La hermanita perdida y el despertar de la conciencia nacional
Atahualpa Yupanqui lo cantó con la voz más profunda de la tierra: "Ay, hermanita perdida. Hermanita: vuelve a casa". Pero aquella hermana no era solo un puñado de islas en el Atlántico Sur. Era la Patria misma, fragmentada, silenciada, esperando que sus hijos la reclamaran.
Cada 2 de abril, el calendario nos enfrenta a una incomodidad necesaria. No es la incomodidad de la derrota militar, sino la de una conciencia nacional que durante décadas prefirió el silencio cómplice antes que el reconocimiento pleno.
La "desmalvinización" no fue un efecto colateral del conflicto: fue una política tácita de borramiento. Se intentó ocultar a los soldados, se deshonró su esfuerzo y se buscó quebrar la voluntad de lucha de un pueblo al que se le enseñó a avergonzarse de sus propios héroes. Y en el centro de esa operación de desprecio estuvieron los canallas que llamaron a nuestros valientes soldados "chicos de la guerra". Con esa expresión artera, con falsa compasión y verdadero cinismo, intentaron reducir a quienes enfrentaron el frío y la metralla a la categoría de víctimas pasivas, de menores indefensos, de una generación a la que había que proteger de su propio coraje. No hubo peor insulto que esa caricia hipócrita, porque nuestros soldados no fueron "chicos": fueron hombres que empuñaron fusiles, cavaron trincheras en el hielo, vieron morir a sus compañeros y defendieron cada palmo de suelo patrio con la bravura que la Patria esperaba de ellos. Llamarlos "chicos de la guerra" no fue un acto de ternura; fue un acto de despojo. Se les quitó el título de héroes para dejarlos en un limbo de lástima, y esa infamia, la de vaciar su sacrificio de toda heroicidad, es una herida que aún no cierra.
Pero algo está cambiando. Lentamente, casi en silencio, desde los cimientos mismos de nuestra sociedad, que vive una reivindicación profunda y auténtica hacia nuestros héroes. Y es importante señalarlo con crudeza: esta reivindicación no viene de la clase política. No viene de aquellos que cada 2 de abril se acercan a un centro de veteranos con el fotógrafo a cuestas, buscando la toma perfecta junto a una bandera desgastada, aprietan una mano temblorosa frente a las cámaras y luego guardan la causa en un cajón hasta el año siguiente. Esa es la política del oportunismo, la del minuto de gloria y los once meses de olvido.
La verdadera reivindicación nace en las escuelas donde los maestros, por vocación y no por currícula, enseñan el mapa bicontinental; nace en los clubes de barrio donde los jóvenes preguntan por aquellos héroes de sus mismos apellidos; nace en los hogares donde los hijos y los nietos se sientan junto al veterano que nunca quiso hablar y finalmente lo escuchan; nace en las redes sociales donde las nuevas generaciones comparten los nombres de los caídos con orgullo, no con lástima. Esa reivindicación es genuina porque no busca votos, no busca likes políticos, no busca figurar: busca justicia. Mientras la clase política usa a los veteranos como utilería emotiva de fin de semana, el pueblo argentino, ese que nunca dejó de honrar en silencio a sus muertos, está haciendo el trabajo pesado. Son los ciudadanos comunes los que hoy exigen que se llame "héroes" a quienes durante décadas fueron reducidos a "víctimas". Es el pueblo el que está desenterrando la épica que la política enterró bajo toneladas de cinismo.
Atahualpa Yupanqui, cuando escribió "La hermanita perdida", no solo cantaba a las Islas Malvinas. Cantaba a una Argentina que había perdido el rumbo, que había dejado que sus hijos fueran arrancados de su memoria. "Tierra cautiva de un rubio tiempo pirata", decía el poeta, señalando con esa frase justa al usurpador extranjero que desde hace casi dos siglos ocupa lo que es nuestro. Pero también señalaba algo más profundo: la complicidad de un tiempo que consintió el despojo, que naturalizó la ausencia, que convirtió en costumbre lo que debía ser una herida viva. La desmalvinización fue eso: un "rubio tiempo pirata" que no vino con barcos de guerra, sino con políticas de olvido. Vino con intelectuales de salón que explicaban que la guerra había sido un error, con periodistas que reducían la epopeya a tragedia, con gobiernos que enterraban la causa en los pliegues de la diplomacia tibia. Y en medio de todo eso, nuestros soldados quedaron en el peor de los lugares: ni reconocidos como héroes ni comprendidos en su dolor. Un limbo de ingratitud. Pero la canción de Yupanqui nunca fue un lamento pasivo. Fue un llamado. "Pero son veinte millones que te llamamos: hermana", gritaba el verso, como una advertencia a quienes creían que el reclamo podía ser silenciado. Y hoy, más de medio siglo después de aquella composición, ese verso resuena con una fuerza que los propios autores quizás no imaginaron: porque hoy son más de cuarenta y cinco millones los que estamos llamando a nuestra hermana perdida, y entre ellos, una generación nueva que no vivió 1982 pero que ha decidido hacer suya la causa como ninguna otra antes.
