Opinión

Las palabras que nos salvan: por qué defender la Ley del Libro es defender nuestra alma

Libreros en Alerta
Libreros en Alerta .

Andrés Mendieta por Andrés Mendieta | 26-07-2026 11:12

El Gobierno de Javier Milei, a través del ministro Federico Sturzenegger, ha decidido abrir un nuevo frente de batalla contra la cultura argentina. Esta vez, el objetivo es la Ley 25.542 de Defensa de la Actividad Librera, una norma que desde 2002 garantiza el precio uniforme del libro en todo el país y que, según sus defensores, es la columna vertebral que sostiene la diversidad editorial y la supervivencia de las librerías independientes. No se trata de un simple mecanismo comercial, como intenta hacer creer el oficialismo, sino de un pilar fundamental que permite que un mismo libro tenga el mismo precio en una librería de barrio, una gran cadena o un supermercado, evitando así las prácticas de competencia desleal. Quienes defienden esta ley, desde la Cámara Argentina del Libro hasta la Fundación El Libro y la Red de Editoriales de Universidades Nacionales, coinciden en que su derogación no generaría un ahorro para el Estado ni una verdadera baja de precios para los consumidores, sino que favorecería la concentración del mercado en manos de grandes cadenas y plataformas digitales, poniendo en riesgo a miles de librerías y editoriales pequeñas de todo el país. La experiencia internacional es contundente al respecto: cuando el Reino Unido derogó una ley similar en los años 90, la cantidad de librerías independientes se redujo casi a la mitad y los precios de los libros terminaron aumentando por encima de la inflación general, demostrando que la desregulación no beneficia al lector sino a los grandes monopolios. Este ataque del Gobierno contra la Ley del Libro no es un hecho aislado, sino que se inscribe en una política sistemática de desprecio por la cultura, que incluye recortes presupuestarios en organismos públicos, la reducción de programas de fomento y una visión mercantilista que concibe al libro como un producto de góndola y no como un bien cultural que merece ser protegido y promovido.

Y en este contexto de alerta y movilización del sector editorial, no podemos dejar de preguntarnos qué significa todo esto para las letras jujeñas, para los escritores que encuentran en las librerías independientes el principal canal para dar a conocer sus obras, para los lectores que recorren las ferias del libro de la provincia y para los espacios de encuentro como la Casa de las Letras, que en Jujuy celebra una década de vida promoviendo la palabra escrita y las expresiones artísticas locales. La Feria del Libro Jujuy, que cada año convoca a cientos de lectores y escritores bajo el lema "Los sentidos a escena", es un ejemplo vibrante de cómo la cultura jujeña se sostiene en un entramado de pequeños sellos editoriales, librerías de cercanía y espacios independientes que hoy se ven amenazados por esta avanzada del Gobierno nacional. Porque el libro no es un objeto de consumo más, sino un vehículo de conocimiento, identidad y memoria, y en una provincia como Jujuy, donde la tradición oral convive con la literatura y la copla popular, defender la Ley del Libro es defender la posibilidad de que un chico de la Quebrada, una niña de la Puna o un adolescente de San Salvador puedan acceder a la cultura en igualdad de condiciones, sin que el mercado decida qué libros llegan a sus manos y cuáles no.

Imaginen por un momento una biblioteca, cualquier biblioteca, y fíjense en el lomo de los libros que la habitan. Cada uno tiene un tejuelo, esa pequeña etiqueta que los identifica, los ordena y les otorga un lugar en el estante. Sin tejuelo, los libros serían un caos, una masa informe de palabras sin rumbo, donde nadie podría encontrar lo que busca y donde los más pequeños, los más frágiles, terminarían aplastados por los más grandes. La Ley 25.542 es exactamente eso: el tejuelo de nuestro ecosistema editorial, el mecanismo que ordena, protege y da sentido a la diversidad de voces que conviven en el universo del libro argentino. Quitar ese tejuelo no es liberar a los libros, como pretende el Gobierno, sino condenarlos al desorden, a la ley de la selva donde los más fuertes devoran a los más débiles y donde la diversidad, la rareza, la novedad y la apuesta por lo desconocido desaparecen para dar paso a lo que vende, a lo que es seguro, a lo que garantiza rentabilidad. Porque sin el tejuelo de la ley, las grandes cadenas y los gigantes del mercado digital podrán hacer lo que quieran: bajar los precios de los títulos populares hasta quebrar a las librerías de barrio y, una vez que hayan desaparecido, subirlos a su antojo, ya sin competencia que los limite. Eso no es libertad, es la tiranía de la capital disfrazada de desregulación.

