Opinión

Violencia sYn sumisión

¿Es el sufrimiento una renuncia o una estrategia oculta? La columna de opinión de Sergio Higa (La Y en el título no es un error de edición)

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Sergio Higa por Sergio Higa | 05-03-2025 21:00

William Shakespeare abrió un problema para el individuo, al que podríamos llamar sujeto de su elección, a veces forzada, cuando le hace decir al personaje Hamlet “Ser o no ser, he aquí la cuestión. ¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿sufrir los golpes de la insultante fortuna o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndolas frente, acabar con ellas?”. Hamlet se pregunta qué posición es más digna para el humano cuando las cosas van mal; si aceptar y sufrir los golpes de la mala suerte o enfrentarlos hasta vencerlos. A quienes defienden la segunda opción, la de tomar las armas y hacerles frente, puede preguntárseles los fundamentos de por qué descartan la primera alternativa. Así alegarán que enfrentándolos es la única manera de solucionarlos. Pero podría contestárseles que rara vez se soluciona un problema yendo al choque, tal como muestran las noticias cuando una persona termina muerta por una discusión de tránsito. Podrán entonces atacar la opción del sufrir diciendo que ninguna expresión humana, llámese cultural, artística, política o religiosa, ha sido capaz de erradicar la pulsión de muerte de su portador-transmisor y que intentar evadirla conduce al peor destino. En tal sentido puede pensarse en la muerte de John Lennon, quien en sus últimos segundos de vida terminó conversando con la brutalidad de la cual decía que era posible y conveniente prescindir. Léase por ejemplo la canción “Imagine” o “Give peace a chance” que este músico logró popularizar a nivel mundial. 

¿Dersú Uzalá lo habrá logrado? ¿Cómo saber que hacía lo que supuestamente hacía cuando nadie lo podía mirar? Quienes abogan a favor de enfrentar también podrían argumentar, quizás amparados en Freud, que una batalla se gana en presencia. Más sufrir no es huir, ya que pueden sufrirse, hasta dónde no se sabe, los golpes de la insultante fortuna en presencia, así como se puede enfrentar una supuesta mala fortuna y luego descubrir que la misma no existía, sino que se trataba de un montaje fantasmático, tal como suele vivirlo un paranoico a través de la trama de su delirio. Si insisten, los defensores de enfrentar los problemas, podrán argumentar que elegir la opción de sufrir reduce al sujeto a la posición de objeto pasivo, eligiendo cosificarse a sí mismo. Sin embargo, desde el mismo Freud y especialmente con los avances de Lacan, podría recordárseles que el problema económico del masoquismo es que tal posición es algo a demostrar. En el caso de los masoquistas existe, sino una universalidad, al menos una respetable generalidad, de una característica: se trata de grandes trabajadores, capaces de construir durante meses el montaje de una posterior escena en la que sucederá el maltrato real por parte de sus partenaires, es decir de sus parejas. Decimos que también hay otras posibilidades porque también podría ser que un inocente haya sido presa del goce sádico de quien cada tanto necesita, no sacar de quicios a su pareja como hace el masoquista, sino degradarla. Ello permite preguntarle al agresor cuándo está frente a un masoquista o cuándo frente a un sádico en el espejo, ya que obviamente no toda persona maltratada es masoquista. Cada uno, si así lo desea, podrá realizar un testimonio causal de sus maltratados vividos. Luego podrá conversarse acerca de la existencia real de la posición de presa, lo cual llevó a Lacan a repensar los pares complementarios de la pulsión en Freud, sustituyendo la meta pasiva por el hacerse hacer, lo cual nos haría dudar de si sufrir es una posición de abandono de la batalla o más bien una compleja estrategia para ganar la misma, aunque no soportable para cualquiera en el sentido que lo dice el dicho popular “el que se enoja pierde” o la canción “sorpresa en Shangai” de Patricio Rey  “el que abandona! No tiene premio!”. Así queda descartada la idea de que la violencia sea necesariamente sin sumisión, o la sumisión sin violencia, sino que esta última puede ser una forma compleja de la primera, siendo posible decir violencia y sumisión antes que violencia sin sumisión, tal como lo expresa el título. 

Cierto es que la pulsión de muerte tarde o temprano se filtra en cualquier forma de lazo social, de la misma manera que se cuela el polizón en la película sobre el arca de Noé que protagonizó Russell Crowe. A su vez, tener una posición de cosa-objeto implica una voluntad  fallida, tal como nos lo recuerda Jacques Alain Miller, el cuerpo va para un lado y las palabras para otro. Es decir que un niño jugando a las escondidas puede pretender quedarse quieto para no ser descubierto y estornudar, alguien en una entrevista de trabajo puede pretender mostrar soltura y su pierna temblar involuntariamente, o que un hombre que dice querer tener sexo, se encuentre a la espantosa detumescencia allí donde esperaba cierto movimiento singular del latido de su corazón que lo devuelva momentáneamente a la posición de ser el falo, esta vez no sin tenerlo, que quiere decir ser el anfitrión de un huésped anárquico, ya que a su vez, eso que se tiene, forma parte del ser, por lo tanto, en ese tener hay una parte pura del ser que no se integra de buenas a primeras. La posición firme pero efímera de ser el falo, dura lo que dura el amor desde una posición masculina, es decir que resulta insoportablemente intenso y efímero.

Por ahora, y sin haber logrado avanzar ni siquiera un paso, pero algo se logró avanzar, queda provisionalmente refutada la idea de que sufrir implica una posición pasiva ante el destino al reducirse a ser objeto de goce de otra persona, objeto de su crueldad por ejemplo. ¿Habrá alguna posición que permita hacer de la primera opción de Hamlet la mejor? Gustavo Cerati, en una canción que integra la voz de su madre dice “Sé bucear en silencio”.

* La Y en el título no es un error de edición

** Sergio Higa es Analista Practicante de la Escuela de la Orientación Lacaniana y miembro de la Antena Jujuy de la EOL. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Docente de Psicopatología 2 de la carrera de Psicología de la UCSE. Psicólogo Clínico en el Hospital Sequeiros. Licenciado en Psicología.

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