Un curso avanzado en cómo perder elecciones
Los números no mienten, aunque duelan. El Partido Justicialista de Jujuy, otrora coloso político que moldeó el destino de la provincia durante décadas, ha tocado fondo con un resultado que resuena como campanada fúnebre: apenas un 10% de los votos, rozando el bochorno de ser superado por el Frente de Izquierda.
No es un simple traspié electoral; es el epílogo de una decadencia anunciada, el certificado de defunción de un proyecto que, bajo la conducción nacional de Cristina Kirchner y La Cámpora, perdió hasta la dignidad de ser oposición.
Lo grave no es la derrota en sí, sino cómo el PJ se convirtió en el arquetipo de lo que el pueblo rechaza. En cada focus group, en cada charla de barrio, en cada análisis mediático, el mensaje era unánime: la ciudadanía veía al justicialismo como parte del problema —ese establishment enfrascado en disputas alejadas de la realidad— y nunca como solución.
Y, en un giro tragicómico digno de un relato del absurdo de Beckett, la campaña del PJ insistió en exacerbar esa imagen, priorizando las internas kirchneristas sobre las urgencias de Jujuy, obedeciendo más a los designios de Buenos Aires que a las demandas del Norte, y defendiendo privilegios en lugar de regenerar credibilidad.
¿Cómo una maquinaria que gobernó Jujuy por décadas llegó a esta irrelevancia? La respuesta yace en el espejo roto de un peronismo nacional que, en su obsesión por convertirse en apéndice de un proyecto sectario, olvidó su esencia federal. Mientras el país ardía, el kirchnerismo insistió en imponer una agenda porteña tan ajena a las necesidades del Norte como un abrigo de piel en el desierto. (Porque, claro, ¿qué mejor momento para discutir la grieta que cuando la gente no para comer?)
El PJ jujeño fue sinónimo de poder, gestión y, sí, también de clientelismo eficiente. Pero nunca, hasta ahora, había sido sinónimo de irrelevancia.
Su caída no es casual: en 2011 superaba el 45% de los votos; hoy lucha por no caer al dígito único.
La metamorfosis de un partido de gobierno en una fuerza testimonial tiene un responsable claro: una conducción nacional que vació al peronismo de su identidad para convertirlo en vehículo de ambiciones personalistas.
El kirchnerismo cometió el pecado mortal de confundir lealtad partidaria con resignación. Creyó que los votantes peronistas, por tradición o inercia, tragarían cualquier designio venido de Buenos Aires. Se equivocó. Los jujeños —como el resto del país— demostraron que el clientelismo tiene límites cuando deja de estar acompañado por resultados concretos. La sangría electoral no cesará mientras el PJ siga siendo sucursal de un proyecto que desprecia las particularidades provinciales.
El panorama para las elecciones de octubre es desolador: sin base territorial, sin discurso propio y sin conexión con la gente, el justicialismo enfrenta su hora más oscura.
La ironía es cruel: el movimiento creado para dar voz a las provincias hoy es rehén de una cúpula que las ignora.
Queda una esperanza, frágil pero real: que este golpe sirva para que el peronismo jujeño recupere su autonomía, su identidad y, sobre todo, su conexión con la gente que alguna vez lo sostuvo. Porque mientras sigan siendo la sucursal de un proyecto fallido, no habrá resurrección posible.
El PJ jujeño podría impartir un máster en autodestrucción política: primero, ignorar sistemáticamente a sus bases; luego, subcontratar su agenda a un escritorio de Buenos Aires; y, como trabajo final, culpar al votante por no apreciar tanta 'coherencia ideológica'. ¿El resultado? Un 10% de aprobación —digno de una serie de Netflix sobre decadencia—, donde hasta la izquierda les da clases de territorialidad. No todos los días se ve a un partido que fue hegemónico convertirse en el mal alumno de la democracia, pero aquí estamos.
La lección es clara: cuando un movimiento que nació para empoderar a las provincias pasa más tiempo aplaudiendo monólogos porteños que resolviendo cortes de agua, algo falla. El kirchnerismo, en su afán pedagógico, les enseñó que la lealtad se mide en silencios, no en obras. Y los jujeños, alumnos aplicados, les devolvieron el examen con una nota roja. Curso aprobado: de ahora en más, el PJ local sabe más de derrotas que de peronismo.
Las urnas fueron crueles con el PJ: o vuelven a ser peronistas, o serán apenas un mal recuerdo en la historia de Jujuy.