En un escenario nacional marcado por la volatilidad y la incertidumbre, el gobernador Carlos Sadir brindó un mensaje que, lejos de las clásicas promesas electoralistas o los fuegos artificiales de la grandilocuencia, se erigió como un ejercicio de realismo político y administrativo. Al abrir el 165° período de sesiones ordinarias de la Legislatura, el mandatario jujeño no intentó pintar una realidad de fantasía, sino que optó por trazar un diagnóstico honesto y, sobre todo, un plan de acción basado en lo tangible: el orden fiscal, la previsibilidad y la apuesta productiva.
Sadir comprendió que en un contexto donde la Nación se retira de la obra pública y la coparticipación federal sufre una caída real, el ciudadano no necesita promesas de paraísos inmediatos, sino certezas sobre el presente. Su discurso fue, en esencia, una declaración de principios sobre cómo gobernar con los pies en la tierra. El énfasis en el desendeudamiento —con una clara reducción de la deuda en dólares y pesos— no es un mero dato contable; es la base de la credibilidad. Es el mensaje de que Jujuy se administra con la prudencia de un hogar, gastando menos de lo que ingresa y, lo más importante, bajando la presión tributaria para que el sector privado pueda ser el verdadero motor del crecimiento.
El realismo del gobernador brilla con luz propia al abordar la cuestión minera e industrial. No se limitó a celebrar los 953 millones de dólares en exportaciones de litio, sino que proyectó un futuro con reglas de juego claras a través de un nuevo régimen de fomento a las inversiones. Es la comprensión de que la minería, bien gestionada, es una herramienta de desarrollo y no un fin en sí misma. La apuesta por las zonas francas, los parques industriales y el acompañamiento a sectores estratégicos como el turismo o la construcción demuestra una mirada integral: la diversificación económica es el único antídoto contra la vulnerabilidad externa.
Pero quizás donde más se nota este enfoque sin falsas veleidades es en el capítulo de la infraestructura. Ante la ausencia de fondos nacionales, Sadir no se parapetó en la queja estéril. La respuesta fue reactivar rutas estratégicas como la Nacional 34 con recursos propios, continuar con el plan de viviendas mediante esquemas público-privados y sostener un plan hídrico que ya alcanza al 97% de la población. Es la política del "hacer con lo que hay", una filosofía que valora más el avance de una obra que el anuncio faraónico.
Sin embargo, si el discurso brilló por su realismo fiscal, también dejó notar algunas sombras en el mapa que trazó. En un mensaje donde se ponderó el orden de las cuentas públicas y la eficiencia del Estado, brilló por su ausencia cualquier mención a empresas estatales cuyo peso financiero y utilidad real generan, cuando menos, interrogantes en la ciudadanía. ¿Qué pasa con empresas como Xuma o el Tren Eléctrico? Ambos proyectos, presentados en su momento como emblemas de modernización, son percibidos hoy por amplios sectores como estructuras demasiado onerosas para los magros recursos de la provincia, de dudoso beneficio concreto para el jujeño de a pie. El discurso de apertura de sesiones era el escenario perfecto para someter estos temas al debate público, para explicar si se redireccionan, se redimensionan o se sostienen. Al callar sobre ellos, se perdió la oportunidad de dar señales claras sobre hasta dónde está dispuesto el gobierno a llevar la tijera del ajuste fino cuando se trata de proyectos propios.
El discurso también fue realista en su mirada social. Al anunciar el inicio de la carrera de Medicina en Libertador General San Martín, Sadir no solo habla de educación, sino de descentralización y de apostar a la formación de profesionales que se queden en la provincia. Al detallar la incorporación de tecnología en seguridad (cámaras, drones) y salud (telemedicina, turnos digitales), reconoce que la modernización del Estado no es un lujo, sino una necesidad para acercar soluciones a los jujeños en el vasto y diverso territorio provincial.
Pero más allá de los silencios, también quedó pendiente la dosis justa de épica. El discurso, sólido en sus fundamentos técnicos y en la enumeración de gestiones, se movió casi exclusivamente en el terreno de lo administrativo. Y en tiempos donde las dificultades económicas invitan al desaliento, gobernar también implica encender pasiones, convocar a la ciudadanía a sentirse parte de un proyecto colectivo que trascienda los números. Sadir expuso con claridad el "cómo" se está gestionando, pero faltó quizás un latido más fuerte sobre el "para qué" y, sobre todo, un llamado explícito a que cada jujeño tome la bandera de ese futuro posible.
La premisa final de que "Jujuy no pare" es un buen punto de partida, pero necesita transformarse en un movimiento que involucre a todos. La gestión ordenada y previsible es el cimiento, y Sadir lo demostró. Pero el edificio de la provincia se construye también con el compromiso cotidiano de sus habitantes, y para movilizar ese compromiso, a veces, se necesita algo más que datos: se necesita la palabra que toca el alma, que invita a remar juntos incluso cuando la corriente es adversa. Y también se necesita la valentía de nombrar lo que no funciona, de auditar cada peso destinado a estructuras estatales que, como Xuma o el Tren Eléctrico, merecen ser explicadas o, en su defecto, reconsideradas con la misma crudeza realista con la que se gestiona la coparticipación. El realismo es virtud, pero la épica compartida y la transparencia radical son el motor que transforma la administración en verdadero liderazgo.

