El gobierno de Javier Milei llegó al poder con un discurso estridente y una promesa central: romper con la "casta" política, terminar con la corrupción y devolverle a los argentinos un Estado que funcionara con honestidad y eficiencia. Tres años después, los números no solo desmienten esa promesa, sino que la convierten en la más cruel de las ironías. Una nueva encuesta de Latam Pulse, realizada por AtlasIntel para Bloomberg, revela que la corrupción se ha instalado como la principal preocupación de los argentinos, superando al desempleo, la impunidad y el deterioro de las instituciones democráticas. El 47,9% de los encuestados coloca a la corrupción en el tope de sus angustias, una cifra que ha crecido de manera sostenida desde el 36% registrado en octubre de 2024. Este dato no es un accidente; es el resultado de una gestión que ha banalizado el poder, protegido a sus funcionarios más cuestionados y convertido la ética en una variable secundaria de su relato.
El caso de Manuel Adorni, el exjefe de gabinete, es el síntoma más evidente de esta degradación moral. La encuesta revela que el 99% de los argentinos está al tanto del escándalo, y más del 80% considera probable que Adorni haya cometido irregularidades financieras. Su patrimonio personal, incompatible con un salario de funcionario público, sus viajes en avión presidencial con su esposa y sus inversiones en criptomonedas que los expertos ponen en duda son la punta del iceberg de una administración que, lejos de combatir los privilegios, los ha institucionalizado. Pero lo más grave no es el acto en sí, sino la respuesta de Milei. El presidente defendió a Adorni durante meses con una obstinación que rayaba en la complicidad, negando lo evidente y desacreditando a quienes señalaban las irregularidades. Recién cuando la prensa publicó el gasto en equipos para videojuegos -un detalle casi grotesco de la desconexión entre el poder y la realidad-, el funcionario renunció. Para entonces, el daño ya estaba hecho: el 70% de los argentinos calificó la respuesta del presidente como "mala" o "muy mala".
Pero el reemplazo de Adorni por Diego Santilli no fue un giro hacia la transparencia, sino la confirmación de que el gobierno de Milei ha terminado abrazando aquello que prometió destruir. Santilli, el flamante jefe de Gabinete, no es un outsider ni un técnico apartidario; es un veterano operador político, un hombre de la "casta" que Milei había definido como un "engendro" y parte del sistema que prometió dinamitar. Su llegada a la Jefatura de Gabinete no es un acto de renovación, sino una rendición. Y su agenda, lejos de combatir los privilegios, se ha centrado en una tarea que huele a vieja política por todos sus poros: eliminar las PASO para allanar el camino a la reelección del presidente. Santilli ya se reunió con Milei durante más de dos horas para repasar la agenda legislativa, y su prioridad, impulsada por Karina Milei y su asesor Eduardo "Lule" Menem, es suspender las primarias. El argumento es técnico, pero la intención es política: quitar las PASO, según el entorno presidencial, debilitaría al peronismo y liberaría el camino hacia la reelección de Milei en 2027. Es decir, el gobierno que llegó para terminar con los privilegios de la casta ahora utiliza las herramientas de la casta para perpetuarse en el poder.
Para lograrlo, Santilli ha desplegado una estrategia de negociación que contradice cada uno de los pilares del relato mileísta. El nuevo jefe de Gabinete profundiza diálogos con gobernadores, busca sumar apoyos en la UCR y, sobre todo, negocia con el PRO, el partido de Mauricio Macri, a quien Milei alguna vez señaló como el símbolo del establishment. El propio Santilli juega su carta con su íntimo amigo, Cristian Ritondo, jefe del bloque amarillo en Diputados, para convencer a Macri de que apoye la suspensión de las PASO. "Tiene que ser un acuerdo general", le dijo Ritondo, y en las próximas semanas podría haber una cumbre con el expresidente para definir esa lógica acuerdista. La misma lógica que Milei criticó durante años como el núcleo de la política corrupta y clientelar. El gobierno libertario, que prometía gobernar sin pactos ni concesiones, hoy negocia con los mismos actores que denunciaba, les ofrece a cambio no presentar candidatos en sus provincias para asegurar sus reelecciones, y les pide apoyo a cambio de favores. Es el intercambio de cajas, de poder y de impunidad que Milei prometió extinguir. Los acuerdos de la casta, esos que el presidente decía combatir, son ahora la columna vertebral de su estrategia electoral.
