La creciente ola de amenazas de tiroteo que sacude a más de veinte escuelas en siete provincias argentinas —desde Buenos Aires hasta Chubut, pasando por Córdoba, Tucumán, Mendoza, Salta y Neuquén— ha puesto en evidencia algo que excede largamente la capacidad de respuesta de una patrulla o de un allanamiento. Frases como "mañana tiroteo", "no vengan" o menciones a fechas específicas escritas en baños, paredes o replicadas en historias de Instagram y TikTok han logrado sembrar pánico, activar protocolos de emergencia, evacuar edificios y suspender clases en decenas de establecimientos. Afortunadamente, la mayoría de los casos resultaron ser falsas alarmas. Pero el impacto no es falso: es real, profundo y deja cicatrices en comunidades educativas enteras.
Frente a este escenario, algunos funcionarios han reaccionado con el reflejo automático de endurecer las penas, prometer más cámaras de seguridad o anunciar recorridas policiales. Sin embargo, si los gobiernos creen que estamos ante un problema primordialmente policial, no solo se equivocan, sino que arriesgan a no resolver nunca la raíz del mal. Por supuesto que las amenazas constituyen un delito, la intimidación pública tiene consecuencias penales, y los menores que las protagonizan pueden enfrentar causas judiciales e incluso millonarias multas para sus padres. Nadie propone ingenuidad ni impunidad. Pero reducir el fenómeno a una cuestión de seguridad es mirar el termómetro y no la fiebre. Porque para entender por qué un adolescente escribe "mañana tiroteo" en la pared de un baño escolar, hay que meterse en la cabeza de ese adolescente de hoy, y lo que se encuentra ahí es mucho más perturbador que un simple acto vandálico.
El adolescente actual es el más conectado de la historia, pero también uno de los más solos en términos de presencia adulta significativa. Pasa horas construyendo una identidad digital en TikTok, o Instagram, donde lo que importa no es quién es sino cuántos lo miran. La métrica del éxito es viralizar, no necesariamente construir vínculos profundos. Mientras tanto, las familias están agotadas por la sobrecarga laboral, las escuelas muchas veces no pueden contener emocionalmente por falta de recursos o formación, y el Estado aparece solo cuando ocurre una crisis. Frente a esa indiferencia, el adolescente aprende que el único modo de ser mirado es generando miedo. Las amenazas escritas en los baños no son un grito de guerra; son, en muchos casos, un gemido ahogado que dice: "¿Alguien me ve? ¿Alguien se da cuenta de que existo?".
Y aquí aparece un dato clave que ningún análisis policial puede capturar por sí solo: los autores son casi exclusivamente varones. Esto no es casualidad. A los varones adolescentes se les sigue enseñando —explícita o implícitamente— que no pueden expresar vulnerabilidad, tristeza o miedo, sin contar que el feminismo más radical hace años les dice que son culpables por el simple hecho de ser. Generando quel a única emoción permitida sea el enojo, y su única expresión validada la violencia o la amenaza. El baño escolar es uno de los últimos espacios sin adultos, y allí se juegan jerarquías, se prueban fuerzas, se construye el "respeto" a través del temor. Amenazar con un tiroteo es, en ese contexto, una forma extrema de decir "yo mando acá". En ausencia de modelos de masculinidad positiva —padres presentes, referentes afectivos, deportistas que no sean violentos—, muchos varones adolescentes se vuelcan hacia figuras de la cultura de la masacre: tiradores escolares, youtubers que glorifican el caos, foros de sub cultura como True Crime Community donde se coleccionan noticias de crímenes como trofeos. No es que "sean malos". Es que están aprendiendo a ser varones en un entorno donde el poder se demuestra con el terror.
