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Leemos para sentir que no estamos solos

Columna de opinión de Elisabeth Amat.

La semana pasada,  el Colegio Nacional Teodoro Sánchez Bustamante tuvo el honor de presentar un libro en el que se resumen los sueños de muchos jujeños que se sentaron en sus aulas en los últimos 150 años. Una bocanada de aire fresco, decía su Rector, para recordar la jujeñidad sigue teniendo esperanzas.

El acto sencillo, pero muy emotivo, contó con la participación de varios amigos del establecimiento, y entre ellos, se encontraba el Dr. César Arrueta, Decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNJU.

Cuando los murmullos se fueron enmudeciendo, la autoridad universitaria, con un tono severo pero dulce al mismo tiempo, nos recordó una cita del Sr. Lewis que decía: “Leemos para sentir que no estamos solos”.

Me quedé con estas palabras todo el fin de semana. Yo que pensaba que leía para culturizarme un poco… pero el autor de “Cartas del diablo a su sobrino” me hizo cambiar de opinión. Es cierto. Leemos para no sentir el vacío interior que tantas veces nos asusta. Leemos para vivir vidas ajenas, recorrer los caminos de otros y hacerlos nuestros. Leemos para pensar una y otra vez que la vida que hemos elegido vale la pena y es tan importante como la de los valientes que se atrevieron a desnudarse y plasmarla en un papel. Palabras que se colocan por un tiempo en mis manos para que aprenda alguna lección.

Cuando leo, recupero esa conexión con lo espiritual, con lo esencialmente bello, con aquellas cosas sobrenaturales que quizás no sobresalen porque las tapa la rutina… De pronto y sin avisar,  el alma se vuelve a estremecer con preguntas como  ¿Quiénes somos? ¿Hacia dónde vamos? ¿De dónde venimos?

Tal como decía el profesor Alberto Alabí, los bachilleres mayores, como Raúl Galán, supieron preceder a los actuales con frases como “enciende tu llama en este fuego”. Algunos consolidarán lo que ellos han encendido con las letras que puedan aprender en los pupitres y en los libros. A muchos ya se nos pasó el arroz del colegio, pero nunca es tarde para los libros y para las buenas historias como por ejemplo las que esconde el Nacional.

Quizás, abandonamos ese bendito hábito de la lectura porque nos excusamos en la falta de tiempo, o porque siempre nos rodeamos de gente de hueso o virtual que apabulla por momentos esa soledad de la que habla Lewis. Pero en la profundidad negra de la noche, cuando  el silencio calla a todas las voces y nos acordamos de nosotros mismos, de pronto, aparece ese miedo al abismo que nos pone los pelos de punta… entonces, nos podremos acordar de los buenos libros.  ¿Qué tendrá la lectura que nos arropa como madre que se levanta por la noche a mirarnos después de una pesadilla? ¿Por qué ese mundo globalizado y aparentemente tan conectado, hace que nos sintamos todavía más solos que al principio?

Feliz amparo el que me ofrecen los libros. No creo llegar al centenar en 365 días, tal como recomienda mi querido poeta que le escribe a la fiesta dulce y a la historia amarga de Casabindo; pero puedo empezar por uno, para que me enamore de nuevo, por si me llega la soledad, y no sé cómo lidiar con ella.

 

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