La fábrica de la mediocridad
Un viejo maestro, al que lamentablemente no escuché lo suficiente en mi juventud, solía repetirme: 'Ten siempre cerca a los clásicos, vuelve a ellos una y otra vez, porque en sus páginas encontrarás las respuestas que el presente te niega'. José Ingenieros, con su lúcida y mordaz 'El hombre mediocre', es precisamente uno de esos clásicos que hoy, al releerlo con ojos adultos, me revela con escalofriante claridad los hilos ocultos de nuestra decadencia nacional.
Lo que en su época fue un diagnóstico premonitorio, hoy se ha convertido en manual de instrucciones de nuestra realidad. Argentina ya no padece la mediocridad como un mal accidental, sino que la ha elevado a sistema de gobierno.
José Ingenieros, ese cirujano implacable del alma nacional, hoy nos mostraría con escalofriante claridad cómo la Argentina contemporánea ha perfeccionado el arte de fabricar mediocridad a escala industrial. Lo que en su época era diagnóstico, hoy es realidad amplificada: hemos creado un ecosistema donde la excelencia resulta subversiva y la medianía se premia, donde el pensamiento crítico molesta y la docilidad se cotiza en el mercado político.
El mecanismo es tan perverso como efectivo: un pueblo empobrecido material e intelectualmente es mucho más manejable que uno formado y con horizontes amplios.
La educación, otrora gran igualador social, se ha convertido en el principal instrumento de este proyecto de embrutecimiento colectivo.
Las pruebas internacionales que muestran a nuestros jóvenes incapaces de comprender textos simples o resolver operaciones matemáticas básicas no son fallas del sistema: son su lógica consecuencia.
Cuando se vacían las aulas de contenidos exigentes, cuando se promueve automáticamente a quien no ha adquirido conocimientos, cuando se confunde inclusión con mediocridad, el resultado no puede ser otro que generaciones enteras incapacitadas para el pensamiento complejo.
Esto no es casualidad: un ciudadano que no piensa críticamente es un ciudadano que no cuestiona el poder, que traga consignas sin digerirlas, que vota por inercia o por hambre.
El asistencialismo, necesario en situaciones de emergencia, ha mutado en herramienta de control social permanente. Los planes sociales ya no son puentes hacia la movilidad ascendente, sino corralitos donde se confina a amplios sectores de la población.
Ingenierios reconocería al instante ese juego perverso: se ofrece lo suficiente para sobrevivir, pero nunca las herramientas para emanciparse. Así se crea una clase perene de dependientes cuyo voto puede comprarse con una bolsa de comida o una asignación miserable. La pobreza ya no es sólo consecuencia de malas políticas: es parte del modelo de gobernabilidad.
En paralelo, desde el poder se ha cultivado sistemáticamente la cultura del atajo. ¿Para qué estudiar una carrera si los profesionales ganan salarios de hambre? ¿Para qué emprender si el sistema premia a los amigos del poder? ¿Para qué esforzarse si los ejemplos de éxito son youtubers o políticos corruptos? El mensaje subliminal que se inocula es claro: el mérito no paga, la honestidad es de tontos, el esfuerzo es inútil.
Y cuando una sociedad internaliza estos principios, está lista para ser gobernada por los más mediocres de sus hijos.
La clase política ha perfeccionado el arte de la manipulación mediante la simplificación extrema. Los problemas complejos se reducen a eslóganes de tres palabras.
Los técnicos son desacreditados como "élites desconectadas", los economistas como "tecnócratas fríos". Lo experto se vuelve sospechoso, lo complejo se ridiculiza.
Cuando un ministro afirma que "la inflación es un invento de los medios", no sólo está mintiendo: está activando el desprecio por el conocimiento verificable que tanto beneficia al poder.
Este círculo vicioso se retroalimenta: un sistema educativo colapsado produce ciudadanos con escasa capacidad crítica; la falta de oportunidades reales los hace dependientes de la asistencia estatal; el clientelismo político los convierte en electores cautivos; y los gobiernos que no rinden cuentas perpetúan el sistema.
Como bien anticipó Ingenieros: los pueblos obtienen no los gobiernos que merecen, sino los que están capacitados para elegir. Y cuando se destruye esa capacidad de elegir con conocimiento, se condena a la sociedad a un eterno retorno de mediocridades.
La salida de este laberinto requiere romper varios mitos a la vez. Primero, que la educación es gasto y no inversión: sin escuelas que enseñen a pensar, no a repetir, seguiremos produciendo generaciones enteras de ciudadanos fácilmente manipulables. Segundo, que el asistencialismo puede ser permanente: los planes sociales deben ser puentes, no corralitos. Tercero, que el mérito es un concepto elitista: sin premiar el esfuerzo y la excelencia, ninguna sociedad progresa. Y cuarto, que la política es espectáculo: los gobiernos deben ser evaluados por resultados concretos, no por habilidades narrativas.
Argentina no es pobre porque le falten recursos, sino porque le sobran caciques que necesitan mantener a su pueblo en la ignorancia.
La verdadera grieta no es entre peronistas y antiperonistas, sino entre quienes quieren ciudadanos ilustrados y autónomos, y quienes prefieren súbditos dóciles y dependientes.
Romper este círculo vicioso requiere el coraje de mirar más allá del próximo plan social, del próximo spot vacío, de la próxima elección. Requiere, en definitiva, dejar de ser mediocres, aunque a muchos poderosos no les convenga.
Como escribió Ingenieros: "La mediocridad es contagiosa, pero el ejemplo de los excelentes también". Encontrar y multiplicar esos ejemplos de excelencia es el primer paso para reconstruir lo que alguna vez fue una gran nación.