La vida puede entenderse, en términos conceptuales, como la capacidad de nacer, crecer, desarrollarse y morir de un individuo. Es la existencia y la evolución en este mundo. Además de las personas, también tienen vida las plantas y los animales, cada uno con una función definida en esta tierra. La diferencia con el ser humano es que este es un ser pensante.
Nacemos fruto de la concepción de nuestros padres de forma biológica; otros creerán que es obra de Dios o de los dioses, desde una visión religiosa. Crecemos dentro de un núcleo familiar —o tal vez no—, en un hogar. Nos desarrollamos en etapas de crecimiento: aprendemos a caminar, comer, hablar, ir a la escuela y convivir con otras personas, guiados por nuestros padres, la familia o el entorno que nos toque. Luego llegamos a la adultez: nos independizamos, aprendemos a tomar nuestras propias decisiones y a hacernos responsables de nuestros actos.
Un niño ve la vida como un juego o una diversión; un adolescente se cree “vivo” porque piensa que lo sabe todo; una persona de la tercera edad ya pasó por esas etapas y ve la vida como un período de descanso, con la conciencia de que se acorta cada día más.
Es en la adultez donde decidimos, de forma personal, qué sentido le damos a la vida o, más valioso aún, qué hacemos con ella. Muchas veces pensamos que la vida dura 100 años, pero no siempre es así: a veces termina antes, de forma sorpresiva, en un accidente, por una enfermedad, o simplemente al llegar a la vejez. Solemos proyectar muchas cosas a futuro, lo cual no está mal: “cuando tenga mi casa”, “cuando tenga dinero”, “cuando tenga mi auto”, “cuando sea profesional”, “cuando me case”. Las aspiraciones y los sueños son hermosos, igual que los objetivos. Pero también pasamos más tiempo en el trabajo que en el hogar, y surge la pregunta: “¿Trabajo para vivir o vivo para trabajar?”. Muchas veces, en medio de todo eso, nos olvidamos de vivir.
La vida suele ser tan efímera que puede sorprendernos con la muerte.
Existen personas que no encuentran sentido a sus vidas o que carecen de metas y objetivos que las impulsen a crecer y seguir adelante. Algunas caen en depresión y deciden terminar con su vida por frustraciones, por no sentirse realizadas o por vacíos que las llevan a pensar que su existencia no vale nada.
Por otra parte, hay quienes, postrados en una cama de hospital, desean tener un tiempo más y ruegan a Dios: “¡Aún no, por favor!”. Es ahí donde piensan en todo lo que dejaron de lado: “No voy a poder ver más a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros. No veré crecer a mi hijo/a. No pude decirles a las personas importantes en mi vida cuánto las amo y lo que significan para mí. No pedí disculpas a aquellos con quienes me enojé y me distancié por cosas absurdas o por pensar diferente”.
Otros desperdician su vida en vicios, fiestas, drogas y alcohol. Y claro, alguien podría decir: “Es mi vida, hago lo que quiero con ella”. Eso es cierto... pero, ¿no crees que es mejor valorarla, cuidarla, respetarla y disfrutarla con quienes más deseas? ¿No sería mejor hacer lo que te gusta, lo que te hace feliz? Y si la estás desperdiciando, ¿por qué no darte una nueva oportunidad para cambiarla? ¿Sabes que otros desearían tener la vida que tú tienes?
Muchos están tan pendientes de tu vida en WhatsApp o en las redes sociales que se olvidan de la suya. A veces te dicen: “¡Qué linda vida la tuya!”, sin saber lo que tuviste que pasar para estar bien hoy. Tal vez, incluso, tu vida sirva de inspiración para quienes quieren hacer algo y no se animan. O quizá otros desearían tener las oportunidades que tú tienes y no aprovechas.
Existe un dicho que reza: “Vive cada día como si fuera el último” o “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. ¿Y si mañana no estás? La vida es corta y no tiene fecha de caducidad exacta. No es fácil: es dura, nos pone trabas y obstáculos para que, con fuerza y perseverancia, aprendamos a afrontarla por nosotros mismos. La vida se pelea, se lucha y se gana.
La vida es una batalla en la que, como en el boxeo, no pierde quien cae, sino quien no se levanta.
Por eso, enfrenta cada día con lo que tengas: mucho o poco, con altos y bajos, con aciertos y errores... ¡pero vive, campeón! La vida terminará cuando suene la campana. Y como dice una canción del rock nacional argentino: “Solo se trata de vivir, esa es la historia” (La vida es una moneda - Juan Carlos Baglietto).