Adultocentrismo educativo: cuando la lucha legítima por derechos laborales opaca la necesidad de aprendizaje
En el clamor callejero, en las negociaciones de oficinas gubernamentales, en los titulares de prensa que reducen el drama educativo a un conflicto salarial más, se ha perdido el rumbo de manera tan profunda que cuesta reconocer la tragedia en su dimensión completa. Hoy, en Argentina, los docentes discuten con angustia y digna resistencia una reforma laboral que toca sus condiciones de existencia material, y los políticos, con la mirada puesta en las próximas elecciones, en las encuestas, en el pulso del poder inmediato, centran toda su atención allí, en ese forcejeo entre adultos. Se habla de porcentajes, de escalas, de cláusulas, de días de paro, de conquistas gremiales. Se debate con pasión el estatuto, la estabilidad, la jornada. Pero en medio de este fragor institucional, este ruido ensordecedor de declaraciones y contradeclaraciones, hay un silencio que grita. Un vacío abismal en el corazón del debate. Nadie, en el centro de la mesa, está preguntando con la urgencia que corresponde: ¿Y los chicos? ¿Qué necesitan los chicos?
Mientras los sindicatos y el gobierno miden fuerzas en el ámbito de lo laboral, los destinatarios últimos de todo el sistema —los niños y jóvenes sentados en aulas que a menudo se caen a pedazos— son meros fantasmas en la conversación. Se los menciona retóricamente, como un recurso discursivo para ganar empatía (lo hacemos por el futuro de nuestros niños), pero su realidad concreta, sus necesidades cognitivas, emocionales y sociales urgentes, han sido completamente desplazadas del núcleo de la discusión. Es un conflicto adultocéntrico en su expresión más pura: los adultos disputan sus problemas de adultos —dinero, poder, reconocimiento, condiciones de trabajo— y utilizan la educación como el escenario de esa pelea, olvidando que ese escenario tiene un público cautivo y vulnerable cuyo destino está siendo decidido sin consultarlo.
¿Qué necesitan los chicos? La pregunta, simple en su formulación, es de una complejidad abrumadora en su respuesta, y sin embargo es la única que debería iluminar cualquier política educativa. Necesitan, antes que nada, recuperar el derecho fundamental a una enseñanza que les dé herramientas reales para descifrar y habitar el mundo. Necesitan salir de la escuela primaria sabiendo leer de verdad: no solo decodificar sílabas, sino comprender un texto, seguir un argumento, distinguir un hecho de una opinión, sentir el placer de una buena historia. Necesitan una relación con la matemática que no sea de terror y frustración, sino de descubrimiento de la lógica que ordena la realidad; necesitan entender un porcentaje para no ser estafados, una proporción para cocinar, un gráfico para interpretar los datos de su comunidad. Necesitan entender los principios básicos de la ciencia que explica desde el cambio climático hasta el funcionamiento de su celular. Necesitan una formación ciudadana que vaya más allá de las efemérides rituales y les enseñe cómo funcionan las instituciones, cuáles son sus derechos, cómo se construye el disenso en una democracia. Necesitan, en un mundo hipertecnológico, alfabetización digital crítica: no solo usar una app, sino entender los algoritmos que moldean lo que ven, proteger su privacidad, crear antes que solo consumir. Necesitan educación emocional para gestionar la frustración, la ansiedad, el conflicto. Necesitan, sobre todo los más pobres, que la escuela compense con excelencia pedagógica la desigualdad de origen, que sea un ascensor social en serio, no un estacionamiento donde se los cuida y entretiene hasta que cumplan la mayoría de edad.