Este viraje no es un detalle menor; es la prueba más contundente de que el relato mileísta se ha derrumbado. El presidente que prometió una motosierra contra los privilegios ha convertido la negociación política en su principal herramienta de gobierno. El líder que se presentaba como un agente externo al sistema hoy negocia con gobernadores, arma pactos con el PRO y se rodea de los mismos operadores que antes vilipendiaba. La eliminación de las PASO, en lugar de ser presentada como una reforma institucional para fortalecer la democracia, se ha transformado en una maniobra para asegurar la reelección presidencial y debilitar a la oposición, todo ello mediante acuerdos de despacho que repiten los vicios del pasado. Y mientras Santilli teje estas alianzas, Karina Milei, la secretaria General de la Presidencia, toma el control político del Senado, un bloque que preside Patricia Bullrich, a quien respeta por su poder electoral pero a la vez busca desplazar del control orgánico. La hermana del presidente, que alguna vez fue presentada como la guardiana de la pureza del proyecto libertario, ahora se reúne con legisladores, arma cenas políticas en restaurantes de Villa Urquiza y coordina agendas con los mismos actores que el relato oficial definía como parte del enemigo. La política de "amigos y enemigos" ha dado paso a una lógica de alianzas pragmáticas que nada tiene que ver con la cruzada moral que Milei prometía.
En este contexto, el escándalo de Adorni y la llegada de Santilli no son hechos aislados; son dos caras de la misma moneda. La corrupción y los acuerdos políticos tradicionales han terminado de desnudar la hipocresía de un gobierno que llegó al poder con un discurso de ruptura y hoy se aferra a las viejas prácticas para sobrevivir. La encuesta de Latam Pulse es un termómetro de una sociedad que está perdiendo la paciencia. Los argentinos no solo ven la corrupción como un problema, sino que la asocian directamente con el gobierno que debía combatirla. El 47,9% que la coloca como principal preocupación está diciendo, en voz alta, que la confianza en el poder se ha roto. Y cuando la confianza se rompe, la legitimidad se erosiona. Milei ha pasado de ser el líder disruptivo que prometía un cambio radical a ser el presidente que protegió a un funcionario corrupto hasta el último minuto, que reemplazó a su jefe de gabinete por un operador de la "casta" que él mismo vilipendiaba, y que hoy negocia con gobernadores y partidos tradicionales para asegurar su reelección, todo mientras la economía y el empleo se deterioran y los escándalos ocupan la agenda.
El presidente que prometió dinamitar el viejo sistema político ahora se abraza a sus representantes más clásicos. La llegada de Santilli no es un cambio de rumbo; es la confirmación de que el gobierno de Milei ha renunciado a su propia identidad. Los acuerdos de la casta, esos que el presidente decía combatir, son ahora la columna vertebral de su estrategia electoral. Y mientras Milei negocia con Macri, con los gobernadores y con los operadores del viejo sistema, los argentinos miran con desconfianza cómo el relato se desmorona. La corrupción, el problema que prometió erradicar, se ha convertido en el principal motivo de desconfianza hacia su administración. Los acuerdos políticos, la práctica que prometió extinguir, son hoy su principal herramienta de gobierno. Milei no ha podido sostener su historia; ha permitido que los hechos la desmientan una y otra vez, y ahora paga el precio de su propia incoherencia.
El gobierno de Javier Milei ha fracasado en su promesa más elemental: gobernar con honestidad y romper con la vieja política. Su relato se ha desmoronado porque los hechos son tozudos y la ciudadanía, más informada que nunca, no perdona las contradicciones. La corrupción no es un problema menor en su gestión; es el síntoma de una forma de hacer política que repite los vicios que prometió erradicar. Los acuerdos con la casta no son una concesión estratégica; son la prueba de que Milei se ha convertido en aquello que juró destruir. El "modernismo tardío" de Milei, ese culto a los datos y a la eficiencia, ha resultado ser una fachada para una administración que, en el fondo, es tan tradicional y tan corrupta como las que criticaba. Y los argentinos, que alguna vez vieron en él una esperanza, ahora lo miran con el mismo escepticismo con el que miraban a los políticos de antes. Quizás, en esa mirada, esté la derrota más definitiva: la de un líder que, por defender a los suyos y negociar con el poder, terminó traicionando su propia historia. Quien no puede mantener su relato, pierde. Y Milei, sin relato y abrazado a la casta, está perdiendo.