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Amar la verdad

Por Elisabeth Amat

Hace algunos años, no tantos, tuve el privilegio de sentarme en una de las sillas de la facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Me acuerdo que al entrar al edificio por primera vez, tuve la sensación de ser todavía pequeña para ocupar ese pupitre. El aula estaba llena. Éramos 100 alumnos de distintas partes del mundo atemorizados por entrar en el globo universitario. De pronto, el profesor de gafas redondas entró, y el barullo se fue diluyendo hasta transformarse en silencio. Nos miró un largo rato y nos dijo como susurrando: “Queridos alumnos, tenéis mucha suerte porque habéis elegido la profesión más bonita del mundo”. Y en aquel segundo supe que estaba en el lugar indicado.

Con el correr de los años, pude comprobarlo. Nos enseñaron miles de cosas, pero siempre nos inculcaron que la más importante de todas era el amor a la VERDAD… y que por tanto, no debíamos detenernos hasta encontrarla.

Ese es el principal objetivo del periodismo. En España, en Argentina, en la China y en el resto del globo terráqueo. Parece algo muy sencillo, pero no. Resulta difícil porque a veces es incómoda, o se esconde y hay que trabajar mucho para hallarla… sin embargo ¡qué satisfacción cuando nos topamos con ella y podemos contarla! Esta afirmación, que es de Perogrullo, cuando la repito en alguna reunión social, me miran con asombro, entre risas, acusándome de idealista, como si yo viviera en un mundo de fantasía.

Hoy, por la prisa, por la inmediatez de la noticia, los medios de comunicación se apuran en publicar informaciones mentirosas, dando cabida a una realidad tergiversada que se transforma en difamación y calumnia. Y en este caso el pecado es doble, porque no hay forma de reparar el daño cuando se han publicado rumores o mentiras hacia una persona que nunca más va a pasearse por la calle sin algún dedo que la señale injustamente.

A todo esto, se le añade, que cualquier ciudadano puede entrar a las múltiples redes sociales que pululan por el espacio y escribir lo primero que se le ocurre, y casi todas las veces sin tener la más remota idea de lo que está diciendo. Por tanto, las herramientas, que tanto defiende la democracia, como el derecho a la expresión, ahora se convierten en un elemento clave para quebrantarla, pues ¿cómo dilucidar, entre este maremoto de noticias, cuáles son ciertas y cuáles son falsas? ¿Quién es honrado y quién manipulador?

Orwell fue profético cuando dijo “las mentiras pasarán a la Historia”. Faltar a la verdad es una elección y siempre arrastra una intencionalidad para perjudicar a alguien teniendo como objetivo algún crédito espurio. Actualmente, estamos despreciando los hechos cuando antes eran sagrados y los anteponemos a los argumentos de pura conveniencia política adornados con burda rumorología.

Es cierto que la objetividad absoluta no existe, pero por lo menos, algunos creemos en la subjetividad honesta. Me niego a pensar que soy un Quijote luchando con molinos de viento.

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