Opinión

Lola Mora, el museo que Jujuy supo merecer

Mendieta opinó sobre la inauguración del Museo Lola Mora
Mendieta opinó sobre la inauguración del Museo Lola Mora .

Andrés Mendieta por Andrés Mendieta | 07-06-2026 15:02

La próxima inauguración del museo dedicado a Lola Mora no es solo un acontecimiento cultural. Es, sobre todo, la confirmación de que la identidad de este pueblo se construye desde adentro, con raíces propias, y de que la cultura es el fundamento silencioso de todo desarrollo genuino.

Hay una verdad que el turismo enseña con el tiempo y que hoyJujuy encarna mejor que nadie: la gente no viaja hacia el vacío. Viaja hacia algo: hacia una historia que la convoca, hacia una belleza que la detiene, hacia una identidad que le resulta, al mismo tiempo, ajena y profundamente humana. Jujuy tiene turismo porque tiene cultura. No al revés.

Este principio, tan sencillo de enunciar como difícil de sostener en la práctica, está a punto de encontrar una nueva expresión concreta. El museo dedicado a Lola Mora, la escultora nacida en estas tierras del noroeste que supo tallar el mármol con una maestría capaz de asombrar a la Argentina del novecientos y que aún hoy genera admiración, no es un capricho ni una deuda sentimental. Es una decisión estratégica de largo plazo.

Porque en turismo, la oferta no sigue a la demanda: la crea. Cada museo, cada espacio cultural bien concebido, cada puesta en valor del patrimonio abre una puerta que antes no existía. El viajero que hoy ignora la existencia del museo de Lola Mora, mañana organizará su viaje en función de él. Así funciona la lógica del destino cultural: no se espera al visitante, se lo convoca con aquello que solo ese lugar del mundo puede ofrecer.

Pero reducir esta discusión al turismo sería quedarse en la superficie. El verdadero argumento es más profundo y más antiguo: las comunidades que invierten en su cultura no lo hacen únicamente para atraer visitantes. Lo hacen porque la cultura es el tejido que las mantiene unidas, el espejo en el que se reconocen y el motor que determina hacia dónde quieren ir.

Existe una tendencia comprensible, pero equivocada, de pensar el desarrollo en términos exclusivamente materiales: rutas, empleo, producción, infraestructura. Todo eso importa, y mucho. Sin embargo, una comunidad que descuida su vida cultural, tarde o temprano, empieza a descuidarse a sí misma. Pierde el hilo que conecta el pasado con el presente, la memoria con el proyecto, el individuo con la colectividad. Una comunidad sin cultura viva es una comunidad que no sabe bien quién es ni adónde va.

La cultura, en cambio, logra algo que ninguna obra de infraestructura puede hacer sola: construye identidad. Y la identidad construye pertenencia. Y la pertenencia construye comunidad. Y la comunidad, cuando está cohesionada y orgullosa de sí misma, tiene la energía y la voluntad necesarias para desarrollarse. No es un camino lineal ni sencillo, pero es el único que no se agota. La cultura no es el adorno del desarrollo: es su raíz más profunda.

Los museos, en ese marco, cumplen una función que va mucho más allá de la exhibición. Son lugares donde una sociedad dialoga con su propio pasado, donde los jóvenes descubren que lo que los precede tiene valor, donde los visitantes de afuera comprenden que hay aquí algo que merece ser conocido y respetado. Un museo bien concebido no es un repositorio de objetos: es un acto de afirmación colectiva.

Y Jujuy tiene mucho para ofrecer en ese sentido. Pero es momento de decirlo sin eufemismos: esta provincia merece infraestructura cultural a la altura de su patrimonio. Un museo de primer nivel no es un lujo reservado a las grandes capitales. Es la respuesta institucional que corresponde a una historia densa, a un paisaje cargado de significado, a una producción artística y artesanal de extraordinaria riqueza.

Porque hay algo que conviene tener presente: la obra de Lola Mora hace mucho tiempo que dejó de ser patrimonio exclusivo de la provincia. Sus esculturas forman parte del alma estética de toda La Argentina. Las fuentes de los Nereidas, las figuras que adornan edificios públicos, el trazo inconfundible de su cincel son herencia de todo un país. En ese sentido, Jujuy no es simplemente el lugar donde se guardan sus obras más significativas: es la custodia de un bien nacional. Y esa custodia implica una responsabilidad enorme —y hermosa— frente al resto de la Argentina y frente al mundo.

Preservar esa obra con rigor, exhibirla con dignidad, contextualizarla con inteligencia: eso es lo que el nuevo museo debe proponerse. No alcanza con el gesto de inaugurar. La altura del desafío exige que cada sala, cada pieza, cada decisión curatorial esté a la altura de lo que Lola Mora legó. Jujuy tiene esa deuda con la nación. Y tiene también la oportunidad histórica de saldarla con creces.

Existe, además, en Jujuy —y quienes recorren sus circuitos culturales lo saben—, un público local que no se conforma con la versión simplificada de su propia historia. Hay aquí una comunidad de personas con sensibilidad y exigencia cultural por encima de la media: docentes, artistas, profesionales, jóvenes formados que quieren ver en su provincia el reflejo de lo que ella realmente es. No buscan condescendencia ni folclore de vitrina. Buscan profundidad, rigor, emoción verdadera. Ellos también merecen este museo. Ellos también son parte de la demanda que la oferta debe interpelar.

Y esa demanda local importa tanto como la del turista que llega desde lejos. Porque un museo que solo vive de las visitas externas es frágil. Un museo que es parte genuina de la vida cultural de su comunidad, que los vecinos visitan con sus hijos, que las escuelas incorporan a su calendario, que genera debate y orgullo local, ese museo tiene raíces y tiene futuro.

La inauguración del museo de Lola Mora es, en ese sentido, mucho más que una apertura de puertas. Es un gesto institucional que dice: Jujuy se toma en serio a sí misma. Que reconoce en su pasado las claves de su futuro. Que entiende que la cultura no es el adorno del desarrollo, sino su fundamento. Y que acepta, con orgullo, el rol de guardiana de un legado que le fue confiado por toda la Argentina.