Opinión

El Tedeum que desnudó a una dirigencia política encerrada en sus propias miserias

Dirigencia política en el Tedeum
Dirigencia política en el Tedeum .

Andrés Mendieta por Andrés Mendieta | 26-05-2026 16:55

El 25 de Mayo no es una fecha cualquiera para la Argentina. Es el día que recuerda el nacimiento del primer gobierno patrio, aquel vértigo de 1810 donde un puñado de hombres y mujeres se animaron a imaginar una nación sin reyes ni vasallajes. Por eso, cada aniversario, la tradición nos convoca a mirar al espejo de la historia para preguntarnos qué hemos hecho con aquella herencia de dignidad popular. Y este lunes, en la Catedral Metropolitana, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, tomó ese espejo y lo puso delante de los poderosos con una firmeza que ya se ha vuelto escasa en la Argentina de la grieta furiosa. Frente al presidente Javier Milei y a la cúpula de su gobierno, García Cuerva no ofreció un sermón edulcorado sino una homilía que debería grabarse en cada despacho oficial: “Viven de privilegios; alejados del común de la gente, perdieron la sensibilidad con los que sufren”. No fue un exabrupto, sino el diagnóstico de una clase política que ha hecho de la desconexión con el pueblo su rasgo identitario.

Para entender la potencia de ese mensaje, hay que recordar que las fechas patrias argentinas han sido, durante casi veinte años, un campo de batalla simbólico. Primero fue el kirchnerismo, que llevó la apropiación facciosa de los símbolos patrios a una suerte de arte visceral. Aquellos 25 de Mayo con los balcones de la Rosada atestados de militantes orgánicos, las arengas épicas, la conversión de la plaza en un acto de pertenencia excluyente. El kirchnerismo convirtió la patria en una marca comercial de uso partidario: la historia a medida, el adversario político automáticamente expulsado del relato, el culto a la conducción como sucedáneo de la memoria colectiva. Fue una opereta de poder que vació de contenido unitario los símbolos nacionales y sembró una de las primeras grandes heridas en la idea de unidad. Hoy, Javier Milei hace exactamente lo mismo con el signo invertido: cadenas nacionales convertidas en arengas destempladas, demonización del disenso como requisito de autenticidad, y la conversión del 25 de Mayo en un nuevo capítulo de la lucha cultural en lugar de una pausa para la reflexión común. Milei está haciendo hoy lo que criticó durante años: vaciar la fecha patria de su sentido integrador para transformarla en un ring de eslóganes y agravios.

Si hacía falta una prueba irrefutable de esa lógica facciosa, el país la tuvo en un gesto pequeño pero revelador: el presidente decidió no invitar a la vicepresidenta Victoria Villarruel al tradicional Tedeum. No hubo razón institucional que justificara el desaire. Fue la decisión de un líder que concibe la patria como un territorio propio donde solo entran los leales. Villarruel, desde su exclusión, respondió con un mensaje que eligió la palabra “encrucijada” para describir el momento actual, y recordó que “la Revolución de Mayo hunde sus raíces en un humanismo profundamente católico” y que “ser libres, para nuestros próceres, era asumir la responsabilidad de nuestro propio destino sin abdicar de nuestra identidad”. Su ausencia en la Catedral fue la puesta en escena perfecta de una Argentina rota: un presidente que gobierna para su facción, no para todos. El 25 de Mayo de este año no fue un acto patrio: fue un acto de una facción, montado por una facción y para una facción, alejado de la institucionalidad que tanto necesita un país que se desangra por la falta de acuerdos básicos.

Fue en ese contexto que la palabra de García Cuerva resonó como un campanazo. El arzobispo no solo denunció privilegios, sino que describió a los que sufren “parálisis en sus esperanzas, en su dignidad”, y señaló sin temblar a los “haters de hoy, cómodamente instalados delante de una pantalla para hacer terrorismo de las redes”. El odio como moneda corriente lo perfeccionó el kirchnerismo con su relato único y la satanización del disenso, y lo potenció el mileísmo con su celebración de la agresión como sinónimo de autenticidad. La dirigencia política no solo no lo detiene, sino que lo alimenta desde sus propias cuentas oficiales. Por eso el llamado del arzobispo a “desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes” es una advertencia que debería colgarse en la puerta de cada despacho. Pero su mensaje no fue solo una denuncia: fue una invitación a la reconstrucción. “Argentina, levántate, vos podés”, exclamó al cierre. “No te olvides de tu historia, de los próceres que te ayudaron a caminar, de ese pueblo fiel que supo ponerse a los demás al hombro”. Y recordó que el primer mensaje del primer gobierno patrio fue un llamado a la unidad, “a la conformidad recíproca y a la cordialidad”. Ese fue el sueño fundacional. Lo que tenemos hoy es exactamente lo contrario: una dirigencia que vive de la división, que convierte las fechas patrias en trincheras y que mide su éxito por la cantidad de enemigos que excluye. La ausencia de Villarruel en el Tedeum no fue un detalle menor: fue la imagen perfecta de una dirigencia que ha perdido la capacidad de ver al otro. Por eso el mensaje del arzobispo fue tan necesario: porque vino a decirle a los K que el pasado de apropiación facciosa no se borra con silencio, a los libertarios que el presente de exclusión y agresión no es ninguna refundación virtuosa, sino la misma decadencia con otro disfraz. Y a todos les recordó que la Patria no es una vereda propia, sino un nosotros. Y ese nosotros, señor presidente, incluye también a su vicepresidenta, aunque por facciosismo usted haya decidido que no.

 

 

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