Opinión

La endofobia gramscista: cómo la izquierda y el kirchnerismo desarraigaron a la Argentina

Opinión de Andrés Mendieta
Opinión de Andrés Mendieta - domingo 25 de enero redes
Andrés Mendieta 25-01-2026
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La endofobia, ese odio metódico hacia la propia identidad, no es un accidente en la historia argentina. Es el producto de una estrategia fría, diseñada desde los claustros ideológicos de la izquierda y ejecutada con precisión maquiavélica por el kirchnerismo, siguiendo el manual de guerra cultural escrito por Antonio Gramsci. El pensador marxista italiano enseñó que el poder no se toma solo en las calles o en las urnas, sino primero en las aulas, en los medios, en el arte y en el sentido común de un pueblo. Y así, durante décadas, se libró en Argentina una batalla silenciosa pero brutal: no por el gobierno, sino por el alma de la nación. El objetivo era claro: vaciar el ser nacional de su contenido histórico y espiritual, para luego llenarlo con un dogma político que no admitiera lealtades más altas que las del partido y su relato.

Este proyecto comenzó con el asalto a la memoria. La herencia hispánica, compleja y fundacional, fue reducida a una simple fábula de crímenes. La conquista, el virreinato, la gesta de los próceres —todos matices, logros y contradicciones— fueron comprimidos en la leyenda negra más plana y resentida. En las escuelas, se dejó de enseñar historia para enseñar culpabilidad. Se nos dijo que nuestro mestizaje no era un encuentro singular que forjó una nueva cultura, sino un crimen original. Se nos hizo creer que ser herederos de España era una mancha, no un punto de partida. Este fue el primer paso gramscista: quien controla el pasado, controla el presente. Al privarnos de un pasado del que enorgullecernos, nos dejaron sin cimientos para construir un futuro soberano.

El segundo frente fue aún más profundo: la guerra contra la fe. Gramsci vio en el cristianismo el gran adversario cultural del materialismo revolucionario. Por eso, la izquierda y su brazo kirchnerista emprendieron una cruzada inversa: no para debatir ideas, sino para borrar símbolos, ridiculizar ritos y presentar la religión como el opio de un pueblo atrasado. No buscaban un estado laico, buscaban un pueblo descristianizado. Porque un pueblo sin Dios es un pueblo sin referentes morales trascendentes, un pueblo que, desorientado, puede ser llenado con los dogmas sustitutivos de la ideología: el género como construcción absoluta, la memoria como culto laico, el líder como redentor terrenal. Arrancaron la cruz para poner la foto del caudillo.

El kirchnerismo fue el gran ingeniero de esta demolición identitaria. Usó el estado no como administrador, sino como evangelizador de una nueva fe política. La educación pública dejó de formar ciudadanos para formar militantes de una causa revisionista. Los medios públicos dejaron de informar para adoctrinar. La cultura dejó de reflejar al pueblo para sermonearlo. Se creó un lenguaje nuevo, donde palabras como “patria”, “familia” o “tradición” sonaron a reacción, mientras “progresismo”, “derechos” y “memoria” se cargaron de una sacralidad intocable. El resultado fue la creación de un hombre nuevo, sí, pero no el hombre libre y solidario que soñaban las utopías, sino un individuo desarraigado, lleno de culpas y complejos, eternamente necesitado del guía político que le diga qué pensar y a quién odiar.

La Cámpora

Hoy cosechamos los frutos amargos de esta siembra endofóbica: una Argentina dividida en tribus ideológicas que no se reconocen como parte de una misma nación. Una sociedad que duda de todo, menos de las consignas que le repiten. Un país que, habiéndose convencido de que su historia es una vergüenza, no encuentra la fuerza moral para enfrentar su presente con dignidad ni para proyectar un futuro con grandeza. La debilidad institucional, la pobreza endémica y la crispación social son los síntomas de una enfermedad más profunda: la pérdida del amor propio colectivo.

La cura, por lo tanto, no será solo económica o política. Debe ser, ante todo, cultural y espiritual. Es la hora de una contrarrevolución gramscista, no desde el odio, sino desde el amor recuperado. Es la hora de reivindicar, sin vergüenza y con inteligencia crítica, todo aquello que quisieron que odiáramos. Debemos volver a estudiar nuestra historia en toda su complejidad, recuperando con orgullo lo hispánico, lo criollo, lo inmigrante, lo mestizo, como los pilares de un edificio que es único en el mundo. Debemos reconciliarnos con nuestra herencia cristiana, no como imposición, sino como la fuente de los valores de dignidad, compasión y ley que aún laten en lo más hondo de nuestro ser nacional.

La verdadera liberación no llegará de la mano de quienes nos enseñaron a odiarnos, sino de quienes nos devuelvan la capacidad de reconocernos, con lucidez y sin autoflagelación, en el espejo de nuestra propia historia. Argentina no necesita más ingenieros sociales que quieran crear un pueblo nuevo. Necesita volver a ser, con todas sus imperfecciones y su gloria, el pueblo que siempre fue, pero que le hicieron olvidar. Nuestra fuerza no está en lo que aún no somos, sino en lo que, a pesar de todo, nunca hemos dejado de ser.