Opinión

La Responsabilidad de los influencers frente a la difusión de fake news

La difusión de fake news con motivo del supuesto fallecimiento del padre de Lionel Messi; lleva a volver a poner en tapete la discusión acerca del chequeo de información necesario.

La información a través de inflluencers y presentadores
La información a través de inflluencers y presentadores .

Damián Pertile por Damián Pertile | 19-06-2026 20:01

En la era de la inme­dia­tez digital, la comu­ni­ca­ción se carac­te­riza por una diná­mica tan fluida como masiva. Vivi­mos inmer­sos en una cons­tante sobre­carga infor­ma­tiva que a menudo genera la falsa ilu­sión de estar correc­ta­mente infor­ma­dos. Sin embargo, este esce­na­rio de sobre­in­for­ma­ción, carente de pro­ce­sos riguro­sos de veri­fi­ca­ción de fuen­tes, pro­pi­cia la pro­pa­ga­ción sis­te­má­tica de noti­cias fal­sas que impac­tan de manera directa en la repu­ta­ción y los dere­chos de ter­ce­ros. En este eco­sis­tema, la figura del influencer emerge como un actor cen­tral con capa­ci­dad para alte­rar los flu­jos de opi­nión pública.

El núcleo de la pro­ble­má­tica actual no radica úni­ca­mente en la crea­ción de una noti­cia falsa, sino en el acto de repli­car o com­par­tir con­te­ni­dos ya gene­ra­dos por otros. La repli­ca­ción mul­ti­plica y legi­tima men­sa­jes difa­ma­to­rios de manera expo­nen­cial. Ante esta rea­li­dad, surge un inte­rro­gante jurí­dico indis­pen­sa­ble: ¿De qué manera se enmarca la res­pon­sa­bi­li­dad civil en Argen­tina de los influencers por repli­car o com­par­tir fake news en sus redes socia­les, vira­li­zando men­sa­jes difa­ma­to­rios? La hipó­te­sis que guía este aná­li­sis sos­tiene que estos acto­res poseen un deber de dili­gen­cia y una res­pon­sa­bi­li­dad mayor que la de cual­quier usuario común, debido al enorme poder de ampli­fi­ca­ción y masi­fi­ca­ción que ejer­cen.

La Transformación del paradigma Comunicacional

Para com­pren­der el impac­to actual de las redes socia­les, resulta indis­pen­sa­ble con­tras­tar su fun­cio­na­miento con el de los medios tra­di­cio­na­les. His­tó­ri­ca­mente, la noti­cia se defi­nía como el relato de un suceso que ya había acon­te­cido. Hoy en día, la noti­cia es lo que está suce­diendo en tiempo real. Mien­tras que los dia­rios tra­di­cio­na­les care­cen de actua­li­za­ción inme­diata a pesar de pro­fun­di­zar en los temas, la radio aporta inme­diata com­pa­ñía y la tele­vi­sión des­taca por su masi­vi­dad e impac­to visual, que­dando siem­pre limi­tada por las pautas tem­po­ra­les de la grilla de pro­gra­ma­ción.

La lle­gada de inter­net y las redes socia­les revo­lu­cionó de forma abso­luta este esquema, demo­cra­ti­zando la emi­sión de men­sa­jes pero eli­mi­nando el fil­tro pro­fe­sional exclu­sivo del perio­dismo. Los datos de la Unión Inter­na­cional de Tele­co­mu­ni­ca­cio­nes con­fir­man que más del 67% de la pobla­ción mun­dial se encuen­tra conec­tada, lo que demues­tra la trans­ver­sa­li­dad de la red glo­bal. Para­le­la­mente, estu­dios glo­ba­les del Insti­tuto Reu­ters evi­den­cian un declive sos­te­nido en el con­sumo de noti­cias tra­di­cio­na­les y un aumento en los nive­les de des­con­fianza social hacia la infor­ma­ción cir­cu­lante. Al per­der el perio­dismo la exclu­si­vi­dad del relato fác­tico, los usua­rios de redes socia­les asu­men el rol de difu­so­res masi­vos, con­vir­tiendo el entorno digi­tal en un terreno fér­til para la des­in­for­ma­ción.

