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De Jujuy al Vaticano: que la invitación de un pueblo unido llegue al Santo Padre

Opinión de Andrés Mendieta

Opinión de Andrés Mendieta - Domingo 3 de mayo de 2026
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Andrés Mendieta por Andrés Mendieta | 03-05-2026 08:00

El silencio, a veces, es una oración. Y Jujuy ha aprendido a callar para escuchar. Calla cuando el viento baja de la Quebrada y trae el olor a incienso de las capillas de adobe. Calla cuando las campanas de la Catedral de San Salvador tocan a muerto o a fiesta, porque los jujeños saben que el tiempo de Dios no es el tiempo de los relojes. Calla cuando la tierra se abre en surcos y la gente siembra esperanza con las mismas manos con las que luego juntan las palmas el Domingo de Ramos. Jujuy sabe esperar. Y ha esperado mucho.

Pero ahora el silencio tiene que romperse. Porque la noticia viaja de boca en boca, de cerro en cerro, de pueblo en pueblo: el Papa viene. León XIV, el Pastor del mundo, el que lleva en sus manos la llave de Pedro y en su pecho el peso de mil cuatrocientos millones de almas, ha puesto los ojos en la Argentina. Y si los pone en la Argentina, tiene que posarlos también en el norte. Tiene que posarlos en Jujuy. Porque Jujuy no es un destino más en un mapa pastoral. Jujuy es una promesa, una memoria, un latido profundo que late desde antes de que existieran las fronteras.

Hay lugares que nacieron para ser anfitriones de lo sagrado. Jujuy es uno de ellos. No por soberbia, no por vanidad, sino por una acumulación silenciosa de siglos de fe. En sus cerros, los pueblos originarios ya miraban al cielo mucho antes de que la cruz llegara con los españoles. Y cuando la cruz llegó, no desplazó a esos dioses antiguos: los abrazó, los bendijo, se mezcló con ellos hasta volverse indistinguible. Por eso la fe en Jujuy no es una teoría ni una doctrina fría. Es la tierra que se trabaja, es la lluvia que se espera, es el niño que nace y la abuela que muere. Es la Pachamama y la Virgen del Rosario. Es la Mamita del Cerro y las montañas que custodian los valles. Es, ante todo, un modo de estar en el mundo que no se aprende en los libros sino en los huesos.

Jujuy tiene la fe. La fe que no claudica, la que resistió guerras, terremotos, exilios y olvidos. La fe de las procesiones del Viernes Santo, cuando el silencio es tan denso que se puede tocar. La fe de las velas encendidas en las capillas de Uquía y de Purmamarca, donde el tiempo parece haberse detenido en algún siglo que ya nadie recuerda. La fe de los cientos de peregrinos que visitan otros santuarios, pero que antes pasan por Jujuy y dejan una oración en cada curva del camino. Esa fe, señores, no se negocia. Esa fe se tiene o no se tiene. Y Jujuy la tiene.

Jujuy tiene la tradición. La tradición que no es museo ni folclore para turistas. Es la sangre misma de la comunidad. Las misas en quechua y aymara, donde Dios habla en dos idiomas porque en Jujuy Dios es bilingüe y sabe que la devoción no entiende de fronteras. Las fiestas patronales que paralizan los pueblos enteros, donde la música de sikuris y erkes se confunde con el repique de campanas. Los altares caseros que se arman en las piezas humildes, con flores de papel y estampitas amarillentas por el tiempo. Esa tradición no se improvisa. Esa tradición se hereda, se cuida, se vive. Y Jujuy la vive cada día, sin aspavientos, con la certeza de quien sabe que lo sagrado no necesita declaraciones rimbombantes para ser real.

Jujuy tiene la cultura. No la cultura de los discursos oficiales ni de las efemérides vacías. La cultura de los que saben recibir. Porque si hay algo que Jujuy sabe hacer bien, es abrir las puertas. Al viajero, al peregrino, al hermano del sur y al hermano del norte. En Jujuy, la mesa siempre tiene un plato de más. La casa siempre tiene un cuarto vacío para el que llega cansado. La mano siempre se extiende, aunque la mano esté vacía. Porque los jujeños aprendieron hace siglos que la riqueza no está en lo que se tiene, sino en lo que se comparte. Y cuando el que llega es el Pastor, el Vicario de Cristo, el que viene en nombre del que murió en una cruz, entonces las puertas no se abren: se arrancan de sus goznes.

Por eso, Jujuy, la tierra que sabe esperar, ya no puede esperar más. El tiempo apremia. Los días corren como el río Grande cuando deshiela. El Papa vendrá a fin de año, dicen las noticias, confirman los obispos, susurran los pasillos del Vaticano. No es un rumor. Es una certeza que se va haciendo carne. Y Jujuy tiene que estar lista. No a medio preparar, no a medio corazón. Tiene que estar lista como se está listo para un nacimiento, para una boda, para el regreso del hijo que se fue y vuelve después de muchos años.