Pero hay algo aún más profundo que está en juego en esta batalla, algo que trasciende los intereses económicos y las disputas políticas, y es el futuro mismo de nuestra capacidad de soñar, de imaginar y de sentir a través de las palabras. Hoy, frente a la inmediatez de las pantallas y la fugacidad de los mensajes que se escriben con abreviaturas y se completan con emoticones, nos enfrentamos al desafío más hermoso y urgente que tenemos como sociedad: despertar en las nuevas generaciones el fascinante mundo de las letras, ese universo infinito donde las palabras no son solo signos sino puertas que se abren a otros mundos, donde una frase bien tejida puede hacer latir el corazón más rápido que cualquier notificación y donde un libro, ese objeto milagroso que no necesita baterías ni conexión a internet, tiene el poder de cambiar una vida para siempre. Imaginen a esos chicos y chicas que hoy viven pegados a sus teléfonos, que se comunican con emojis y mensajes de texto, y piensen en la emoción que sentirían al descubrir por primera vez que hay un lugar donde las palabras se quedan para siempre, donde los personajes son amigos que nunca se van y donde las historias no terminan cuando se apaga la pantalla sino que continúan latiendo en el corazón del lector. Ese lugar existe y se llama libro, y esa magia solo es posible si tenemos librerías de barrio donde un librero conoce a sus clientes y les recomienda esa novela que cambiará su manera de ver el mundo, si tenemos editoriales independientes que apuestan por autores nuevos y voces diversas, si tenemos ferias del libro en cada rincón del país donde los niños pueden tocar las páginas, sentir el olor del papel y descubrir que la lectura no es una obligación escolar sino una aventura maravillosa que los acompañará toda la vida. Porque no hay emoticón que pueda transmitir la ternura de un poema de Benedetti, no hay abreviatura que pueda resumir la emoción de descubrir a García Márquez, no hay mensaje de texto que pueda reemplazar la sensación de cerrar un libro y quedarse en silencio, procesando todo lo que se acaba de vivir a través de sus páginas.

Y esa herencia, ese legado de palabras y emociones, es lo que estamos poniendo en riesgo cuando permitimos que el mercado decida el destino de nuestra cultura, cuando dejamos que las grandes cadenas aplasten a las librerías de los pueblos y cuando el Estado, en lugar de proteger y fomentar la lectura, decide arrancar el tejuelo que mantiene ordenado y vivo nuestro universo editorial. Porque así como el tejuelo permite que cada libro tenga su lugar y que el lector pueda encontrar lo que busca, la Ley del Libro permite que cada editorial, por más pequeña que sea, tenga un lugar en el mercado y que cada autor, por más desconocido que sea, pueda llegar a sus lectores. Arrancar ese tejuelo es condenar a la dispersión, al olvido y a la desaparición a todo aquello que no sea rentable, a toda voz que no grite lo suficientemente fuerte, a toda historia que no prometa ser un éxito de ventas. Por eso no nos vamos a callar, porque defender la Ley del Libro es defender el derecho de cada niño  de este país a tener acceso a la literatura, a descubrir el placer de la lectura, a saber, que las palabras tienen el poder de transformar realidades y de construir futuros más justos y más humanos. Es defender que en Jujuy, como en toda la Argentina, sigan existiendo espacios donde los jóvenes puedan encontrarse con los libros, donde puedan descubrir que detrás de cada palabra hay un mundo esperando ser explorado y donde puedan aprender que la escritura no es solo una herramienta de comunicación sino una forma de entender el mundo y de entenderse a sí mismos. Esa es la batalla que debemos dar, con la emoción de quien sabe que está luchando por el derecho a soñar, por el derecho a imaginar, por el derecho a que las nuevas generaciones no solo sepan usar un teléfono sino que también sepan abrir un libro y perderse en sus páginas, porque ahí, en ese acto tan simple y tan profundo, reside la verdadera libertad. No nos engañemos: la derogación de la Ley 25.542 no es una medida de libertad comercial, sino un acto de destrucción cultural que, bajo la excusa de la desregulación, busca concentrar el negocio editorial en unas pocas manos y vaciar de contenido a un ecosistema que durante más de dos décadas ha permitido que la literatura argentina sea diversa, federal y plural. Por eso, desde Jujuy y desde cada rincón del país, debemos alzar la voz para decirle al Gobierno que con la cultura no se negocia, que el libro argentino no se toca y que las librerías independientes son mucho más que comercios, son faros culturales que iluminan nuestras comunidades y que merecen ser defendidos con la misma pasión con la que defendemos nuestra identidad, y con la misma ternura con la que queremos que nuestros hijos descubran, alguna tarde, ese libro que cambiará sus vidas para siempre.

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