Opinión

Civilización o barbarie: ¿estrategia de distracción o síntoma de época?

Opinión de Claudia Figueroa

Opinión de Claudia Figueroa - Jueves 5 de marzo de 2026
Opinión de Claudia Figueroa - Jueves 5 de marzo de 2026 redes

Claudia Figueroa por Claudia Figueroa | 05-03-2026 07:45

Detrás de los insultos, los gritos y los agravios del Presidente ante la Asamblea Legislativa en la apertura del período ordinario, se esconde una táctica vieja pero efectiva: el ataque como la mejor defensa. Mientras el clima social se tensa entre el fanatismo y la impotencia económica, la investidura presidencial se desdibuja en el barro de la confrontación. 

A donde apuntaba la prensa tras el discurso: ¿Habló de lo que no se dijo, de la ausencia de anuncios concretos para los argentinos o simplemente del comportamiento de alto voltaje diseñado para el algoritmo de las redes sociales

La realidad es que los gritos que se dieron en Capital Federal no llegan a cubrir las necesidades de las provincias. En Jujuy, la discusión no es el "clipping" de prensa porteño; la discusión real es el costo asfixiante del transporte, la boleta de luz que llega con aumentos exponenciales, la falta de obras de mantenimiento en las rutas nacionales y la ingeniería desesperada del comercio locales para sostener las persianas arriba. La pirotecnia verbal de la Rosada no paga sueldos ni fletes en el interior profundo.

Por si alguien tenía dudas, la política argentina se ha convertido en un ring de boxeo donde los espectadores (nosotros) estamos recibiendo los golpes, mientras los protagonistas solo se preocupan por quién tiene el micrófono más fuerte o quién tiene el poder de desconectar el del adversario. Pero no olviden que la historia es implacable: no hay registro de ningún grito, desde ningún estrado, que haya logrado bajar la inflación por sí solo. Detrás de la barbarie verbal, la única civilización posible hoy es la que logre devolverle la previsibilidad al ciudadano. Todo lo demás es, sencillamente, ruido para la tribuna.

Sin embargo, lo más peligroso de este estilo no es la palabra en sí, sino la autorización implícita. Si desde la cima del poder se insulta plácidamente, el mensaje hacia abajo es que el atropello es una virtud. El ciudadano siente que tiene "permiso" para violentar a quien quiera, al vecino o al que piensa distinto. La investidura debería ser el estándar de convivencia y un dique de contención social; cuando ese espejo se rompe, el daño al tejido social es profundo y difícil de reparar.

Así, al final del día, queda el interrogante de si estos insultos son el resultado de un desborde emocional o una fría jugada de ajedrez para no tener que explicar la falta de resultados o evitar el costo político de negociar. El problema de fondo es que, mientras la discusión pública se ahoga en el barro de las formas, la economía real —esa que nos drena la energía día a día— sigue esperando una respuesta que no llegue en forma de agravio.