Manual de autodestrucción peronista: edición Jujuy, con prólogo de La Cámpora
En la sede del Partido Justicialista de Jujuy, bajo la rancia y cerrada conducción de La Cámpora, se reunieron —una vez más— los actores políticos que han convertido la derrota en rutina.
Fue un encuentro tan simbólico como previsible: mientras los jujeños lidian con los desafíos propios del siglo XXI, las élites del peronismo local siguen aferradas a liturgias de otro tiempo, como si repetir el pasado con más solemnidad pudiera alterar el presente.
La Cámpora ha logrado algo extraordinario: capturar por completo la estructura partidaria y transformarla en un espacio exclusivamente funcional a sus propios intereses.
El Partido Justicialista no es hoy una herramienta al servicio del pueblo, sino una fortaleza ocupada por un grupo que se resiste al mundo exterior, donde todo cambió, menos ellos.
Lejos de asumir los errores, se refugian en discusiones endogámicas y estrategias de supervivencia personal, mientras la sociedad avanza por otro carril, con otra lógica, con otro lenguaje.
El magro 10% de los votos obtenidos en las últimas elecciones no fue un traspié ocasional, sino el síntoma terminal de una estructura desconectada.
Encerrados en consignas marchitas y luchas intestinas, actúan como si la política aún se decidiera en cenas reservadas y líneas orgánicas, ignorando que el cambio tecnológico ha pulverizado el poder vertical de las viejas elites.
Mientras el mundo gira a una velocidad inusitada, ellos siguen creyendo que el silencio de los pasillos equivale a consenso, y que la obediencia interna reemplaza a la legitimidad social.
Hoy el poder ya no se forja en comités cerrados ni en agrupaciones con pretensiones de vanguardia, sino en el territorio digital, en el ida y vuelta permanente con un ciudadano que exige, interroga y desconfía.
El nuevo sujeto político —impaciente, desilusionado, ferozmente autónomo— escudriña cada gesto y cada palabra con una lupa despiadada.
Pero La Cámpora, firme en su encierro, sigue actuando como si ese público no existiera, como si bastara con disciplinar a los propios para seguir siendo relevantes.
La reunión del lunes fue una síntesis de la decadencia: los mismos rostros que acumulan derrotas desde hace años, hablando con gravedad impostada de internas sin importancia, mientras afuera la gente discute sobre inteligencia artificial, empleo del futuro o cómo sostener la educación pública.
Discutían cargos y documentos como si las palabras mágicas pudieran revivir algo. La escena parecía extraída de una novela de realismo burocrático, debates entre sectores que ya no representan a nadie, sobre procedimientos que a nadie interesan, en un partido que ya no interpela a la sociedad.
Lo más revelador, sin embargo, es que esas reuniones existen no para transformar la realidad, sino para resolver los problemas personales de una dirigencia agotada.
Lejos de ser un ámbito de construcción colectiva, el PJ jujeño, capturado por La Cámpora, se ha vuelto un espacio donde se negocian lugares, se intercambian favores, se sellan pequeñas traiciones, y todo con una pretensión de épica que ya ni siquiera conmueve a los propios.
Las decisiones sobre el destino del partido, e incluso sobre la vida política de la provincia, terminan subordinadas a los caprichos mezquinos de una agrupación que funciona como un comité cerrado de autoconservación.
Frente a ese panorama, la ironía se impone casi sola. El Partido Justicialista jujeño, que alguna vez fue sinónimo de movilidad social y presencia territorial, hoy parece una pieza de museo que se activa solo para escenificar su autopsia política.
La respuesta institucional ante el conflicto entre figuras locales —como el caso Moisés-Chaher-Snopek, fue pedir una intervención federal, como si el dedo del poder central aún tuviera capacidad de ordenar lo que ya está fracturado.
Es una muestra perfecta de arrogancia procedimental, creer que con un gesto vertical se puede reparar una legitimidad erosionada desde las bases.
Pero el mundo y Jujuy no esperan. Las nuevas generaciones imaginan partidos ágiles, abiertos, capaces de ofrecer soluciones, no solemnidades.
Visualizan formas de participación directa, sin intermediarios eternos, sin guardianes ideológicos.
Sin embargo, el PJ jujeño sigue repitiendo gestos ceremoniales como si el tiempo no hubiera pasado. Celebran rituales de poder sin pueblo, defensas del "modelo" sin propuesta, liderazgos sin respaldo. La Cámpora, desde su trono partidario, administra la decadencia como si fuera una herencia sagrada.
Y lo que no comprenden es que ya no se trata de sostener una estructura: se trata de entender un nuevo paradigma. En este mundo hiperconectado, cada discurso vacío, cada promesa incumplida, se paga con deslegitimación inmediata.
El poder ya no se hereda ni se preserva por antigüedad, debe construirse a cada instante, frente a una audiencia que no perdona.
En Jujuy, lo que queda del viejo aparato justicialista huele a naftalina. La historia se está moviendo, pero ellos siguen esperando en el andén equivocado y con el boleto vencido.