"El equipo por encima de los hombres"
En Argentina, el fútbol es pasión, es cultura, pero también es el eje articulador de nuestras emociones y memoria social. Pero seamos sinceros: ese pulso colectivo, que nos une y nos moviliza, es también la anestesia perfecta para desactivar cualquier espíritu crítico y la política lo sabe. Mientras el consumo cae, la presión impositiva asfixia y la microeconomía sangra, el circo mundialista se activa y como un insecto atraído por la luz, una sociedad angustiada queda atrapada en una necesidad de alivio que el poder sabe explotar.
Por una fracción de tiempo, la realidad se vuelve invisible. ¿Quién discute el 1,9% de inflación o la caída de la actividad económica cuando la conversación nacional gira en torno a la alineación titular? Es la pausa necesaria, sí, pero también la muestra de cómo la pasión logra una transversalidad que la política se niega a construir. Bajo la camiseta, se diluyen las grietas; esas mismas grietas de las que, sospecho, muchos se alimentan para sobrevivir.
La lección del éxito deportivo de una Selección Nacional que llega a la Final del Mundial 2026 es técnica, no mágica: el equipo por encima de los hombres.
Un Director Técnico que triunfa elige a los mejores en función de la tarea. El DT piensa en el plan de juego; el político, en cambio, suele estar obsesionado con su propia supervivencia y la acumulación de poder y cuando lo tiene, de más poder aún. La historia de nuestra dirigencia es una repetición de mezquindades: desde la imagen de Cristina Fernández negándose a entregar el bastón de mando a su sucesor, rompiendo toda norma republicana, hasta un Javier Milei que, en lugar de priorizar la gestión de su equipo, se jugó la personal blindando a Manuel Adorni, un funcionario imputado por presunto enriquecimiento ilícito. Todos jugando su propio partido.
Mientras el equipo de fútbol se despoja de intereses individuales, nuestra política sigue atrapada en el laberinto de las decisiones personales. ¿El contraste? Mientras los políticos protegen a sus leales, nuestra Selección -con la altura que su líder marcó- levantó la bandera de Malvinas luego de jugar y ganar el partido, luego de hacer su trabajo. Honrar a los que perdieron la vida a manos del ladrón fue un acto de madurez y memoria colectiva que nuestra clase política parece incapaz de replicar.
El potencial que tiene Argentina cuando logramos alinear el sueño colectivo con la capacidad de los elegidos es innegable. Cuánta necesidad urgente hay de un liderazgo que anteponga el país al espejo y que honre la confianza con resultados, no con defensas corporativas.
La fórmula es clara: expertos, objetivos a mediano plazo y la capacidad innegociable de subordinar el nombre propio al proyecto nacional. Aquel que comprenda que la grandeza radica en el despojo de la vanidad para poner el "equipo" por encima de todo, no solo se ganará nuestro respeto: será, finalmente, quien marque el gol que este país necesita para salir del pantano.