De golpe, sin casi tiempo para reacomodar el escritorio, ya estamos en clima de campaña, y no puede decirse que el escenario sea precisamente alentador. Las fechas se adelantaron, los ánimos se encendieron, y la política argentina entra otra vez en ese electrocardiograma frenético que combina ruido de redes, declaraciones cruzadas y promesas apresuradas, todo bajo el telón de fondo de una Argentina cada vez más distópica.
Porque digamos las cosas como son: hoy el país es gobernado por dos hermanos y cuatro perros. No es una metáfora, es una imagen de época. Mientras la sociedad se desmorona entre la inflación, el trabajo precario y la desconfianza crónica, el poder ejecutivo parece reducido a un puñado de decisiones familiares y un par de animales que, vale la pena aclarar, no votan, no pagan impuestos y seguramente entienden más de lealtad que muchos dirigentes.
Esa imagen, ridícula y trágica a la vez, es el espejo donde se refleja una clase política que hace rato dejó de ocuparse de la gente para dedicarse con esmero a resolver los problemas de los políticos.
Pero la distopía no termina ahí. Del otro lado del mostrador, el kirchnerismo sigue preso de una tobillera electrónica en un balcón cualquiera, ofreciendo mucho pasado y muy poco futuro, atrapado en la nostalgia como quien ofrece migajas de un banquete que ya terminó. Y más allá, la izquierda argentina sigue soñando con la revolución proletaria que nunca llega, aferrada a manuales que se deshacen en las manos, mientras los trabajadores reales, esos que toman el bondi a las cinco de la mañana, ya ni siquiera se acuerdan de que existió una clase obrera organizada.
En ese cuadro de ciencia ficción política, lo único que parece mantenerse intacto es la capacidad de los partidos para no entender nada. Porque hay algo que este repentino y anticipado adelanto electoral ha dejado al desnudo: los partidos políticos, por ahora, navegan a ciegas. Están lejos, muy lejos, de comprender los problemas que realmente atraviesan a la sociedad, y no porque esos problemas sean nuevos, sino porque llevan años mirándose el ombligo mientras el mundo se caía a pedazos.
Durante décadas, la Argentina se explicó con mapas predecibles: peronistas contra radicales, izquierda contra derecha, estructuras de barrio, punteros, boletas sábana y lealtades hereditarias. Ese esquema, sin embargo, se está desmoronando. No porque los partidos hayan desaparecido, sino porque los votantes ya no se aferran a ellos como antaño.
La evidencia científica y la experiencia cotidiana señalan un fenómeno cada vez más claro: los argentinos votan emocionalmente, y en ese giro afectivo han abandonado los dogmas y las estructuras partidarias clásicas como guías exclusivas de su decisión. Y los partidos, anclados en sus lógicas internas, en sus disputas por el poder y en la resolución de sus propios conflictos de cúpula —como ese kirchnerismo atado a una tobillera que no puede soltar el pasado, o esa izquierda que sigue cantando la Internacional mientras el mundo la mira con ternura y lástima—, todavía no lo registraron.
Durante mucho tiempo se sostuvo que el ciudadano ideal era aquel que comparaba propuestas, estudiaba planes de gobierno y decidía con fría racionalidad. Esa imagen, siempre más teórica que real, hoy choca contra un hecho ineludible: las decisiones electorales están profundamente atravesadas por sentimientos, historias personales, experiencias previas y expectativas.
Como señala la Teoría de la Inteligencia Afectiva, las valoraciones emocionales ocurren antes incluso de que intervenga la conciencia. Primero sentimos, después pensamos. En Argentina, eso se traduce en un padrón que ya no pregunta "¿de qué partido sos?" sino "¿quién me genera confianza?", "¿a quién le tengo bronca?", "¿quién me devuelve la ilusión?", y en un contexto donde el gobierno se parece más a una reunión familiar improvisada que a un gabinete serio, donde la principal fuerza opositora está mirando al pasado desde un balcón con tobillera electrónica y donde la izquierda sigue esperando a un proletariado que quizás nunca fue tan revolucionario como ella cree, no es difícil entender por qué el votante argentino contemporáneo no elige tanto un proyecto de país como una compañía emocional para sus frustraciones y esperanzas. Y mientras tanto, los partidos siguen discutiendo internas, cuotas de poder, nombres propios y estrategias de supervivencia personal, como si la sociedad esperara sentada a que ellos resuelvan primero sus propios problemas antes de ocuparse de los de verdad. Claro que el voto emocional no es nuevo en el país. Lo novedoso es que ha dejado de funcionar atado a estructuras partidarias rígidas. Antes, la emoción se canalizaba a través del peronismo, la UCR o el radicalismo renovador; hoy, el sentimiento vuela libre.
Un votante puede sentir entusiasmo por un outsider un martes, desprecio por el oficialismo el miércoles y ansiedad por la economía el jueves, y todo eso se refleja en urnas cada vez más volátiles. Lo que algunos llaman "infantilismo político" —la búsqueda de una figura que salve, ordene o castigue— convive con una paradoja: ese mismo votante emocional ya no es fiel a ningún santo.
La pertenencia partidaria se ha vuelto líquida. El dogma se disolvió. Hoy se vota al que "cae bien", al que "da bronca" o al que "genera esperanza", pero sin el corsé de la estructura de siempre. Los partidos, sin embargo, siguen hablando de "línea interna", "disciplina partidaria" y "unidad de acción", mientras se pasan el día resolviendo sus propias rencillas. Parecen traductores que llegaron tarde a un idioma que ya cambió.