Hoy, ante un nuevo aniversario, este medio sostiene con claridad meridiana que la única salida a la crisis de identidad colectiva que padecemos es volver a malvinizar la Argentina. Porque la veneración de figuras heroicas no es un acto menor ni un gesto folclórico: es una necesidad social fundamental.
Las comunidades que abandonan el culto a sus referentes ejemplares se condenan a la fragmentación y a la decadencia civilizatoria. Los héroes funcionan como espejos arquetípicos en los que miramos la mejor versión de nosotros mismos, personificando aspiraciones colectivas y valores trascendentes que superan el interés mezquino e individual. En Malvinas, esa estatura heroica no fue concedida por rangos ni por privilegios, sino que nació en el barro, en el frío extremo, en la carne desgarrada por la metralla. Nombres como Roberto Estévez, Oscar Silva o Roberto Baruzzo; también Huberto César Alemán, Héctor Hugo Diez Gómez, Raúl Aristóbulo Farfán; Teodoro Laguna, Antenor Sajama, Roberto Enrique Sancho; Fernando Fabián Zarzoso, Héctor Rubén Oviedo; Fidel Ángel Quispe, Omar Chaile; Justo Mamaní, Ramón Salazar; Roberto Úzqueda, Jorge Torres y Miguel Ángel Ávila, bravos jujeños que honraron el legado heroico de esta bendita tierra —todos ellos— no deberían ser meras menciones en un discurso escolar: son modelos de virtud en un tiempo donde la mediocridad y el cinismo amenazan con normalizarse. Narrar sus actos, mantener viva su memoria, es el antídoto contra la apatía. Malvinizar también es un acto de defensa nacional en el siglo XXI, que no se limita a izar la bandera en actos conmemorativos, sino que implica comprender que las Islas Malvinas son un pilar ineludible de la soberanía argentina sobre recursos estratégicos como el petróleo, la pesca y la proyección antártica. Detrás del lobby por el olvido se esconden intereses coloniales y corporativos extranjeros que celebran cada vez que un argentino duda de la legitimidad de su causa, y por eso malvinizar es educar: es devolver el mapa bicontinental a cada aula, es formar en las universidades una generación que entienda que la defensa de la soberanía no es un hecho puntual de 1982 sino una tarea permanente del pueblo, es mostrar a nuestros jóvenes que aquellos soldados de 18 años no fueron héroes por casualidad, sino porque supieron responder a un llamado superior cuando la Patria los necesitó.
El abandono del culto a los héroes, lo sabemos por experiencia amarga, presagia crisis de identidad, fragmentación social y pérdida de rumbo, y la Argentina actual, sumida en desencantos y fracturas, necesita más que nunca esos puntos de anclaje que permiten a los ciudadanos reconocerse como parte de una comunidad histórica con proyección en el tiempo. Malvinizar es, en esencia, un camino para la resurrección espiritual y material de la Patria, porque cuando una sociedad se pone de pie al reconocer la grandeza y el compromiso de quienes defendieron el suelo nacional, algo irreversible ocurre en su alma colectiva: deja de sentirse víctima y se reconoce heredera de un legado de sacrificio. Yupanqui lo entendió antes que muchos. Su "hermanita perdida" no era solo un territorio: era una metáfora de la Argentina que había olvidado quién era, que había dejado que sus hijos fueran dispersados por los vientos del colonialismo cultural, que había naturalizado la ocupación como destino. Pero su canción era también una profecía: el día en que los veinte millones —hoy cuarenta y cinco— comenzaran a llamar otra vez, algo se rompería en el silencio cómplice. Ese día ha llegado.
En este nuevo aniversario, esta opinión no viene a ofrecer consuelo fácil, sino a reclamar. Que el Estado —no solo en sus discursos, sino en sus políticas concretas— se ponga a la altura del pueblo que ya está reivindicando a sus héroes. Que los sistemas educativos incorporen la malvinización como eje transversal, que cada niño argentino aprenda el mapa bicontinental antes que cualquier otra geografía, que sepa los nombres de los caídos como se saben los de los próceres. Q que los medios de comunicación dejen de repetir aquella infame expresión "chicos de la guerra" y llamen a nuestros soldados por lo que son: héroes, porque no hay término medio aquí: o se reconoce la heroicidad o se perpetúa la infamia de reducir el sacrificio a lástima. Pedimos también que se condene sin ambages a aquellos que, desde la intelectualidad de salón o la corrección política, perpetúan esa reducción vil, porque ese lenguaje no es inocente: es el veneno que disuelve la épica y convierte el sacrificio en lástima. Y pedimos, sobre todo, que la clase política deje de usar a los veteranos como accesorios de una foto anual, que entienda que el pueblo ya no tolera ese cinismo y que la reivindicación de Malvinas no se agota en un acto conmemorativo con globos y serpentinas, sino que es una política de Estado que debe durar los 365 días del año. Porque mientras haya un solo argentino que sepa los nombres de aquellos 649 jóvenes que dieron su vida en el Atlántico Sur, la causa vivirá, y mientras la causa viva, la Argentina tendrá una oportunidad de ser grande otra vez. Atahualpa lo cantó como un ruego. Nosotros lo levantamos como una certeza: "Ay, hermanita perdida. Hermanita: vuelve a casa". Honor y gloria a los héroes de Malvinas. Que su ejemplo nos una y nos eleve.