A esto se suma el efecto copycat potenciado por la era de la viralización instantánea. Antes, una amenaza de bomba llegaba a una escuela, se investigaba y punto. Ahora, un adolescente escribe "Mañana tiroteo" en un baño de Córdoba. Alguien lo fotografía, lo sube a TikTok, en dos horas tiene cien mil reproducciones. Adolescentes en Jujuy, Salta, Neuquén y Chubut ven el video, sienten la adrenalina de la repercusión, y replican el mensaje en sus propias escuelas. No importa si es falso; importa que parezca real y que todo el mundo hable de eso. Los neurocientíficos explican que la incertidumbre y el peligro activan en el cerebro adolescente circuitos de recompensa similares a los de una adicción. Ver cómo una escuela entera entra en pánico por algo que yo escribí genera una sensación de poder inmensa. Es la dopamina del miedo colectivo.
Pero hay todavía una capa más profunda. Los adolescentes de hoy crecieron entre pandemia, crisis económica, cambio climático y discursos apocalípticos. Muchos han internalizado que no hay futuro o que el futuro es tan incierto que no vale la pena planificarlo. Para un adolescente que no ve horizonte laboral o que percibe la educación como un trámite vacío, suspender las clases por una amenaza no es un castigo, sino un premio. Es un día libre. Es romper la monotonía. Es ser protagonista de algo. Si total "el mundo se va a acabar", ¿por qué no jugar a ser el villano por un día? La glorificación de personajes oscuros en redes y foros alimenta una estética del caos donde generar miedo es una forma de entretenimiento.
Cuando un adolescente escribe "Mañana tiroteo", en realidad está diciendo mucho más de lo que las palabras muestran. Está diciendo: "Estoy tan aburrido que prefiero el terror antes que la rutina". Está diciendo: "Nadie me pregunta cómo me siento. Así me van a escuchar". Está diciendo: "No sé cómo pedir ayuda. Esto es lo único que sé que genera reacción". Está diciendo: "Mis compañeros me ignoran. Ahora todos me van a mirar". Está diciendo: "Siento que no tengo control sobre nada. Al menos puedo controlar el miedo de los demás".
Y, sin embargo, frente a este cuadro de situación desolador, la dirigencia política argentina parece moverse en otra dimensión. Mientras las escuelas se vacían por pánico y los adolescentes se desmoronan en silencio, la política reacciona con la torpeza de quien no entiende el problema que tiene enfrente. Unos funcionarios salen a pedir penas más duras y a prometer más policías, como si el terror se pudiera disolver con esposas. Otros guardan un silencio cobarde, esperando que el escándalo pase de largo sin salpicarlos. Y los más audaces —o los más ciegos— intentan capitalizar el miedo en clave electoral: una conferencia de prensa aquí, una recorrida por una escuela allá, una declaración dura contra "la inseguridad" que suena hueca porque no sabe nombrar lo que realmente está pasando. Todo lo miran con el rabillo del ojo puesto en la próxima encuesta, en el voto, en la foto que puedan sacar antes de que el noticiero pase al siguiente tema. La pregunta entonces se vuelve incómoda pero ineludible: ¿los políticos están a la altura de esta circunstancia? ¿O la realidad, una vez más, los va a pasar por encima?
Porque esto no es un problema que se resuelva con un comunicado de prensa ni con un operativo relámpago. Esto requiere escuchar, entender, diseñar políticas de fondo que no darán rédito electoral en la próxima semana ni en el próximo año. Requiere poner psicólogos en las escuelas, formar a docentes en salud mental, invertir en programas de acompañamiento adolescente que no son fotogénicos ni dan titulares. Requiere sentarse a pensar por qué los varones adolescentes eligen el terror como lenguaje. Y eso, en una clase política adicta a la inmediatez y al cortoplacismo electoral, parece una misión imposible. Pero la realidad no espera. La realidad ya está aquí, golpeando las puertas de veinte escuelas en siete provincias, y si los políticos no reaccionan a tiempo, la realidad los va a pasar por encima como los ha pasado tantas otras veces. Porque la historia argentina está llena de dirigentes que llegaron tarde a los problemas, que confundieron gravedad con espectáculo, que creyeron que con una declaración dura alcanzaba. Y mientras ellos calculaban votos, el país se les deshacía entre las manos.
