Costa Rica inició una nueva etapa política tras la victoria de Laura Fernández, candidata del oficialista Partido Pueblo Soberano, quien se impuso en las elecciones presidenciales en primera vuelta con el 48,5% de los votos, cuando ya se había escrutado más del 88% de las mesas. La politóloga de 39 años superó con amplitud el umbral necesario para evitar el balotaje y se convirtió en la nueva presidenta electa del país.
Fernández logró capitalizar un escenario marcado por la inseguridad y el avance del narcotráfico, una problemática que golpea con fuerza a un país históricamente identificado como uno de los más pacíficos de Centroamérica. En los comicios participaron alrededor de 3,7 millones de costarricenses y la asistencia alcanzó el 69,5%, uno de los niveles más altos de los últimos años.
Además del triunfo presidencial, el oficialismo consiguió una base sólida en la Asamblea Legislativa: el partido de Fernández obtuvo 30 de las 57 bancas, lo que le permitirá gobernar con mayoría propia, aunque deberá buscar consensos para impulsar reformas que requieran mayorías especiales.
La dirigente dejó en segundo lugar al socialdemócrata Álvaro Ramos, del tradicional Partido Liberación Nacional, que alcanzó el 32,12% de los votos. El resto de los candidatos no superó el 5%, en un escenario electoral altamente fragmentado.
Durante su discurso de celebración en San José, Fernández habló de un “cambio profundo e irreversible” y anunció su intención de avanzar hacia lo que denominó “la tercera república”, una idea que apunta a reformar estructuras del Estado surgidas tras la abolición del Ejército en 1948. Aunque prometió diálogo con la oposición, su campaña estuvo marcada por un tono confrontativo y un fuerte cuestionamiento al Poder Judicial y al Congreso.
La presidenta electa asumirá el próximo 8 de mayo y llega al cargo como figura cercana al actual mandatario Rodrigo Chaves, de quien fue ministra de la Presidencia y de Planificación. Se presenta como su continuidad política y comparte su diagnóstico sobre la inseguridad y el crimen organizado.
Fernández construyó su liderazgo con un discurso de “mano dura”, inspirado abiertamente en el modelo de Nayib Bukele en El Salvador, lo que le valió el apodo de “la Bukele costarricense”. En ese marco, prometió completar la construcción de una megacárcel de máxima seguridad, impulsar estados de excepción en zonas críticas y endurecer penas para delitos vinculados al narcotráfico.
El giro en la política de seguridad responde a un contexto alarmante: Costa Rica registra actualmente una tasa récord de homicidios, con 17 asesinatos cada 100.000 habitantes, y sus puertos se convirtieron en puntos clave para el tráfico internacional de drogas.


