Votá con todas tus fuerzas
Este título no tiene ninguna pretensión de originalidad. Lo tomé prestado de aquellos años en que el desencanto paralizaba España, cuando la política se había convertido en un espectáculo de sordos y el PSOE lanzó al aire un mensaje que valía como un manifiesto: "Vota con todas tus fuerzas".
No era un eslogan vacío. Era un llamado a las armas contra la resignación.
Hoy, en Jujuy, donde el domingo se juega algo más importante que una elección legislativa -se juega el derecho a seguir creyendo-, ese mismo grito debería resonar desde la Puna hasta los Valles, desde La Quebrada hasta Las Yungas.
Hemos soportado un debate político vergonzoso. Un intercambio de frases hechas, de diagnósticos obvios, de lugares comunes disfrazados de ideas.
Los candidatos nos han hablado de los problemas como si fueran movileros; describiendo la realidad, pero sin atreverse a transformarla.
Faltaron propuestas, sobraron clichés. Faltó ambición, sobró conformismo.
Y en medio de este panorama desolador, como un milagro de la naturaleza, surgieron los autoproclamados "rostros nuevos".
Basta raspar un poco ese barniz de renovación para encontrar debajo el mismo ADN político de siempre: los apellidos que se repiten, los acuerdos bajo la mesa, las estructuras viejas con maquillaje nuevo. Son como esos restaurantes que cambian el nombre pero siguen sirviendo el mismo guiso recalentado.
Prometen ser la "nueva política" mientras practican el viejo arte del acomodo, sólo que ahora lo twittean con hashtags modernos. ¿Renovación? Más bien repintado.
¿Cambio?, más bien reciclaje. La misma casta de siempre, que nada aporto al debate de los temas urgentes de Jujuy.
Sin embargo, precisamente porque el debate fue tan pobre, votar se vuelve más necesario que nunca.
La apatía es el mejor aliado de los peores políticos. Lo sabían los socialistas españoles cuando advirtieron que la abstención nunca es inocente: siempre hay alguien que se frota las manos cuando la gente decide no decidir.
Lo sabemos nosotros cada vez que miramos las listas de candidatos con fastidio, como si fueran el mismo perro con distinto collar. Pero aquí está la gran trampa del sistema: nos convence de que nuestra fuerza está en indignarnos, cuando en realidad está en votar.
Jujuy no elige presidente este domingo. Eso lo hace más importante, no menos. Porque cuando las elecciones parecen pequeñas, es cuando se cuecen las grandes traiciones.
Un legislador no hace titulares, pero decide sobre el agua que se pierde en tuberías rotas, sobre los hospitales sin medicinas, sobre la tierra que pisamos. Mientras nosotros nos quejamos en la mesa familiar, ellos reparten nuestro futuro en un despacho.
La campaña del PSOE no pedía amor a los políticos. Pedía rabia democrática. La buena rabia, la que no se queda en el gesto de cambiar de canal cuando salen los candidatos, sino la de poner la boleta con la determinación de quien sabe que está firmando un acta de resistencia.
Hay quienes dicen que tu voto no cambiará nada. Mienten. Cambia todo: le quita poder a los cínicos que cuentan con nuestro desencanto, le pone precio a la corrupción, le recuerda a cada político que su silla tiene patas frágiles.
En Nicaragua, en Venezuela, hay millones que entenderían al instante lo que nosotros nos empeñamos en olvidar: que el privilegio de votar huele a pólvora cuando te lo arrebatan.
Este domingo, Jujuy escribe su historia. No con la tinta épica de las elecciones presidenciales, sino con la letra menuda y poderosa de las urnas provinciales.
Votemos como quien clava una bandera: no por los mediocres que están en la boleta, sino por los que merecen venir. No por lo que es la política, sino por lo que podría ser.
Que nadie nos quite esto: el sagrado derecho a seguir decepcionándonos. Pero activamente, con las manos manchadas de tinta, no desde el sofá.
Como decían los españoles en sus horas más amargas: con todas tus fuerzas.
Porque la democracia, al final, no se defiende con aplausos, sino con boletas puestas en las urnas a conciencia.
A las urnas, Jujuy. Aunque duela.