La sombra que devora al peronismo
El Partido Justicialista ya no reconoce su rostro en el espejo. Lo que alguna vez fue una herramienta histórica de los trabajadores hoy es rehén de La Cámpora, una agrupación que convirtió la lealtad a Cristina Kirchner en una religión sectaria y la violencia en su liturgia preferida.
El último acto de este culto autoritario ocurrió mientras la Corte Suprema confirmaba la condena a la expresidenta: setenta encapuchados asaltaron TN y El Trece como una jauría organizada, haciendo gala de una coordinación que a veces se echa de menos para gobernar.
Entre ellos destacaba la silueta de Pablo Tato Giles —exsubsecretario de Relaciones Municipales de Alberto Fernández y secretario de Organización de La Cámpora—, identificado mediante un informe antroposométrico que analizó su postura y movimientos mientras rompía vidrios y lanzaba piedras. No era un militante anónimo ni un joven idealista confundido: era un operador profesional del Estado, curtido en los pasillos del poder, y cómplice de haber convertido al peronismo jujeño en un fantasma político.
En Jujuy, algunos dirigentes locales lo recibieron como si llegara un crack del armado político, un Messi del Instituto Patria. Lo aplaudían en reuniones cerradas, repetían sus frases de manual, lo celebraban como si viniera a traerles la fórmula del triunfo. Pero con el tiempo, y los resultados a la vista, quedó claro que no era más que un barrabrava con cargo, un militante del desorden, un burócrata violento que confundió la política con la barra.
Giles encarna la metástasis que corroe al PJ. Mientras cobraba sueldos millonarios como asesor legislativo bonaerense, viajaba a Jujuy autoproclamándose armador político.
Entre 2019 y 2023 sostuvo más de cien audiencias con intendentes, manejando fondos federales como moneda de coerción. Su receta fue letal, imponer candidatos sin raíces locales, marginar a dirigentes históricos y centralizar decisiones en el Instituto Patria, ese oráculo porteño desde donde se dictan destinos provinciales sin conocer ni el clima.
El resultado fue un peronismo jujeño arrastrado a la periferia, sin voz ni peso electoral, mientras Giles posaba como arquitecto de una unidad que solo existía en sus PowerPoints.
Este episodio no es una anomalía, es el síntoma terminal de un peronismo secuestrado por una camarilla convencida de que Perón era un dentista y Cámpora un revolucionario. El extravío es total.
Intendentes como Fernando Gray, de Esteban Echeverría, lograron ponerle palabras a esta degradación cuando advirtió que Tato Giles y sus cómplices drenaban el Estado para financiar patotas. Se apropiaron del partido. Nos hicieron pelear con las pymes, con el campo y con la industria, denunció Gray. Su diagnóstico es implacable: el PJ se convirtió en un feudo de listas dictatoriales cocinadas por Máximo Kirchner entre cuatro paredes del Instituto Patria, donde Giles operaba como verdugo de las autonomías provinciales. Un método muy horizontal y participativo, si uno lo mira con sarcasmo.
Y aquí aparece la ironía más perversa, cada piedra que Giles arrojó en TN, cada provincia que desangró con sus maniobras, es oxígeno puro para Javier Milei.
Mientras La Cámpora libra su guerra interna, bloqueando presupuestos bonaerenses y rechazando alianzas, el libertario avanza sobre territorios donde el PJ, gracias a operadores como Giles, ya no existe. Milei no necesita hacer campaña, le basta con dejar que La Cámpora siga trabajando.
¿Quién puede temerle a un movimiento que quema autos de periodistas y pinta No jodan en sus ventanas?, mientras sus líderes siguen cobrando del Estado? Giles no es un soldado, es el emblema de una casta que traicionó a Perón por prebendas, que convirtió la lucha popular en un negocio de violencia y privilegios. De la justicia social al vidrio roto, sin escalas.
El daño es genético. La Cámpora heredó los métodos de las patotas de los años setenta, pero con el cinismo del siglo XXI. Giles, el burócrata que articulaba políticas municipales desde un escritorio, es el mismo que coordinó el ataque a TN. Su doble rol, funcionario institucional y comandante de turbas, revela la podredumbre de un proyecto que perdió todo rumbo.
Hoy, el peronismo jujeño vaga sin brújula. Y provincias clave son presas fáciles del libertarismo, no por la fuerza de Milei, sino por la torpeza de los Giles de la vida y sus aduladores locales, que arrastraron al movimiento al desprestigio y la irrelevancia.
El futuro se escribe con derrotas. Si seguimos así, nos vamos a cansar de perder elecciones, advierte Gray. Pero la tragedia no es solamente electoral, es ética.
Tato Giles, el operador que usó a Jujuy como un escalón y la dejó en ruinas, resume la mutación fatal del PJ, de movimiento nacional a secta que devora a sus propios hijos y alimenta a sus verdugos.
Mientras Milei ríe desde la Rosada, el peronismo agoniza con sus propios Giles de alquiler, funcionarios que rompen vidrios y que solo saben construir su carrera sobre las cenizas del partido que dicen defender. Eso sí, con recursos públicos y a puro relato.