En las últimas elecciones argentinas, votar se ha parecido cada vez más a una catarsis que a un ejercicio cívico frío. El cansancio colectivo, la inflación, la grieta y la desconfianza crónica han convertido el cuarto oscuro en una especie de termómetro emocional. No se vota solo para elegir autoridades: se vota para descargar bronca, para expresar ilusión, para castigar o para abrazar una promesa. Y en una Argentina gobernada por dos hermanos y cuatro perros, donde la oposición más potente tiene los pies atados a un pasado que no vuelve y la izquierda sueña con revoluciones que nunca llegan, no debería sorprender que la gente vote con el estómago y el corazón, porque la razón, sencillamente, no encuentra a quién votar.
El riesgo, advierten los especialistas, es que una democracia gobernada desde la emoción pura es frágil. Cuando el voto se vuelve identitario o de pertenencia afectiva —aunque ya no partidaria— cualquier crítica al líder elegido se vive como un ataque personal. Y allí se bloquea la posibilidad de escuchar argumentos o revisar datos. Pero el problema de fondo es otro: los partidos, en lugar de intentar comprender estas emociones para canalizarlas hacia propuestas concretas, prefieren ignorarlas o, peor, manipularlas con spots vacíos, mientras en privado negocian cargos, alianzas y prebendas. Porque la política, en su versión más enquistada, ya no resuelve los problemas de la gente: resuelve los problemas de los políticos. Y cuando los políticos son esos dos hermanos que gobiernan como si el país fuera una empresa familiar, esa ex presidenta que habla desde un balcón con tobillera como si el tiempo no hubiera pasado y esos militantes de izquierda que siguen esperando al proletariado revolucionario que se quedó dormido en algún manual del siglo XIX, entonces el divorcio entre la política y la sociedad se vuelve total.
Mientras el ciudadano vota con el corazón, los sectores políticos no son tontos. Al contrario: han aprendido a activar esas emociones a su favor. El miedo, el odio, la ilusión y la desconfianza no son efectos colaterales de las campañas: son el centro de la estrategia. Saben que el votante emocional no pide planes de gobierno; pide gestos, frases, enojos compartidos y promesas que alivien la angustia del presente. Así, se configura una asimetría peligrosa: la votante entrega su decisión desde la emoción, pero quienes gobiernan lo hacen desde el cálculo, y el cálculo, casi siempre, apunta a resolver primero sus propias necesidades de poder.
Y mientras tanto, la discusión de fondo —proyectos de país, políticas públicas, desarrollo, empleo, educación— queda relegada a un segundo plano. Lo más grave es que los partidos, en su mayoría, ni siquiera intentan disimular esta desconexión. Sus agendas hablan de lo que ellos creen importante, no de lo que a la gente le duele. Y en este repentino adelanto electoral, esa distancia se ha vuelto escandalosa.
La solución no es eliminar la emoción del voto, porque eso es imposible y quizás ni siquiera deseable. La política siempre tendrá un componente afectivo. El punto, más bien, es alcanzar una madurez política que permita votar sin dejar de pensar. Eso implica dejar de delegar la esperanza en un salvador, romper el ciclo de la decepción permanente y asumir que el poder no reside en el líder de turno, sino en la responsabilidad ciudadana cotidiana. Pero también implica una exigencia ineludible hacia los partidos: que dejen de mirarse el ombligo y empiecen a mirar la calle. Que entiendan que la sociedad ya no se organiza como hace veinte años. Que los problemas de la gente no entran en las planillas de afiliados ni en las negociaciones de cúpula. Si los partidos no reaccionan, si siguen sin comprender lo que realmente atraviesa a los argentinos —el trabajo precario, la angustia inflacionaria, la soledad urbana, la desconfianza crónica— y siguen dedicándose a resolver sus propias disputas internas, entonces el voto emocional seguirá creciendo, pero sin ningún ancla institucional que lo contenga. Y ahí sí, la democracia entrará en terreno desconocido.
Porque los argentinos ya no votan como hace treinta años. Las estructuras partidarias clásicas se han vaciado de sentido, los dogmas ya no mandan, y en su lugar ha florecido un electorado que decide desde el entusiasmo, la bronca, la ansiedad o la ilusión, mientras arriba, desde el poder o desde la oposición, se pelean dos hermanos con sus perros, una ex presidenta atada a una tobillera que ofrece pasado y una izquierda que sigue esperando una revolución que nunca, nunca llega. Eso no es, en sí mismo, una tragedia.
Lo será, sin embargo, si no aprendemos a gobernar esa emoción con información, responsabilidad y debate. Y lo será más todavía si los partidos, en este tiempo electoral anticipado y repentino, siguen mostrando que no entienden nada de lo que realmente le pasa a la sociedad porque están demasiado ocupados resolviendo sus propios problemas.
Votar con el corazón está bien, mientras el corazón no sea el único que hable. Pero si los políticos siguen resolviendo solo sus propias cuentas, si el gobierno sigue siendo una anécdota familiar y la oposición un museo de glorias pasadas y sueños irrealizables, entonces el corazón terminará gritando solo, y la política, para entonces, ya habrá perdido el poco crédito que le quedaba.