Opinión
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¿Y si el verdadero voto bronca es no votar?

La desafección ciudadana pone en crisis el contrato social.

voto urna elecciones cuarto oscuro
voto urna elecciones cuarto oscuro

Claudio Gareca por Claudio Gareca | 08-07-2025 21:55

En un país donde el voto es obligatorio, la creciente abstención electoral debería alarmarnos tanto como una crisis económica o institucional. No es un síntoma aislado ni una anécdota de desinterés, es un mensaje directo al corazón de la democracia. La baja participación registrada en las últimas siete elecciones provinciales y municipales marca una tendencia que interpela no solo a los partidos políticos, sino al sistema representativo en su conjunto.

La Ciudad de Buenos Aires, símbolo histórico de politización y debate público, registró una de las cifras más bajas de participación, apenas el 53% del padrón habilitado. Ni la obligatoriedad del voto, ni la presencia de candidatos de proyección nacional lograron revertir la apatía. Incluso en las elecciones legislativas de 2021, celebradas en plena pandemia, la merma fue menor. 

¿Qué está sucediendo con el vínculo entre ciudadanía e instituciones?

Una explicación posible es la creciente percepción de que el voto, lejos de ser una herramienta transformadora, se ha vuelto un acto vacío, un gesto formal sin efectos concretos. La búsqueda ¿qué pasa si no voy a votar? se ubicó entre las más consultadas en el famoso motor de búsqueda durante la última jornada electoral lo cual resume la crudeza del contexto. La pregunta ya no es cómo participar, sino si vale la pena hacerlo.

La democracia argentina atraviesa un proceso de desafección silenciosa diferente al "que se vayan todos" del 2001 con estallidos masivos y el "voto bronca" canalizado en las urnas. Hoy el malestar se expresa en la abstención. El mensaje es claro, muchos ciudadanos sienten que el sistema no los representa, no los escucha y, sobre todo, no les resuelve los problemas del "metro cuadrado" donde viven.

Esto es especialmente visible en elecciones con categorías como las legislativas, que se perciben como lejanas, irrelevantes o ineficaces. Pero también afecta a cargos ejecutivos, incluso en contextos de crisis socioeconómica. La legitimidad de los gobiernos electos se sostiene cada vez más en bases precarias como victorias con porcentajes bajos de participación que, aunque legales, son políticamente endebles.

Y, sin embargo, la adhesión a la democracia como sistema no está en discusión. Según Latinobarómetro 2024, el 75% de los argentinos sigue creyendo que es preferible a cualquier otra forma de gobierno. El problema no es el régimen democrático en sí, sino su funcionamiento cotidiano. La ciudadanía no abandona la democracia; la interpela, la desafía y la pone en crisis.

Esa tensión se traduce en democracias de baja intensidad, donde el ritual electoral sobrevive, pero la confianza y la participación se erosionan. Los ciudadanos no dejan de tener expectativas, pero las trasladan a otros ámbitos. En este escenario, los gobiernos locales y provinciales adquieren un protagonismo clave. Gobernadores y dirigentes municipales que se muestran cercanos, moderados y eficaces logran sostener legitimidad sin gritar ni polarizar. Córdoba, Santa Fe, Mendoza, Salta, Jujuy y San Luis.

Reconstruir el puente entre ciudadanía e instituciones exige devolverle sentido al voto. Eso implica diseñar políticas públicas que generen expectativas razonables, garantizar canales de escucha real y transformar la educación cívica para formar ciudadanos activos, críticos y comprometidos.

Lo que está en juego no es solo el resultado de la próxima elección, sino la salud misma del sistema y régimen democrático. La abstención electoral no es indiferencia, es advertencia. Y desoírla, sería, una vez más, no entender a tiempo lo que la sociedad está diciendo.

 

Claudio Gareca
Docente en Ciencia Política

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