Opinión

El presidente disociado: entre el delirio de grandeza y la violencia institucional

Opinión de Claudia Figueroa
Opinión de Claudia Figueroa - Jueves 30 de abril de 2026 redes
Claudia Figueroa 30-04-2026
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La reciente cena de la Fundación Libertad no fue un evento político; fue un despliegue de cinismo. Un catálogo de frases que desnudan no solo una desconexión, sino un desprecio por la realidad que mastica el pueblo argentino.

“¿Saben quién es al que peor le fue? A mí” Lo dice quien habita la Quinta de Olivos con los gastos pagos por nosotros. El mismo que, en 871 días de gestión, pasó el 12% de su tiempo volando por el mundo. Con un viaje internacional cada 26 días y un kilometraje que equivale a cruzar la Argentina de punta a punta 62 veces, la pregunta no es si la pasó mal, sino cómo se atreve a compararse con un jubilado. No es un intento de empatía; es una burla cruel para quienes hoy no tienen nada que ver con su nivel de vida.

“El ajuste lo pagó la casta” El relato se estrella contra la pared de los datos. Más de 24.000 empresas bajaron la persiana desde 2023. La verdadera "casta" parece ser el entramado productivo, el que necesita rutas que no se mantienen y combustible que no se puede pagar. El ajuste no es una teoría, es el certificado de defunción de miles de pymes.

“¿Vieron que ahora todo el mundo desayuna tostadas con huevos?” Que el jefe de Estado use su tiempo en anécdotas de desayuno mientras la gente cuenta los centavos para la cena, es la definición gráfica de un Gobierno que perdió el registro del dolor ajeno.

“Somos el mejor Gobierno de la historia” En el frío Excel de Olivos, las cuentas pueden cerrar. En las calles de las grandes ciudades y en los pueblos más olvidados del interior, la realidad asfixia. Un 3% de inflación no es un éxito; es un síntoma de una economía que ya no soporta ni un gramo más de presión. No vivimos de comparaciones con el pasado, vivimos de un presente que no da respiro. Si fueran los mejores, no tendrían que decirlo ellos; lo gritaría la gente.

Pero eso no fue todo, ayer miércoles, la disociación mutó en agresión (una vez más y van...). El Presidente fue al Congreso no para honrar la República, sino para montar un cuerpo a cuerpo innecesario. Escoltó a su vocero para terminar gritando “corruptos” y “chorros” a los trabajadores de prensa que preguntaban por Adorni.

Señor Presidente, el problema no es el mensajero. El problema es que usted paralizó la agenda de todo un Gabinete para un acto de defensa personal de Manuel Adorni. Entiéndalo: a usted y a sus ministros les pagamos todos los argentinos. Usted y sus ministros juraron lealtad y patriotismo. La Nación —incluidos esos periodistas a los que insulta— tenemos el derecho y la obligación de demandar respuestas.

Con la sala de periodistas de Casa Rosada bajo llave —un hecho inédito y oscuro— y una violencia verbal que escala sin frenos, el Gobierno parece haber elegido su camino: se siente más cómodo en el agravio que en la gestión. La pregunta queda flotando: ¿es convicción autocrática o es simplemente el humo necesario para tapar una realidad que no pueden manejar y que no resiste interrogatorios de ningún tipo?