Cuando los asesinos de Charlie Hebdo irrumpieron en París con fusiles y dogmas, citando versículos para justificar balas, no sabían que disparaban también contra el eco de un fantasma del siglo XVIII. Voltaire, ese incansable azote de la intolerancia, resucitó en las librerías francesas: ciento cincuenta mil ejemplares vendidos en un mes, como si la razón, acorralada, buscara refugio en sus palabras. Fernando Savater lo entendió al instante: su libro Voltaire contra los fanáticos no es un mero homenaje, sino un arsenal para la batalla eterna contra la peor plaga humana, esa certeza asesina que susurra "cree lo que yo creo, o perecerás". Dos siglos y medio después, la Argentina no enfrenta kaláshnikovs, pero sí otra pandemia, la de los fanáticos domésticos. Los de La Cámpora, con su devoción cuasi religiosa por líderes de yeso, y los libertarios, que elevan el mercado a categoría de teología, comparten el mismo virus que Voltaire combatió: la incapacidad de reírse de sí mismos. El filósofo francés sabía que el fanatismo no se cura con sermones, sino con carcajadas, y su arma era el sarcasmo que desinfla solemnidades, la ironía que perfora dogmas. Mientras los libertarios corean consignas como mantras contra "la casta" y los camporistas veneran retratos con fervor de sacristía, ambos olvidan la lección esencial: quien convierte la política en religión termina quemando herejes en la hoguera digital de Twitter.
Voltaire, ese escéptico irreverente que prefería a Locke antes que a Rousseau, desconfiaba de los grandes sistemas. Para él, la filosofía no era contemplación de nubes metafísicas, sino un manual de supervivencia cívica: "¿Sirve para hacer menos infelices a los hombres?", preguntaba, y si la respuesta era no, la desechaba como charlatanería. Hoy vería con horror cómo los fanáticos de todos los bandos confunden la acción con la histeria: los unos excomulgan disidentes en asambleas interminables, los otros sueñan con degollar al Estado como si fuera un dragón medieval, y ambos comparten el pecado capital de la incapacidad para el matiz. Voltaire, en cambio, vivió en los grises: deísta sin iglesia, monárquico que ridiculizaba reyes, moralista que defendía el amor propio bien entendido. Savater acierta al recordarnos su genio práctico, porque a Voltaire no se le perdía en laberintos ontológicos, le importaba si las ideas servían para evitar linchamientos, para que las hogueras de la Inquisición no se encendieran más. Hoy, en la Argentina, las hogueras son simbólicas pero no menos letales: linchamientos mediáticos donde se quema al rival con emoticones de odio, puritanismos que condenan el placer mientras justifican privilegios, y una política convertida en guerra santa donde el adversario no es un contradictor, sino un hereje. "Pintad el fanatismo para hacerlo execrable", ordenaba Voltaire, y acaso no sea hora de pintar a nuestros fanáticos locales, de mostrar al libertario que exige libertad económica pero aplaude censuras, al camporista que canta sobre el pueblo mientras habita fortines de privilegio.
El maestro del siglo XVIII nos legó un antídoto: el arte de dudar sin paralizarse. Despreciaba el optimismo cándido de Leibniz, ese "todo sucede para bien en este, el mejor de los mundos posibles", pero también rechazaba el pesimismo paralizante de Pascal, y prefería la cólera lúcida que transforma, esa que decía que el pesimismo sobre el pasado es tonificante para el futuro. En la Argentina, donde tantos añoran dictaduras o sueñan con revoluciones purificadoras, Voltaire nos daría una lección de pragmatismo: las utopías totales siempre terminan en matanzas, pero el reformismo constante salva vidas. Bastaría aplicar su criterio de utilidad: ¿esta ley alimenta más fanáticos de los que elimina? ¿Este discurso enciende hogueras o apaga incendios? Al final, su combate era contra la estupidez disfrazada de certeza, y "corregíos hasta los ochenta años", exigía, pero ¿cuántos de nuestros fanáticos están dispuestos a corregirse? Los libertarios que convierten a Milei en mesías económico, los camporistas que corean eslóganes como letanías, ambos han sustituido la razón por el catecismo. Olvidan que Voltaire, el primer intelectual moderno, usaba la pluma como bisturí, no como maza, y que mientras los fanáticos construyen trincheras, él construía puentes: entre Newton y la poesía, entre China y Ginebra, entre la risa y la rebeldía.
Savater, con su prosa afilada, nos entrega este Voltaire como espejo, y en él deberían mirarse nuestros cruzados de todos los bandos, porque en la Argentina, como en la Francia de Charlie Hebdo, la verdadera batalla no es entre izquierda y derecha, sino entre los que dudan con sonrisa inteligente y los que matan —o cancelan— en nombre de dogmas. Voltaire sigue esperando en las librerías, no para ser venerado, sino para ser usado, porque como él mismo advirtió, los conquistadores verdaderos son los que establecen leyes estables, los otros son solo torrentes que pasan. Nuestros fanáticos son torrentes de ruido; Voltaire, un río de razón que nunca deja de fluir.