Que los políticos dejen las mezquindades de lado. Que los intendentes de los pueblos chicos limpien las plazas y encalcen las iglesias. Que los curas de las parroquias más humildes revisen las campanas para que suenen afinadas. Que las comunidades originarias preparen sus danzas y sus músicas, porque el Papa tiene que escuchar cómo se alaba a Dios en aymara, en quechua, en castellano viejo. Que las mujeres tejedoras empiecen a hilar los ponchos y las mantas que cubrirán los bancos de la catedral. Que los carpinteros revisen los confesionarios y los arreglen para que ningún madero cruja cuando el Santo Padre se siente a perdonar. Que los niños ensayen las canciones, porque la voz de un niño que canta es la voz más pura que puede escuchar un Papa.

Y sería oportuno, más que oportuno, necesario, que el Gobierno se ponga al frente de esta gesta. Que no sea el pueblo solo, con sus manos desnudas y su corazón enorme, el que empuje la carreta. Que el Estado, en sus distintos niveles, entienda que la invitación de miles de jujeños merece llegar al Santo Padre como un solo clamor, organizado, respaldado, oficial. Que el gobernador, los intendentes, los legisladores, todos aquellos que recibieron el honor de representar a esta tierra, dejen por un día las diferencias políticas y se sienten a trazar juntos el camino para que Jujuy entera, unida como hace mucho no se veía, le diga al Papa: "Venimos a esperarlo. Tenemos los brazos abiertos, las mesas puestas y los corazones encendidos". Porque un pueblo unido no se negocia. Un pueblo unido se escucha. Y el Papa, que ha escuchado el silencio de los que sufren, también tiene que escuchar la voz poderosa de un pueblo que lo espera con la fe de sus abuelos y la esperanza de sus nietos. Que el Gobierno no falle en esto. Que la política, por una vez, esté a la altura de la devoción.

Y sobre todo, que los corazones se preparen. Porque recibir al Papa no es una cuestión de logística. Es una cuestión de amor. Y el amor, cuando es verdadero, no necesita ensayos. Brota solo, como el agua en el desierto, como la flor en la tierra seca después de la lluvia.

Jujuy, tierra de cerros colorados y cielos infinitos, tierra de valles fértiles y quebradas profundas, tierra de sol y de polvo, de vino patero y de pan casero, tierra de la Pachamama y de la Virgen del Rosario, tierra donde los muertos no se van del todo porque siguen caminando en las procesiones y en los recuerdos. Jujuy, provincia hermana de los que sufren y de los que esperan, de los que trabajan la tierra con las manos llenas de callos y el alma llena de esperanza. Jujuy, la que supo ser el norte del norte, la última trinchera antes del altiplano, la puerta de entrada a un continente que también cree. Jujuy, la que nunca pidió nada para sí pero siempre dio todo. Ahora es tu turno. Ahora te toca recibir al que viene en nombre del Padre.

Que los valles se vistan de fiesta. Que los cerros enciendan sus colores más vivos. Que el viento de la Quebrada se calme para que se escuche cada palabra. Que el sol de diciembre, ese sol generoso que calienta los adobes y dora los maizales, ilumine la sonrisa de los niños y las lágrimas de los viejos. Que las campanas de todos los pueblos, desde La Quiaca hasta San Pedro, desde Humahuaca hasta Libertador, repiquen al unísono como si la tierra entera fuera una sola catedral. Y que cuando el Santo Padre ponga un pie en tierra jujeña, sienta lo que los jujeños sienten cada día: que en este rincón del mundo, Dios sigue estando cerca. Muy cerca.

Por eso, hoy el pueblo de Jujuy se levanta con una sola voz. No la voz del poder ni la del protocolo, sino la voz más honda: la del creyente que sale al camino con las manos vacías y el alma llena. Y esa voz tiene una sola palabra, una sola pregunta, una sola invitación que sube desde los valles hasta los cerros y desde los cerros hasta el cielo: Venga, Santo Padre. Venga a Jujuy.

Venga a caminar estas calles donde la piedra y el adobe guardan siglos de oraciones. Venga a respirar este aire que huele a incienso, a tierra mojada, a pan recién horneado. Venga a escuchar a estos hombres y mujeres que no tienen grandes cosas que ofrecerle, pero que le darán lo único que no se puede comprar ni fabricar: el corazón entero, sin reservas, sin condiciones.

Porque la presencia del Santo Padre no será solo una visita. Será una bendición que caerá sobre Jujuy como lluvia en tiempo de sequía. Bendición para los que esperan desde siempre y ya no saben cómo esperar más. Bendición para los niños que todavía no saben lo que significa pero lo van a sentir en los huesos toda la vida. Bendición para los viejos que ya no piden nada para ellos, pero piden todo para sus hijos. Bendición para la tierra misma, para los cerros y los ríos, para las capillas y los campos, para los que están y para los que ya no están pero siguen aquí, caminando entre nosotros en los sueños y en la memoria.

La invitación debe salir de cada casa, de cada capilla, de cada plaza y de cada corazón. Que llegue al Santo Padre no como un pedido tímido sino como el clamor unánime de un pueblo que lo espera. Que sepa León XIV que en el norte de la Argentina hay una tierra que lo llama, que lo necesita, que ya le tiene el lugar preparado y la mesa tendida y las campanas listas para repicar.

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