En cambio, lo que tenemos es un sistema donde el debate público sobre educación se ha reducido a una disputa por los recursos y las reglas del juego para los trabajadores del sector. Es justo y necesario que los docentes luchen por un salario digno. Es inmoral que un maestro tenga que trabajar tres turnos para sobrevivir, que su salario se licúe con la inflación, que su vocación sea castigada con la precariedad. Su lucha es legítima. El problema no está allí. El problema es que esa lucha legítima ha sido encapsulada por la lógica política cortoplacista, convertida en un campo de batalla donde lo que está en juego no es el futuro educativo del país, sino la correlación de fuerzas del momento. Los gobiernos, de cualquier signo, abordan la cuestión educativa casi exclusivamente desde la gestión del conflicto laboral. Los sindicatos, a menudo, se ven arrastrados a defender un statu quo pedagógico mediocre como parte de la defensa de las condiciones laborales. Y en medio, el barco se hunde. Los aprendizajes se evaporan. La brecha entre lo que los chicos saben y lo que necesitan saber se hace cada vez más ancha y profunda.
Las evaluaciones nacionales e internacionales muestran resultados desastrosos, pero esos datos solo son usados como munición arrojadiza en la grieta política, no como un diagnóstico que obligue a un replanteo profundo. Se discute acaloradamente si hay que tomar más horas de clase, pero no se discute qué se va a hacer en esas horas adicionales. Se negocia la capacitación docente como un ítem en la paritaria, pero no se debate seriamente qué tipo de capacitación se necesita para enfrentar el desafío de enseñar a pensar en el siglo XXI. Es como si todos estuvieran obsesionados con el contrato del conductor y el estado del bus, pero nadie se preocupara por verificar si el vehículo va en la dirección correcta o si los pasajeros están llegando a su destino.
El resultado de esta miopía colectiva es una generación que está siendo formada —o más bien, deformada— por la inercia y la negligencia. Son chicos que pasan años sentados en aulas, cumpliendo un ritual vacío, para llegar al final del trayecto sin las competencias básicas para defenderse en la vida. Jóvenes que pueden repetir consignas ideológicas pero no pueden interpretar un texto básico de instrucciones; que manejan con destreza las redes sociales pero son incapaces de detectar una noticia falsa; que han sido promovidos y graduados por un sistema que les regala títulos por compasión o por cálculo político, pero que se enfrentan a un mercado laboral y a una sociedad que los recibe con el desprecio silencioso de la incompetencia. Es la mayor de las crueldades: decirles que están incluidos, que tienen su certificado, mientras se los excluye de las herramientas genuinas para la autonomía y la movilidad social.
Por eso, es imperativo un cambio radical de perspectiva. Hay que forzar, con terquedad, que la pregunta ¿qué necesitan aprender los chicos? se convierta en el eje ordenador de todo el sistema. Esto significa que toda reforma laboral, todo aumento salarial, toda discusión presupuestaria, debe estar supeditada y justificada por su impacto directo en la mejora de los aprendizajes. No se puede seguir negociando la educación como si fuera una fábrica cualquiera, donde lo único importante son las condiciones de los trabajadores. Es una fábrica de futuro, y el producto es la mente de las nuevas generaciones. Si el producto es defectuoso, todo lo demás es irrelevante. Se necesita un pacto social urgente que ponga en el centro la calidad educativa. Un pacto que involucre a docentes, familias, estudiantes, empresarios, académicos y políticos, pero que tenga como estrella polar, incuestionable, las necesidades de los chicos. Que las mesas de negociación tengan, sentado a la cabecera, un informe detallado de los déficits de aprendizaje y que cada punto del acuerdo sea iluminado por una sola pregunta: ¿esto servirá para que los alumnos aprendan más y mejor?
De lo contrario, seguiremos girando en el vacío, discutiendo el árbol mientras el bosque se quema. Seguiremos teniendo docentes dignos pero desesperados, políticos ocupados pero irresponsables, y una legión de niños y jóvenes a los que, en el fragor de las disputas de los adultos, les estamos robando el futuro. El silencio sobre lo que los chicos necesitan no es una omisión casual; es el síntoma de una enfermedad grave: la incapacidad de una sociedad para priorizar lo esencial por sobre lo urgente, lo trascendente por sobre lo inmediato. Y no hay causa más urgente ni más trascendente que esa.