Nadie puede negar que la inflación y la pérdida del poder adquisitivo son determinantes del humor social. El reclamo salarial es un derecho y, en el contexto actual, una necesidad lógica e indiscutible. Es imposible ignorar al “elefante en la habitación”.
¿Qué sector no se siente hoy abatido por la suba de combustibles o el asombro frente a las góndolas? Nos lastima aquello que los números oficiales a veces no terminan de dimensionar: el alquiler, la nafta, los servicios, el costo de la vida misma. Que levante la mano el que no tiene problemas con la economía.
Aquí el motivo del malestar está fuera de discusión, la metodología es el problema. Ver a manifestantes enfrentando a policías que custodian edificios públicos es la imagen más triste de la crisis, la imagen que no queremos que se repita, los jujeños ya la vivimos. La democracia se construye de frente. El uso de capuchas o rostros cubiertos quita la identidad al reclamo y le otorga un anonimato asociado a la marginalidad o la clandestinidad de otras épocas. Esa estética no coincide con la del servidor público, con el empleado estatal que cumple su tarea cada día. Así, dos sectores de la misma estructura estatal terminan enfrentados por la forma del reclamo.
Hay que entender que la Casa de Gobierno, el mobiliario urbano o la misma Plaza Belgrano, no pertenecen al "gobierno de turno" ni al partido político gobernante, sino al patrimonio de todos los jujeños. Romper lo público como canalización de la impotencia no soluciona absolutamente nada; al final del día, termina destruido lo que pagamos con nuestros propios impuestos.
La búsqueda de mejoras salariales, de condiciones de trabajo o de infraestructura no puede ser un salvoconducto para el vandalismo. Si permitimos que la metodología del reclamo sea el caos, perdemos la capacidad de dialogar sobre lo que realmente importa: el salario.