados absolvieron a un acusado de homicidio basándose principalmente en que "parecía un buen hijo", un claro sesgo de afinidad, haciendo caso omiso de pruebas forenses contundentes. La circunstancia agravante de que la víctima pertenecía a una comunidad marginalizada no hizo sino evidenciar cómo los prejuicios sociales pueden prevalecer sobre la justicia objetiva.

En Jujuy, este panorama general se ve agravado por factores locales específicos que actúan como catalizadores del tribalismo digital.

La polarización política extrema que fractura comunidades como San Salvador, Palpalá y Perico crea un caldo de cultivo donde las lealtades tribales y las identidades ideológicas podrían fácilmente prevalecer sobre el derecho objetivo si un jurado de una localidad debe juzgar a alguien asociado a otra con marcadas diferencias. 

La economía de la atención judicial local, impulsada por medios que priorizan el rating emocional, como ciertos programas radiales sensacionalistas, simplifica casos jurídicamente intrincados en eslóganes maniqueos y efectistas "¡Culpable! La prueba es su mirada", privando al público, y potencialmente a los jurados, del contexto y la complejidad necesarios. 

Además, en regiones con fuerte influencia de tradiciones andinas, conceptos culturales profundos como la "vergüenza pública" o el "ajusticiamiento moral" podrían infiltrarse y desplazar el principio fundamental de la presunción de inocencia, sustituyendo el análisis probatorio por una demanda social de reparación del honor o castigo ejemplar.

El costo social de permitir que la emocracia domine los juicios por jurados es letal y se extiende mucho más allá del caso concreto. Un veredicto basado predominantemente en la emoción colectiva validaría y potenciaría la cultura del linchamiento digital. Incluso un acusado absuelto quedaría marcado de por vida en las redes sociales, su reputación destruida por la sentencia paralela de la turba virtual. 

Las absoluciones erróneas de individuos peligrosos, motivadas por lástima mal entendida, mitos populares o presión social, generarían una impunidad estructural que mina la credibilidad de todo el sistema judicial y alimenta la desconfianza ciudadana. La naturaleza misma de los veredictos inmotivados típicos del jurado plantea un vacío abismal para la defensa, ¿Cómo se apela, ¿cómo se refuta racionalmente un fallo basado en un “presentimiento” o una “convicción íntima” inexpresada? Los recursos legales se vuelven prácticamente inútiles ante la opacidad emocional de la decisión.

Frente a este panorama desolador, ¿existe alguna salida viable? La propuesta debe orientarse hacia la construcción de una justicia neurocrítica, consciente de los sesgos y diseñada para contrarrestarlos. Esto implica implementar filtros de idoneidad cognitiva rigurosos durante la selección de jurados, utilizando herramientas como el test de reflexión cognitiva de Shane Frederick para identificar y excluir a quienes muestran una mayor susceptibilidad a los sesgos intuitivos. 

Es esencial una pedagogía judicial crítica obligatoria para los jurados seleccionados, capacitándolos no en derecho sustantivo, sino en la neurociencia del sesgo, entendiendo cómo el cerebro humano distorsiona la percepción de la realidad, en la deconstrucción de narrativas mediáticas manipuladoras y en técnicas de deliberación racional que mitiguen la presión grupal

Como contrapeso técnico dentro del proceso, se podría incorporar la figura de peritos en psicología social como "amigos del tribunal" (amicus curiae), encargados de alertar al juez presidente sobre posibles manipulaciones emocionales detectadas durante el juicio o la deliberación. Y, quizás la"medida más crucial, establecer una prohibición estricta de exposición mediática para los jurados, sometiéndolos a una especie de cuarentena informativa (como se hizo en el Caso Epstein en EE.UU.) que los aísle del torrente contaminante de opiniones y presiones externas durante todo el proceso. 

Implementar juicios por jurados sin estas salvaguardas destinadas a "atajar la emocracia" es tan temerario como dar un arma cargada a quien no distingue entre realidad y ficción. La premisa indispensable es formar, primero, ciudadanos con cierta inmunidad crítica frente a la viralización del odio y la simplificación emocional, antes de investirlos como jueces.

Por tanto, el rechazo a implementar el juicio por jurados en Jujuy sin las condiciones neurocríticas necesarias no puede tildarse de simple nostalgia elitista por un sistema profesional

Es, ante todo, un acto de defensa civilizatoria urgente. En un mundo hiperconectado donde los algoritmos de las plataformas y las cámaras de eco nos convierten en rehenes de nuestras propias falacias y emociones primarias, el tribunal debe erigirse como el último bastión inexpugnable donde los hechos objetivos, analizados con método y frialdad, derroten a la fuerza avasalladora de los relatos emocionales. 

Permitir que las emociones colectivas, hábilmente explotadas y amplificadas por intereses políticos y económicos ocultos, decidan sobre la libertad o el futuro de una persona, no representa ninguna innovación progresista. Constituye, muy por el contrario, la sentencia de muerte de la justicia entendida como ese pacto racional y civilizado que nos protege de la barbarie del prejuicio y la venganza. 

Jujuy enfrenta hoy una elección existencial de fondo: optar por un romanticismo populista que convierte los juicios en espectáculos mediáticos donde gana la narrativa más viral o emocionalmente potente, o defender con firmeza la justicia como ese espacio sagrado reservado a la evidencia, custodiado por profesionales entrenados precisamente para reconocer y vencer sus propios sesgos humanos

La historia, implacable, juzgará si en este cruce de caminos se prefirió el aplauso fácil y efímero de la tribuna emocional a la soledad ética, pero imprescindible, de quienes persiguen solo la verdad, por incómoda que esta resulte.