Por todo esto, los gobiernos no se equivocan si creen que esto es un problema policial. Se equivocan si creen que es solo un problema policial. Pero el error más grave, el que puede resultar imperdonable, es no darse cuenta de que esto es también —y sobre todo— un problema político en el sentido más noble del término: un problema de decisiones, de prioridades, de mirar más allá de la próxima elección. Porque la policía puede atrapar al autor del mensaje, pero no puede llenar el vacío que lo llevó a escribirlo. Puede allanar una casa, pero no puede construir un proyecto de futuro para un adolescente que ya no cree en nada. Puede clausurar un baño, pero no puede enseñarle a un varón de quince años que el poder no se demuestra con el terror. Y la política, si realmente quiere estar a la altura, debería poder hacer todo eso. La pregunta es si quiere.
Se requieren entonces políticas públicas que aborden al adolescente como un sujeto completo. Presencia adulta significativa: escuelas con psicólogos y equipos de acompañamiento reales, programas de mentoría donde un adulto no familiar siga a un adolescente durante años. Educación emocional masculina: talleres específicos para varones adolescentes donde se les enseñe a nombrar emociones diferentes al enojo, a pedir ayuda sin vergüenza y a construir poder sin violencia. Alfabetización digital crítica: no alcanza con decir "cuidado con las redes", hay que enseñar a los adolescentes a identificar retos virales, a no replicar contenido de pánico y a entender que la viralización tiene consecuencias reales. Escuelas que importen: revisar por qué el adolescente prefiere que suspendan las clases antes que estar en la escuela. Si la escuela es un lugar donde no se siente visto, valorado ni desafiado positivamente, cualquier excusa es buena para escaparse. Y finalmente, conversación social despenalizada: que un adolescente pueda decir "estoy pensando en hacer una amenaza" sin que automáticamente caigan sobre él esposas y titulares. Espacios de confianza donde la salud mental no sea delito.
Mientras no miremos de frente la crisis silenciosa de los adolescentes de hoy —su soledad, su masculinidad mal aprendida, su adicción a la viralización, su vacío existencial—, seguiremos apagando incendios sin preguntarnos por qué el bosque arde una y otra vez. Y mientras la política siga mirando estos incendios con lentes electorales, calculando a quién le puede convenir que las escuelas se vacíen, entonces la realidad, implacable, los va a pasar por encima. Porque los adolescentes no votan, pero padecen. Y lo que hoy es una amenaza escrita en un baño, mañana puede ser mucho peor si seguimos mirando para otro lado.
Las amenazas de tiroteo en las escuelas no son un problema que se resuelva con más patrulleros. Son un síntoma. Y los síntomas no se esposan: se escuchan. La pregunta que deberían hacerse las autoridades no es solo "¿cómo atrapamos al próximo amenazador?", sino "¿qué estamos haciendo para que ningún adolescente necesite sembrar terror para sentir que existe?". Hasta que no se responda con honestidad esa pregunta, los allanamientos seguirán llegando tarde. Y las escuelas, heridas. Pero no están rotas. Y mientras una escuela siga en pie, hay tiempo para hacer lo que nunca debimos dejar de hacer: mirar a nuestros adolescentes a los ojos, preguntarles cómo están y quedarnos callados el tiempo suficiente para que, por una vez, la respuesta no sea una amenaza, sino una palabra sincera. Porque detrás de cada "mañana tiroteo" escrito en una pared, hay un chico que hoy no sabe decir "ayúdenme". Y esa es, acaso, la amenaza más silenciosa y más verdadera de todas.
La pelota, señores políticos, está en su tejado. Y no hay foto electoral que pueda salvar lo que todavía está a tiempo de ser salvado. Pero el tiempo, como los adolescentes, no espera.