Anatomía de la desinformación e intoxicación digital

El con­cepto de noti­cia falsa abarca múl­ti­ples aris­tas que van desde el error invo­lun­ta­rio por falta de che­queo hasta la crea­ción inten­cio­nada de fal­se­da­des con el obje­tivo polí­tico o comer­cial de ope­rar la opi­nión pública. El flujo infor­ma­tivo actual per­mite iden­ti­fi­car dife­ren­tes per­fi­les con­duc­tua­les, coexis­tiendo quie­nes pro­du­cen el error por negli­gen­cia con aque­llos que dañan de forma deli­be­rada. Asi­mismo, se encuen­tran los usua­rios que repli­can de buena fe con­fiando en el emi­sor, frente a quie­nes com­par­ten la infor­ma­ción a sabiendas de su pro­ba­ble fal­se­dad. La des­in­for­ma­ción suele pre­sen­tarse bajo una apariencia suma­mente creí­ble, cons­tru­yendo rela­tos fal­sos sobre la base de datos rea­les ses­ga­dos.

En la lite­ra­tura clá­sica sobre comu­ni­ca­ción se des­cri­ben tres muta­cio­nes pato­ló­gi­cas de la infor­ma­ción que con­vi­ven en el entorno digi­tal. Cuando los datos son esca­sos y recor­ta­dos, se pro­duce la sub­in­for­ma­ción; cuando las noti­cias son fal­sas o indu­cen deli­be­rada­mente al engaño, se asiste a un pro­ceso de des­in­for­ma­ción; por úl­timo, la acu­mu­la­ción des­me­dida de men­sa­jes irre­le­van­tes genera la sobre­in­for­ma­ción o infoxi­ca­ción digi­tal. En este con­texto de ruido per­ma­nente, las audiencias tienden a con­su­mir noti­cias bajo una lógi­ca pa­siva y fic­cio­nal, eva­luando la cre­di­bi­li­dad del men­saje no por su rigor lógi­co o argu­men­tal, sino por la sim­pa­tía, ide­olo­gía o pre­con­cep­tos cul­tu­ra­les que se tienen hacia el emi­sor que lo com­parte.

El Impacto de la inteligencia artificial generativa 

La pro­ble­má­tica de la infoxi­ca­ción se ha com­ple­ji­zado radi­cal­mente con la irrup­ción de la inte­li­gen­cia arti­fi­cial gene­ra­tiva. Esta tec­no­lo­gía per­mite la cons­truc­ción de au­dios, videos e imá­ge­nes hi­pe­rre­a­lis­tas que bo­rran la fron­tera entre lo real y lo si­mu­lado. Si bien ofrece apli­ca­cio­nes po­si­ti­vas en sec­to­res edu­ca­ti­vos y cul­tu­ra­les, su uti­li­za­ción ma­li­ciosa fa­ci­lita la ma­ni­pu­la­ción de per­cep­cio­nes, la des­truc­ción de re­pu­ta­cio­nes cor­po­ra­ti­vas y la co­mi­sión de de­li­tos gra­ves, como la crea­ción de ma­te­rial vi­sual dis­va­lioso o cri­mi­nal. El mundo de las per­cep­cio­nes digi­ta­les se ase­meja cada vez más a la rea­li­dad, des­pro­te­giendo la in­te­gri­dad y la ima­gen de los in­di­vi­duos.

Frente a esta vul­ne­ra­bi­li­dad, or­ga­nis­mos in­ter­na­cio­na­les como la UNESCO han es­ta­ble­cido di­rec­tri­ces éti­cas cla­ras que pro­mue­ven la pre­ven­ción del daño y la pro­tec­ción de la dig­ni­dad hu­mana en el ci­clo de vida de los sis­te­mas tec­no­ló­gi­cos. En el or­de­na­miento ju­rí­dico ar­gen­tino, el con­cepto de daño ha evo­lu­cio­nado sus­tan­cial­mente. El Có­digo Civil y Co­mer­cial de la Na­ción, en su ar­tí­culo 1737, de­fine for­mal­mente el daño como la le­sión a un de­re­cho o in­te­rés no re­pro­bado por el or­de­na­miento, que tenga por ob­jeto la per­sona, el pa­tri­mo­nio o un de­re­cho de in­ci­den­cia co­lec­tiva. El de­re­cho civil ac­tual no se li­mita a la fun­ción re­pa­ra­dora clá­sica, sino que con­sa­gra fun­cio­nes pre­ven­ti­vas y pu­ni­ti­vas, exi­giendo la adop­ción de me­di­das efi­ca­ces para im­pe­dir que el per­jui­cio se ma­te­ria­lice o con­ti­núe ex­pan­dién­dose.

Definición, caracterización y clasificación del Influencer

Para des­lin­dar las res­pon­sa­bi­li­da­des le­ga­les co­rres­pon­dien­tes, re­sulta im­pe­rioso di­fe­ren­ciar con­cep­tual­mente a un usuario co­mún de un influencer. La ver­da­dera dis­tin­ción de un influencer no ra­dica ex­clu­si­va­mente en el nú­mero cuan­ti­ta­tivo de sus se­gui­do­res, sino en el ni­vel de com­pro­miso y re­ci­pro­ci­dad que ge­nera con su au­dien­cia, fe­nó­meno téc­ni­ca­mente de­no­mi­nado engagement.

Para con­so­li­dar di­cho es­tatus, un influencer debe reu­nir ap­ti­tu­des es­pe­cí­fi­cas como la com­pe­ten­cia co­mu­ni­ca­cio­nal, la con­sis­ten­cia dis­cur­siva, el co­no­ci­miento téc­nico de su ma­te­ria, la em­pa­tía para ge­nerar con­fianza y la ha­bi­li­dad para es­ta­ble­cer ten­den­cias es­té­ti­cas o de con­sumo. A ni­vel cor­po­ra­tivo, agru­pa­cio­nes como la Cá­mara Ar­gen­tina de Anun­cian­tes cla­si­fi­can a es­tos ac­to­res en di­ver­sas ca­te­go­rías de es­cala. En el ám­bito par­la­men­tario ar­gen­tino exis­tie­ron ini­cia­ti­vas, como el Pro­yecto de Ley del año 2020, oriën­ta­das a re­gu­lar esta ac­ti­vi­dad en el marco de los de­re­chos del con­su­mi­dor y la pu­bli­ci­dad di­gi­tal. Aunque di­cho pro­yecto con­tem­plaba prin­ci­pios esen­cia­les como el res­peto a la dig­ni­dad per­so­nal y la pro­tec­ción de la in­fan­cia, la ini­cia­tiva le­gis­la­tiva fue fi­nal­mente en­viada al ar­chivo en julio de 2024, de­jando la re­so­lu­ción de es­tos con­flic­tos en ma­nos de la in­ter­pre­ta­ción ju­di­cial de las nor­mas ci­vi­les ge­ne­ra­les.

En definitiva, la li­ber­tad de ex­pre­sión no se cer­cena al exi­gir res­pon­sa­bi­li­dad; por el con­tra­rio, se ro­bus­tece al otor­gar en­ti­dad le­gal a las con­se­cuen­cias del dis­curso pú­blico en pla­ta­for­mas ma­si­vas. El aná­li­sis in­te­gral de la di­ná­mica di­gi­tal de­mues­tra que el influencer no com­parte la misma na­tu­ra­leza ju­rí­dica ni fác­tica que un usuario co­mún de redes so­cia­les, ya que sus pu­bli­ca­cio­nes res­pon­den a una pla­ni­fi­ca­ción es­tra­té­gica y es­tán do­ta­das de un po­ten­cial de vi­ra­li­za­ción ma­siva in­trín­seco a su rol. Cuando un per­fil de alta vi­si­bi­li­dad re­plica una noti­cia falsa de un ter­cero, no ac­túa como un es­pec­ta­dor pa­sivo; su ac­ción le­gi­tima, po­tencia y dota de ve­ro­si­mi­li­tud a un men­saje que puede ser pro­fun­da­mente in­ju­riante, cau­sando un per­jui­cio in­me­diato a la or­ga­ni­za­ción o per­sona dam­ni­fi­cada.

 

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